20/7/11

Las palabras del destiempo


Beatriz Sarlo
La lectura de una correspondencia tiene algo de anacronismo. En este volumen muchas cartas giran a lo dramático porque sabemos que se interrumpieron los proyectos de quienes las escribieron. No simplemente los que dan sentido a toda una vida, sino promesas menores de placer, que quizás habrían podido aliviar el camino. Gretel Karplus y Walter Benjamin evocan un atardecer en el Westend berlinés, un momento de extraordinaria comunicación, y creen que podrían reproducirlo si Gretel viajara a las Baleares o a París.

Pequeños inconvenientes, no grandes desgracias, van aplazando ese corto viaje: unas vacaciones de Gretel con Adorno, el trabajo de ella en su negocio de guantes en Berlín, los desplazamientos de Benjamin. Los planes se posponen.
Gretel, más sedentaria que el viajero Benjamin, imagina una comunidad ideal en la que finalmente todos vivan juntos. “Hoy no sé para nada qué será de mí, adonde acabaré, pero en mi fantasía siempre imagino que tú vivirás cerca nuestro, lo que más preferiría es que lo hiciéramos realidad completamente juntos, pero no sé tu opinión ni tampoco hablé nunca sobre el tema con T (Adorno)”, escribe en octubre de 1933. Algunos acontecimientos suceden, imprevistamente, por primera vez. Se irán acostumbrando a esos imprevistos. Benjamin le escribe a Gretel: “…hoy murió Gert Wissing, a quien seguramente viste una o dos veces en mi casa. Es la primera de los que enterraremos aquí en París pero probablemente no la última… Estoy escribiendo estas líneas con su portaplumas, tan bonito, tan valioso, la reliquia de una gran historia de amor con un oficial de cámara del papa”. No hay lamento lacerante sino una predicción serena. Sin transición, en el mismo párrafo, Benjamin escribe, como al pasar, una frase suya típica. Pone en contacto un objeto valioso y una historia de amor a la que alude sin narrar; un objeto bello que tiene un pasado del que sólo deja ver el esbozo, el fragmento prometedor escondido en el secreto.
Gert era la esposa del primo de Benjamin, Egon Wissing, a quien Benjamin dirigió su última carta conocida; Egon (después de una desintoxicacion por opio) se casó con la hermana de Gretel Karplus, Lotte. Una pequeña sociedad de amigos y esposos, un grupo estrechamente unido comenzaba a ser arruinado por el exilio y la muerte. También por desconfianzas más viejas, como la que Adorno y Gretel sienten por Brecht, cuyo influjo sobre Benjamin les parece peligroso (Gretel lo llama, en una de las cartas, un hombre de “posiciones confusas”). De esas rivalidades y vigilancias estaban hechos esos grupos celosos. Tales pérdidas temía Thomas Mann cuando se resistía a abandonar Alemania. Como tantos otros, no se imaginaba lejos de esas redes de amistades públicas y secretas, de doble faz, que unían pequeños favores, colaboración y competencia.
El entrelazamiento intelectual y subjetivo es profundo. En julio de 1933, Gretel hace una pregunta que podría haber sido formulada por Benjamin (como un interrogante que se transforma en hipótesis). Se produce, como en otros tramos de esta correspondencia una continuidad de remitente a destinatario, efecto de una afinidad electiva. “Quisiera preguntarte algo en tu calidad de viejo amante de la moda, ¿Por qué al principio de la nueva temporada uno se siente tan mal en las ropas y los sombreros viejos, aunque no hayas adelgazado o engordado, ni tengas un peinado nuevo? ¿La moda nos cambia realmente como para que tengamos una nueva impresión de nosotros mismos?”.
De inmediato, como si esta pregunta benjaminiana lo acercara a su interlocutor de un modo íntimo, con la única transición de un monosílabo, Gretel agrega: “Bueno ahora quisiera felicitarte por tu cumpleaños y se me ocurre que podríamos mantener el ‘tú’ en las cartas privadas, si es que estás de acuerdo. Me hubiera gustado decir también siempre en las oficiales, pero no sé si realmente es lo que queremos. Sea como sea, a mí me encanta que haya un rastro de secreto en la correspondencia, y creo que el escondite de nuestros nombres, casi reservados para nosotros dos, es maravilloso”. Moda y secreto: Gretel y Benjamin realizan ese movimiento pendular, como si ambos temas fueran parte de una misma historia. Hoy quedamos pensando no sólo qué habría respondido Benjamin a una reflexión sobre la moda que parece haber salido de su propia cabeza, sino también qué placer experimentó en ese secreto vínculo con Gretel, libre, hasta donde fue posible, de la mirada de Adorno. “¿Qué dirá al respecto el niño de cuidado (Adorno)? ¿Y qué pasaría si quiere venir?”.
