6/7/11

Aki Kaurismäki lo intenta de nuevo (+ Video)

Foto: Aki Kaurismäki
Cinco años después de su última película, la extraordinaria y sumamente singular Luces al atardecer, los amantes del buen cine están de enhorabuena tras la presentación el pasado festival de Cannes de Le Havre,  la nueva  película del director finlandés Aki Kaurismäki.
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Fiel a su inimitable estilo, la rueda de prensa de Kaurismäki en la ciudad del sur de Francia dejó una serie de momentos memorables, como cuando, tras ser reprendido por haber encendido un cigarrillo reincidió momentos más tarde y, frente a la nueva reprimenda desveló que se trataba de un cigarrillo electrónico y  que para apagarlo necesitaría un cenicero electrónico, o cuando se sirvió de la suspensión de una pregunta en la mitad para decir que encontraba que todo en la vida le parecía irónico.

La ironía, el distanciamiento, la inexpresividad, son algunas de las características del cine de Aki Kaurismäki, cuyas películas resultarían insoportablemente duras si no fuera por ellas, confiriéndolas una ternura especial que acaba humanizando de alguna manera el mundo. Pero es siempre un mundo despiadado, cruel, malvado, donde los humanos parecen condenados a un sufrimiento innecesario producto de la estupidez, el egoísmo, la avaricia y la perversidad. Pese a ello, y ese es su enorme mérito, el espectador a menudo sale extrañamente reconfortado del cine, cosa extraña si pensamos que pocos otros filmes parecen invitar tan directamente a la desesperación y el suicidio. El mérito reside, naturalmente, en el tratamiento estético, tanto en lo referido a la interpretación como al guión o los encuadres, siempre perfectos y a su manera exquisitos. Como en el cine de Bresson, Jarmusch o el primer Leigh, los largos silencios y la incomunicación de los personajes va creando nuevas franjas o espacios donde otro tipo de encuentros entre personas resulta posible, un encuentro capaz de conferirlos una fuerza suficiente para resistir los brutales envites de un mundo cruel y sin escrúpulos. Desde este punto de vista, sus filmes tienen una cierta cualidad gnóstica: afirman la maldad y corrupción del aspecto material del mundo pero al mismo tiempo sugieren la existencia de una chispa divina oculta en su seno que nos permite atisbar e incluso acceder, aunque sea brevemente, a la verdadera vida.

Es posible que el arte exista esencialmente para salvarnos del mundo, de esa manera funcionan los filmes de Aki Kaurismäki., pero no en forma de evasión hacia paraísos artificiales sino paradójicamente sumergiéndose de plano en sus aspectos más turbios y haciendo una estética personalísima de todo ello. No es acaso casual que dirigiera en 1992 en un bellísimo y desolado blanco y negro, como la propia película, una de las mejores adaptaciones en cualquier género de la novela de culto Escenas de la vida de bohemia de Henri Murger (origen de la célebre  Boheme de Puccini,), uno de cuyos protagonistas, Marcelo Marx, es el actor principal de Le Havre—como dice el propio Kaurismäki, un guiño a una película que nadie vio en una película que nadie va a ver. Esperemos que en esto último se equivoque.

Con Kaurismäki las ruedas de prensa se convierten en un espectáculo de payasadas, ironías y respuestas delirantes... aunque siempre con un poso de verdad. Por ejemplo, cuando se le habla de inmigración: «La inmigración es un problema demasiado grande como para dar respuestas. Todo viene de la colonización, de la situación que Europa dejó a África tras la Segunda Guerra Mundial, y es un poco tarde para arreglar eso. Pero si los políticos salieran de sus habitaciones de hotel y de sus Mercedes a lo mejor las cosas empezaban a cambiar un poco». Para encontrar ese puerto comercial, en el que pudieran coexistir contenedores, policías de los años sesenta y dos tenaces limpiabotas, Kaurismäki recorrió toda la costa Atlántica, desde Portugal hasta Alemania: «La ciudad de Le Havre era mi última esperanza y, la verdad, es un sitio triste aunque no lo suficiente como para lo que yo quería hacer. Pero era lo más lejos que mi cabeza podía estar de Finlandia. Finlandia y Suecia son los únicos países que no podrían haber sido escenario de esta película, porque nadie está tan desesperado como para ir allí. Por otro lado, es perfecta en su arquitectura, porque mi director de fotografía las odia"