20/7/11

De Libertad y Democracia como patrones ideológicos de Guerra Fría


Jorge Ángel Hernández
En los escenarios de la Guerra Fría, mientras el bloque socialista europeo permanecía en apariencia inamovible, la propaganda imperialista definió a la palabra libertad como un bastión convencional de uso. Ello, porque la asociación de correspondencia inmediata entre libertad y libertad de mercado había quedado establecida en los patrones de significación occidental. El capitalista no solo consigue continuar operando desde el punto de vista del capitalista, sino que logra además ese patrón de pensamiento para sus explotados, que prefieren luchar como individuos antes que como sujetos.

Esta ecuación se hace imprescindible para el estadio de expansión imperialista luego de la Segunda Guerra Mundial, con la creciente influencia del bloque socialista en el panorama ideológico global.
No fue difícil conseguirlo, sin embargo. Primero, porque los empresarios financiaban la política en todos los ámbitos del capitalismo, desde el proceso eleccionario hasta la aplicación de políticas sociales; segundo, porque en las sociedades socialistas en transición se experimentaban retardos definitivos en el crecimiento económico y se tomaba al objeto de consumo como significación metonímica del capitalismo.
La plena libertad que el socialismo ponía en perspectiva, se reconfiguraba a través de la libertad de consumo que el capitalismo imponía a la realidad como salida única. Se produce así un proceso análogo al del fetichismo de la mercancía, como esencia de la explotación obrera, analizado por Marx y aun con plena vigencia, y el fetichismo de la significación de los objetos de consumo que a través del proceso mercantil se distribuyen en la sociedad. Y estas direcciones fetichistas se realizan, una vez que se aceptan las normas del polo imperialista para la Guerra Fría, en una doble dirección, casi simétrica y proporcional. Desde el capitalismo, los objetos de consumo suplantan tanto a los bienes culturales como a los instrumentos de utilidad para facilitar la existencia ciudadana. Desde el socialismo, los bienes culturales desplazan a los objetos de utilidad que es necesario consumir en procesos de deterioro y de renovación constante.
Con una ingenuidad anómica, los ideólogos del socialismo comienzan a identificar los objetos con el sistema y ceden ante la ecuación, generando a contrario un equilibrio entre libertad de mercado y libertad. Las necesidades que debe enfrentar la población no son tratadas como consecuencias objetivas del tránsito, en relación con el asedio pero no determinadas por imperativo, sino como agentes externos al sistema socialista. Cuando la ideología de tránsito al socialismo reconstituye este ideal fetichista del capitalismo para su propio sistema de relaciones, da un paso atrás difícil de revertir, y le facilita los mecanismos de injerencia a un imperialismo cuyo declive lo vuelve un depredador más eficiente y menos racional. De ahí que la campaña orquestada por la CIA desde su creación, no abriera demasiados puntos de focalización.
De este modo, el vocablo libertad funciona tanto en relación con la naturaleza explotadora del modo capitalista de producción, como en relación con las aperturas de igualdad y responsabilidad de la sociedad socialista en transición. El capitalismo camufla la esencia del vocablo, transparentándola y redireccionándola hacia la carga que el propio individuo debe sostener. O sea, la libertad se sostiene a condición de que el individuo se mantenga aislado de las metas sociales. La clase dominante se apropia entonces de su ideología, reconstituyéndola como aspiración al progreso o, lo que es lo mismo, aspiración de adelantar en la escala clasista. Este fetichismo de la libertad individual se exacerba en el fetichismo de la libertad de expresión, piedra de toque de la Guerra Fría. Los medios masivos de comunicación forman parte de ese entramado de reproducción del éxito individual a través de la supeditación de los intereses sociales.
Con el derrumbe del campo socialista europeo, minado como estaba por el fetichismo ideológico, la Guerra Fría cultural cambia su dirección semántica hacia el vocablo democracia, equiparado ya a un sistema partidista al servicio de las clases dominantes y, sobre todo, del empresariado. Es un momento en que el neoliberalismo ha dejado atrás las regulaciones del Estado de bienestar, reflejo de la lucha intercapitalista más que del enfrentamiento a las fuerzas emancipadoras, profundamente diezmadas tras la entrega de la Plaza por la URSS.
Crecen proporcionalmente (de acuerdo con el desproporcionado desequilibrio que naturaliza el sistema), los ricos y los pobres. O sea, se suman algunos ricos más, y algunos crecimientos de fortunas obscenas, y mucha más pobreza e indigencia en el Planeta. La clase media y profesional capitalista se proletariza; por tanto, no solo hace falta contener un sistema de relaciones sociales diferente, sino además reubicar ese sector interclasista que ha sido víctima del fetichismo ideológico del éxito y el desarrollo del sistema que les ha dado un estatus de vida atado al objeto de consumo, contabilizado por el número y el cuño de las propiedades privadas. Por consiguiente, el vocablo democraciaencaja cabalmente en la necesidad de legitimar la libertad de mercado como libertad de expresión y, sobre todo, como ejercicio democrático de gobernabilidad.
El problema serio de la sociedad global unipolar del siglo XXI radica en sus posibilidades de gobernabilidad, así pues, el Estado imperial global debe canalizarlo en sus patrones ideológicos, puesto que los patrones económicos no van a ser cambiados. No debemos dejar de atender a la incidencia que tiene el pensamiento derechista en el sistema eleccionario del capitalismo periférico de hoy, más acá del cierre natural de alternativas que el modelo presenta. El fetichismo ideológico de progreso y desarrollo individual aislado de los intereses sociales, es parte del arraigo cultural del espíritu del capitalismo. Al shock económico y social no sucede de inmediato el shock ideológico; más bien se intenta recuperar valores que se consideran en riesgo, perdidos y efectivos para reconquistar el orden del confort reglamentado.
Y las políticas públicas funcionan a estas alturas de la Historia más como elemento regulador de la clase media que como espectro de derechos conquistados. La clase media aún sostiene su fetichismo ideológico del bienestar en el sistema y puede constituir un elemento de distorsión que haga puente con el proletariado empobrecido. De modo que la palabra democracia viene en encajillo perfecto para estas condicionantes que mantienen vivas las circunstancias de Guerra Fría, aunque con otros nombres, como el de terrorismo, populismo o, no faltaba más, comunismo (asiático o cubano).