Ambas citas esbozan un modo de pensar fuera de toda obligación totalizante; son gérmenes. No podemos leerlos hoy olvidando el destino fragmentario de la obra benjaminiana, su movimiento hipotético, su fijación en la materialidad de los objetos, su interés por la moda. La historia les da un sentido inexorable a unos párrafos que decían más sin saber del todo lo que dirían en el futuro.
Aunque todavía los hechos no parecen acelerarse hacia el desenlace, en 1933 y 1934, Gretel y Benjamin viven en una atmósfera de precariedad. Ella no tiene pasaporte alemán; él no termina de establecerse y, además sus libros están lejos, allá, en su departamento de Berlín, donde Gretel los busca para enviarle los indispensables. Los proyectos de escritura, como Infancia en Berlín , son pospuestos por encargos que firma con seudónimo, en algunos casos sobre autores clásicos como Wieland cuya obra (le avisa a Gretel confiadamente) no ha leído de verdad. Poco más tarde, en marzo de 1934, Benjamin escribe que ha vuelto a dedicarse mucho “al trabajo de los pasajes”, la obra inconclusa sobre la que, en ese momento, confía que ha alcanzado, por fin, un plan de capítulos: “antes nunca había llegado a ese punto”. Casi un año después, Benjamin recibe un golpe: Gretel le escribe que no reconoce la mano de W.B. en el Exposé (que hoy es uno de los fragmentos del libro inconcluso). Benjamin sabe que habla también en nombre de Adorno y le responde: “Sobrepasas sin duda el límite en que podrías estar segura de mi consentimiento, no así por supuesto el de mi amistad”. Gretel lo ha herido.
El sentimiento de precariedad de Benjamin contradecía su necesidad de escuchar la opinión dura de su amigo Adorno y le puso, por primera vez, fronteras a Gretel. Victoria del mundo amenazante que siente a su alrededor, victoria de la necesidad y de la distancia. Pocos meses después, la necesidad material prevalece y Benjamin escribe solicitando un giro. En esos mismos días de octubre de 1935, el deseo de volver a ver a sus amigos ya no tiene la forma de un “plan” diferido sino de “todavía esperanza”. “Todavía” indica que se acerca el tiempo del fin. Y, en medio de estos presagios, Adorno sigue sin escribir: “Sigo considerando enigmático este silencio”, dice Benjamin. Drama de sentimientos y de competencias.
Si estas informaciones concernieran a personas cuyos destinos hubieran cumplido algunos de los deseos expresados en estas cartas, la cuestión no tendría esta densidad de presagio. Pero, a diferencia de ellos cuando las escribían, nosotros hoy leemos las cartas sabiendo que todo se opuso a lo que manifestaban. Nuestra lectura anacrónica, que caracteriza a los epistolarios póstumos, es en este caso más lacerante.
En efecto, el anacronismo no puede ser un método histórico invariable, porque condenaría siempre los hechos del pasado a ser juzgados con los valores y saberes del presente, pero en algunos casos permite ver lo que los protagonistas de esos hechos apenas adivinaban. El anacronismo de una lectura pone en contacto el presente-pasado con el futuro-pasado, une la actualidad remota con los acontecimientos terribles que sucederían poco después. Muestra el tiempo tejido en hebras que no son contemporáneas, para usar una imagen de Georges Didi-Huberman.
Otro ejemplo: Gretel se refiere a su pasaporte “no alemán”, el que posee por tener algún antepasado judío. La referencia es breve y puede atribuirse enteramente al temor de que la carta fuera interceptada por la censura. Pero también puede atribuirse a que no se preveía el antisemitismo absoluto y letal del régimen nazi. Los judíos, que durante siglos habían conocido el antisemitismo, quizá no vislumbraban que el caso nazi iba a representar la novedad radical del siglo XX. Cuando leemos hoy la referencia al pasaporte “no alemán” de Gretel, unimos de inmediato esa mención con la historia de los papeles y salvoconductos de Benjamin en su cruce de los Pirineos, el cierre temporario de la frontera y, finalmente, el suicidio. Las cosas se ven bajo una siniestra luz inevitable.
Todo se resignifica. Por ejemplo, este breve intercambio, sólo una pregunta y una respuesta. Pero para hacer la pregunta, Gretel no interpela a Benjamin con el nombre de Detlef, que usa en sus cartas, sino que escribe: “Walter Benjamin, hoy tengo que romper la regla y llamarte por tu nombre”. La pregunta de Gretel es: “¿Qué diría al respecto si decidiera hacerme católica?”. Benjamin da su consentimiento y agrega: “aunque lo diga lacónicamente no creerás por eso que se ha dicho tan fácil”. Claro está: no se trata de una conversión religiosa, sino de una estrategia civil, un intento tan frustrado e inviable como otros de normalizarse frente a la ley antisemita. Gretel y Benjamin fueron parcos.
