24/7/11

El porqué de las crisis financieras y cómo evitarlas


J. A. Tapia
El título de esta nota es el de un libro de Frédéric Lordon publicado por Libros de la Catarata hace poco más de un año. Se trata de un pequeño ensayo de 191 páginas, cuya lectura será sin duda provechosa para quienes quieran comprender mejor los fenómenos económicos de años recientes, en particular algunos de los procesos que llevaron a eso que se bautizó como “la Gran Recesión”, de la que España no parece haber salido.
El título del libro refleja en gran medida su estructura. En su primera parte, los cuatro primeros capítulos, se discute el porqué de las crisis financieras en general, explicando en particular las características de los mercados financieros que desembocaron en la crisis que comenzó a manifestarse en la economía estadounidense y en los mercados internacionales a finales del 2007.

La segunda parte del libro, que corresponde al quinto capítulo y el epílogo, expone seis principios y nueve propuestas para evitar que se vuelvan a producir crisis en el futuro.
Según indica la contraportada del libro, el autor, Fréderic Lordon, trabaja en tareas de investigación económica en la Universidad Louis Pasteur de Estrasburgo y ha publicado varios libros sobre la evolución reciente de las finanzas internacionales. Esto se trasluce en el contenido de este libro, en el que el autor lleva a cabo una meritoria labor de descripción del enjundioso funcionamiento de los mercados financieros, de sus cambios en las décadas recientes y de los procesos que en EEUU llevaron en el 2008 a la intervención masiva del Estado (representado por el Departamento del Tesoro y la Reserva Federal) para salvar de la quiebra a la flor y nata de los bancos y otras empresas financieras y no financieras. Lástima que el original francés del libro se acabara de escribir, como explica el autor, en agosto del 2008. No pudo así considerarse en el libro el salvamento masivo de empresas que tuvo lugar precisamente a finales de 2008 y comienzos del 2009 bajo el plan TARP (Troubled Asset Relief Program), por el cual se transfirieron enormes sumas de fondos estatales a diversos bancos, agencias hipotecarias (Fannie Mae y Freddie Mac), empresas de seguros (AIG) y dos grandes empresas automovilísticas estadounidenses (Chrysler y General Motors). El programa TARP, aprobado por el Congreso de EEUU en octubre de 2008, todavía bajo la presidencia de Bush, fue implementado básicamente en el primer año del gobierno de Obama.
En el prólogo, fechado en septiembre del 2008, Lordon explica cómo el libro fue a imprenta justo cuando la debacle financiera se estaba produciendo y cómo la factura por el salvamento con fondos públicos de las dos empresas semiestatales de crédito hipotecario (Fannie Mae y Freddie Mac) ascendió a 200.000 millones de dólares, cuando se había estimado en solo 25.000 millones pocas semanas antes. Lordon comenta igualmente cómo la lista de grandes empresas quebradas o seriamente dañadas por la crisis se habría de ampliar con la inclusión de Lehman Brothers, Merrill Lynch, AIG y otras entidades. Todo ello, dice el autor, y hay que darle la razón, no hace que el libro esté desfasado ya antes de su publicación, porque lo que se pretendía no era escribir una crónica de la crisis, sino exponer una reflexión sobre los mecanismos que llevan a las crisis financieras en general y su relación con procesos económicos más generales.
Lordon explica diversos términos de la jerga económica (titulización, apalancamiento, productos financieros derivados, riesgo sistémico, riesgo moral) que es necesario entender para comprender —en alguna medida— las transacciones en los mercados financieros (de hecho, el libro tiene al final un glosario bastante útil). El libro describe muy bien las situaciones en las que se congelan los mercados de valores cuando todos los agentes que operan buscan liquidez (es decir, dinero, no títulos) para hacer frente a pagos de deudas. Dada la complejidad de los títulos y contratos en los que se basan los activos y pasivos de muchas empresas, sean financieras (bancos, aseguradoras, etc.) o no, y la ausencia en ciertos casos de compradores para algunos o muchos de los títulos que constituyen parte de sus activos, las empresas a veces son completamente incapaces de computar el estado de sus cuentas. El método de contabilidad mark-to-market generalmente aceptado para asignar un valor a los activos financieros hace que en los periodos —que pueden durar días o semanas—, en los que se congelan los mercados de valores, si no hay compradores para un título que se quiere vender, haya que asignar un valor de cero al título correspondiente. Muchos activos se devalúan así hasta cero en esos momentos y, por ello, la empresa correspondiente, generalmente un banco, si tiene suficientes de esos activos, estará en situación técnica de quiebra. No es de extrañar que en medios financieros cada vez más se critique ese sistema de valoración de activos y se proponga su eliminación. Claro está que las alternativas son aún peores. No es nada fácil determinar en cuánto debe valorarse por ejemplo una hipoteca basura.
Son excelentes los comentarios de Lordon sobre lo que él llama “miseria del moralismo”. Tantos han sido los que han echado la culpa de la crisis a la avaricia, al exceso de codicia y a la búsqueda de ganancias “demasiado altas” que siempre viene bien un jarro de agua fría sobre la cabeza de quienes parecen olvidar que todo eso no es más que la conducta habitual y esperable en el sistema económico en que vivimos. Cada agente económico busca maximizar sus ingresos y las empresas buscan ganancias tan altas como sea posible. No por avaricia, sino porque hay que competir con otras empresas que se modernizan y se fortalecen por métodos diversos, y porque las ganancias de hoy, que hay vacas gordas, pueden salvar de las pérdidas (y del cierre) mañana, cuando vengan las vacas flacas. Decir entonces que el “exceso de codicia” ha llevado a esta crisis es tan simplista como achacar la falta de apetito a no tener ganas de comer. Como señala Lordon, es precisamente la competencia, la “sana competencia”, tan bendecida por los apologistas del capitalismo, la que genera el impulso hacia la especulación y la asunción de riesgos cada vez más sustanciales.
