19/7/11

Gracias, Adolfo Sánchez Vázquez

El pasado 8 de julio murió el filósofo y polígrafo marxista español exiliado en México Adolfo Sánchez Vázquez. Del último contacto personal que tuvimos con él varios redactores de SinPermiso (en la ciudad de Lima) dejó constancia escrita Adolfo Gilly con ocasión del nonagésimo aniversario del veterano combatiente (para verlo, pulse aquí). Reproducimos a continuación el obituario escrito por su amiga Elena Poniatowska. 
Elena Poniatowska
Hace muchos años entrevisté a Adolfo Sánchez Vázquez en su departamento para el libro sobre Tina Modotti, y todavía recuerdo la bondad en su mirada. Con él, su mujer Aurora ofrecía te, café, galletas, lo que quisiera. Seguramente Sánchez Vázquez se dio cuenta de mi ignorancia, pero nunca me lo hizo sentir.
Le preguntaba si había sufrido mucho en la guerra de España, si se había venido en el Marqués de Comillas o en el Sinaia; me empeñé en saber qué le había parecido Veracruz, si en Francia lo habían encerrado en alguno de los campos de concentración, a lo mejor en Argelès–sur–Mer o quizá Saint Cyprien. Insistí en decirle a Aurora, su mujer, que tenía un marido guapo, guapísimo, el más apuesto de los refugiados españoles, y ella concluyó, como diciéndome que ya le parara: También a mí me lo parece. ¿Qué sería de México sin la aportación del exilio español?, preguntaba yo como ahora lo pregunto, al día siguiente de la muerte de Adolfo Sánchez Vázquez, el filósofo, el historiador, el maestro universitario y el poeta.
Entrevisté a Adolfo Sánchez Vázquez sobre todo como soldado en la guerra de España. Quería saber si en la contienda había encontrado a Tina Modotti, si había conocido al médico Norman Bethune, quien hacía transfusiones en el campo de batalla mientras Tina sostenía en alto el plasma y se salvaban vidas que de otro modo se habrían acabado en el trayecto a la enfermería levantada en tiendas de campaña. Tina entonces se llamaba María, y pertenecía al Socorro Rojo Internacional. Me contó de los barrenderos que se aparecieron con sus escobas a pesar de la guerra y le dijeron que pasara lo que pasara tenían que barrer la plaza. También se extendió sobre la retirada de hombres, mujeres, niños y ancianos y su horrible tránsito por la carretera costera de Almería. Habló de los bombardeos y de lo que significaba para él ser un trasterrado, concepto acuñado por José Gaos.
A tanta pregunta atolondrada, respondió que había llegado a Veracruz el 13 de junio de 1939 en el Sinaia, con Juan Rejano y Pedro Garfias, en plena época de lluvias en un Veracruz frondoso y tropical. Me contó de su participación en España peregrina y cómo había llegado a la Universidad de Morelia a dar clases, recomendado por Margarita Nelken. También habló de algo que a él y a su mujer, recién casados y sin un centavo, les había costado un trabajo enorme: la dirección de uno de los albergues de los niños de Morelia que iniciaron el exilio de los republicanos a México, cuando Lázaro Cárdenas les abrió los brazos. A él y a Aurora les tocaron 30 alumnos rebeldes a cual más difíciles, porque habían salido de España entre los cuatro y los ocho años de edad, y creían que sus padres no los amaban y los habían abandonado, cuando lo que ellos pretendían era salvarles la vida. Hacérselo entender resultó imposible, y Aurora y Adolfo resultaron demasiado jóvenes e inexpertos para convencerlos.
Cuando se publicó en 1982 un grueso volumen sobre El exilio español en México, a propuesta del periodista Manuel Buendía, me sorprendió mucho que apenas se mencionara a Adolfo Sánchez Vázquez entre los filósofos españoles. ¿Por qué? ¿Por su rectitud? ¿Por su rigor? ¿Por su modestia? ¿Porque era marxista por excelencia? ¿Por su amor a la universidad? También fue excluido de antologías y reconocimientos por considerarlo pro soviético. Sin embargo, él había escrito: Admitir finalmente el diálogo, la discusión, el intercambio de razones, lo que significa, por tanto, reconocer que no poseemos el monopolio de la verdad y que estamos abiertos a las razones y a la crítica del otro.
Lo cierto es que Adolfo Sánchez Vázquez fue, como dijo Griselda Gutiérrez Castañeda, un joven de 90 y pico de años que siempre se atrevió a ser un pensador insumiso, un idealista, que no un iluso, capaz de concebir utopías posibles, empeñar su vida y energía y contagiarnos de esperanza sobre el sentido de luchar por la dignidad y la justicia.
Elena Poniatowska es una reconocida escritora mexicana que colabora regularmente en las páginas de opinión del diario de izquierda La Jornada.
Fuente: La Jornada, 11 julio 2011