El ambiente concreto de esta parquedad se descubre también en las dificultades cada vez mayores de Adorno: se cierran las revistas que publican sus trabajos, viaja de Frácfort a Berlín, de Berlín a Londres explorando un posible cambio de residencia. El “niño de cuidado”, sobre el que se ironizaba cariñosamente pocos meses antes, es también un hombre llevado y traído por la marejada. Demás está decirlo, porque lo sabemos, que Benjamin también le cuenta a Gretel que sus posibilidades de ocupación remunerada son escasas. Ella, con modesta sencillez, le envía algunos giros (los “papelitos rosa”). Pese a todo, en diciembre de 1935, Benjamin está escribiendo lo que hoy conocemos como La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, de la que dice, proféticamente, que “está destinada a ser algún día una ancha calle de circulación, una de las más importantes”. Por esas casualidades, esa carta de Benjamin es seguida de una donde Gretel le anota la dirección de Adorno, que ha viajado a París por unos días. Algo pasa, algo percibe ella en esa relación tensa, indispensable, difícil, competitiva, de Adorno y Benjamin. No se trata sólo de los trabajos que Benjamin pueda escribir para la Zeitschrift del Instituto, se trata de algo más que Gretel aborda como quien toca un territorio en el que no debería adentrarse. Escribe en enero de 1936: “Disculpa, pero creo que en Teddie (Adorno) tienes a un amigo mucho más sincero de lo que acaso supones. En esta amistad veo posibilidades para las dos partes que no son tan fáciles de encontrar en otro lado”. Y en octubre de ese año, después de que Benjamin y Adorno se han encontrado en París: “Veo que el contacto entre Teddie y tú fue al fin tan completo como yo lo deseaba…Y si bien por mi parte no había tocado el tema de manera directa, sé bien que Teddie siempre quiso vivamente que fueras su amigo en el sentido auténtico de la palabra”.
Mientras tanto, otros amigos emigran de Alemania. En marzo de 1936, Gretel sabe que Adorno la visitará en Berlín, pero teme “que esta ciudad termine por resultarle una desolación, porque en este tiempo se fue el resto de los conocidos”. Un año después. Gretel anuncia que se casará con Adorno y que harán un viaje; espera pasar por París. El encuentro de ella con Benjamin, pospuesto durante casi tres años, será un encuentro de los tres amigos.
Estos viajes (trechos cortos, estadías de semanas) son la carta topográfica de separaciones definitivas. Vistos retrospectivamente no son los desplazamientos más o menos previsibles de europeos cosmopolitas, sino los ejercicios que anuncian el largo viaje del exilio. Es cierto que los corresponsales esquivan este tema; pero hoy los lectores no pueden evitarlo. El suspenso leve sobre si se encontrarán los amigos en París, una coincidencia ansiada pero no angustiosa, se convierte en un cruce que leemos como si anticipara un futuro que no podemos cancelar porque, a diferencia de ellos, lo conocemos perfectamente. Y también están las penurias: Horkheimer le promete a Benjamin “arreglar su situación”, pero, mientras tanto vive en el cuarto de criados de una amiga. De todas esas penurias, las de Benjamin, el más aristocrático en su discreción, son las más humillantes. Los lectores lo sabemos porque el fin de la historia nos es conocida.
En 1938, Benjamin recibe una carta de Adorno y otra de Gretel en el mismo sobre que llega desde Princeton. Por fin, esos dos están a salvo. En la respuesta de Benjamin hay un deseo, o algo menos nítido que un deseo: “La descripción que hizo Felizitas del lugar donde viven provocó en mí una sensación de estar como en casa”. Allí, a esa casa de Adorno en Nueva York, no llegará nunca. Ni a ninguna otra. Y, sin embargo, esa comparación sencilla (“estar como en casa”) vuelve en una carta de Benjamin poco después, con un sentido doblemente figurado. Le escribe a Adorno que ha leído tan atentamente su escrito sobre Wagner “que hasta puedo sentirme en el tema como en casa”. Esas serán, hasta su muerte, sus casas imaginarias. En esta carta de julio de 1938, la misma Gretel se ha convertido en imagen de una imagen: “Hace poco vi –¡por primera vez!– a Katherine Hepburn. Es magnífica y tiene mucho de ti. ¿Nunca te lo habían dicho?” Durante 1939, los amigos proyectan una visita de Benjamin a Estados Unidos. Horkheimer les ha dicho que llegará pronto, que sus papeles están casi listos. Gretel escribe: “Estoy loca de contenta y me la paso pensando en qué orden debería presentarte las atracciones de Nueva York para que vayas tomándole el gusto a la barbarie. Hasta ahora nunca había tenido tanta expectativa por ir al muelle”. Usa la palabra del desentendimiento cultural entre estos alemanes cultos y Nueva York: esa “barbarie”, que probablemente Benjamin estuviera más preparado para entender. Pero en abril o mayo de 1940, Benjamin le informa: “Nada indica que el momento de nuestro reencuentro esté cerca”. En efecto, Benjamin nunca alcanzó los muelles de Nueva York.