Lordon trata muy bien los conflictos de interés generados por el hecho de que las agencias calificadoras de títulos financieros (Moody, Standard & Poors) son clientes de quienes emiten esos títulos, de forma que la “calidad del producto” la determina, por así decirlo, un cliente del fabricante. Las consecuencias son obvias. No va a decir Mengano que lo que vende Fulano, que es quien compra a Mengano su mercancía, es una porquería...
El libro también explica el papel que los bancos centrales y los gobiernos han tenido en todo el proceso de desregulación de los mercados financieros que se produjo a la vez que se creaban productos financieros cada vez más complejos. En alguna medida, también, Lordon entra en la explicación de algunos procesos de la economía real que subyacieron a la burbuja inmobiliaria de los años previos a la crisis del 2007, desencadenada entre otras cosas por el estallido de esa burbuja. Pero Lordon no va mucho más allá de indagar fenómenos como el creciente endeudamiento de los hogares en muchas economías avanzadas.
Al final del libro Lordon presenta sus propuestas para evitar las crisis financieras. Se trataría por ejemplo de recuperar el carácter productivo de las finanzas; poner medios para el control y la restricción de los riesgos; moderar los incentivos de los implicados en las operaciones financieras y eliminarlos cuando se trata de actividades especulativas; limitar las titulizaciones; nacionalizar total o parcialmente las empresas que gestionan los mercados de valores; y establecer una política monetaria antiespeculativa. Todas esas medidas son muy difíciles de aplicar, como el mismo autor reconoce. De hecho, las modificaciones de las normas legales aplicables a los mercados financieros que se están promoviendo tímidamente en Europa y EEUU no llegan ni de lejos a lo que se propone en este libro, que está muy en sintonía con lo que han propuesto otros economistas autodefinidos como keynesianos o marxistas.
La cuestión es saber si, existiendo las condiciones políticas necesarias, que no existen (gobiernos dispuestos a ponerse firmes frente a las grandes fortunas y los grandes bancos) valdría la pena usarlas para establecer normas que solo podan las ramas más altas de un árbol que da frutos venenosos. Es una falacia suponer que las crisis económicas que periódicamente echan a millones de personas al paro se originan siempre en crisis financieras. En España durante las dos décadas pasadas el desempleo alcanzó en varias ocasiones niveles tan altos como los actuales, sin que en esas ocasiones hubiera habido crisis financieras importantes. Y, por lo demás, el trabajo alienante y la destrucción progresiva de las condiciones para la vida que impone el sistema económico actual no dependen de que la coyuntura económica sea expansiva o recesiva, de que haya crisis financiera o que los bancos estén “en forma” y haciendo negocios felizmente. Es más, a ciertos efectos (por ejemplo, en lo que se refiere a efectos dañinos sobre el ambiente en general y sobre el clima en particular), el sistema de libre empresa es más maligno cuando está en expansión y hay prosperidad y “trabajo para todos” (suele ser “casi todos”). Pero en fin, esos son asuntos que no se tratan en este libro de Lordon, que tiene al comienzo un epígrafe de Michael Foucault que dice lo siguiente: “Comoquiera que todas las cosas se han hecho, se pueden deshacer, con la condición de que se sepa cómo se hicieron”. Parece un pensamiento interesante, pero es un tanto dudoso. Hay cada vez más cosas de las que sabemos cómo se produjeron, cómo se hicieron, pero que son ya irreversibles, no es posible “deshacerlas”. A no ser que se deshagan por métodos drásticos, como Alejandro deshizo el nudo gordiano. En cierta forma, eso es lo que por ejemplo han hecho los islandeses, negándose a pagar las deudas descomunales que de pronto les cayeron del cielo, fruto de la labor especulativa en años previos de unos cuantos bancos “nacionales”.
La edición del libro es en general aceptable, hay pocas erratas y el volumen está muy bien impreso y encuadernado. Lástima que, como cada vez más a menudo, las notas no estén puestas donde deben estar, donde no molestan, a pie de página (tampoco están agrupadas al final del libro, sino que están puestas al final de cada capítulo, donde más interfieren la lectura y más difíciles es encontrarlas. Los números de las notas están además confundidos en varios casos. En cuanto a la traducción, el lector avisado quizá note que en alguna parte del libro dice “por ciento” donde debería decir “puntos porcentuales”; o que se usa el verbo “asumir” donde se debería usar el verbo “suponer”. También se ha colado en el texto un término de la jerga, “ratio”, que en castellano no solo resulta feo, sino innecesario. Pero en general la traducción se lee muy buen y es más que aceptable, sobre todo comparativamente, viendo lo malas que son a menudo las traducciones de libros técnicos publicadas en España.
En resumen, este libro será una lectura excelente (lo bueno, si breve, dos veces bueno) para quienes tengan interés en los temas económicos y quieran saber más acerca de los mecanismos que llevaron a la crisis que azotó los mercados financieros de los “países avanzados” en el 2008 y en el 2009 y cuyas coletadas siguen sintiéndose en la economía mundial. Lordon ilumina diversas partes oscuras de todo el galimatías económico-financiero y propone también soluciones “razonables” para prevenir las crisis. Son soluciones cuya implementación es prácticamente tan difícil como una alternativa revolucionaria de esas que se consideran utópicas, pero como no plantean ninguna ruptura drástica con el sistema, quizá a más de uno le parezcan soluciones factibles y juiciosas.