24/7/11

La vuelta del general Kurt von Hammerstein-Equord


Hans Magnus Enzensberger pasó los ochenta años pero sigue produciendo esa forma de no-ficción en la huella de Walter Benjamin que, a falta de una calificación más precisa, se podría llamar “alemana”. Como Alexander Kluge, que nació apenas tres años después, Enzensberger escribe a partir de los huecos que deja la historia aunque para él Kluge “maneja los hechos sin escrúpulos”. La frase aparece en el último libro de Enzensberger, “Hammerstein o el tesón”, publicado en alemán en 2008 y traducido hace dos meses al castellano.
El tema del libro es la vida del general Kurt von Hammerstein-Equord (1878-1943), barón, cazador aficionado, político conservador, padre de una familia numerosa y acérrimo enemigo de Adolf Hitler, cuyo acceso al poder trató de impedir en 1933 y contra quien conspiró hasta su muerte. Enzensberger se ocupa del general y de sus siete hijos, que abrazaron la causa comunista o el sacerdocio y participaron de un modo u otro en la resistencia anti-nazi.
La vida de la familia Hammerstein (tal vez una versión más realista de la familia Trapp, la de La novicia rebelde) pone de manifiesto las contradicciones que, aun bajo la tiranía, atravesó un país cuya uniformidad bajo el régimen totalitario fue sólo aparente. “El que les reprocha algo a las personas que pagaron con la vida sus errores políticos padece de una forma de pedantería a posteriori no muy alejada de la moral insanity”, dice Enzensberger.
La frase resuena aún hoy en día, pero en el suyo da cuenta de la facilidad con la que se podía caer en brazos de las utopías totalitarias y terminar siendo víctima de ellas: en esos años coincidieron las purgas estalinistas y la liquidación de enemigos internos que practicó el nazismo y así muchos de los nombres que aparecen en el libro terminaron fusilados en Berlín o en Moscú.
Enzensberger es un escritor notablemente ameno y todo se termina conectando, desde la relación de los Hammerstein con los judíos hasta el intercambio de formación y tecnología entre el ejército bolchevique y el alemán durante la República de Weimar, pasando por las numerosas operaciones de espionaje cruzado de esos años. Pero el libro subraya la dificultad para desenterrar los motivos que impulsaban a sus personajes a jugarse la vida contra un enemigo tan poderoso. “Nos enfrentamos a jeroglíficos para los que nos falta la clave”, cita Enzensberger al historiador americano John Motrhop Motley (1814-1877) y frente al silencio de los Hammerstein recurre a un procedimiento literario tan excéntrico como imaginar diálogos póstumos con los miembros de la familia y sus relaciones.
A medida que la vida de estos héroes sin épica y sin destino va quedando atrás, el misterio deja paso al olvido pero reaparece transformado de las maneras más insólitas. Por ejemplo, Hammerstein caracterizaba a militares y funcionarios del mismo modo en que lo haría años más tarde un general pampeano como brutos o inteligentes y vagos o trabajadores, para concluir que los únicos peligrosos eran los brutos y trabajadores. Curiosamente, uno de los enigmas sobre Hammerstein, que hablaba en monosílabos y destruía los documentos que pasaban por sus manos, es si era tan perezoso como afirmaban sus detractores o alguien que dejaba los detalles a los colaboradores para poder pensar las cuestiones importantes. Es muy probable que Enzensberger se haya sentido atraído por el estilo intelectual de su retratado: “La falsificación es un problema menor. Más molesta resulta, en cambio, la mezcla específica de negligencia y gusto exagerado por la exactitud y el orden que es habitual en las burocracias desarrolladas”. El método de su obra fue siempre el de sustraer la historia a los académicos y a los autores de best sellers. Todavía funciona.