20/7/11

Cuando los derechos humanos duelen en Argentina


A Jorge Julio López, por quien seguimos exigiendo su aparición con vida
Rubén Kotler
Quien escribe el presente artículo ha hecho importantes aportes a la comprensión de la lucha de las organizaciones de derechos humanos de nuestro país. Desde mi formación de grado en la carrera de historia me he preocupado por estudiar y difundir la historia del movimiento de derechos humanos de mi provincia, Tucumán, donde la represión de las distintas dictaduras tuvo una saña particular y donde las principales luchas sociales por la defensa de los derechos fundamentales fueron violentamente reprimidas.

Para mí, el estudio de la historia del movimiento de derechos humanos nunca fue un negocio, de hecho, he dejado dinero, tiempo y parte de mi alma en dar a conocer la historia del movimiento y sus principales militantes, recogiendo sus testimonios y publicando en distintos medios y formas, esa historia de lucha, no por el supuesto prestigio de tales publicaciones, sino por dar a conocer una lucha que sentí y sigo sintiendo propia.
Las noticias trascendidas en las últimas semanas y que vinculan a una de las organizaciones principales con actos de corrupción me han hecho reflexionar sobre una cantidad de cuestiones que de hecho siempre fueron mi preocupación. Una de ellas es la relación de las organizaciones de Derechos Humanos con el Estado durante las distintas administraciones desde 1983 a la fecha.
Recuerdo los primeros discursos que he escuchado de Hebe de Bonafini en la pirámide de la Plaza de Mayo. En mi memoria sobrevuela la intransigencia hacia una cantidad de cosas del orden establecido, me caían simpáticas, sobre todo, porque sentía que parte de mis sentimientos hacia el Estado burgués eran las mismas que las manifestadas entonces por Hebe. Creía, y sigo creyendo, que la defensa de los derechos humanos es incompatible con el sostenimiento de un Estado cuya base organizativa es el capitalismo. Siempre sostuve que capitalismo y derechos humanos son incompatible, no solo desde lo discursivo sino y sobre todo, desde las prácticas que supone una relación entre dominado y dominador en el esquema de la división capitalista del trabajo.
Decía entonces que los discursos de Hebe en la pirámide de la plaza, la mítica Plaza de Mayo, me agradaban, porque entre otras cosas, siempre hablaba de la lucha de los “hijos desaparecidos” y de la necesidad de construir otro país. Sin embargo, mi primer quiebre con relación a la figura de Hebe la tuve cuando hacía mi tesis de licenciatura, allá por los últimos años del siglo pasado, en el que indagaba en la historia de las Madres de Detenidos–Desaparecidos de Tucumán. Había descubierto entonces que la primera fractura de las madres no había sucedido en 1986 con la aparición de Madres Línea Fundadora, separadas de las Madres que lidera Hebe, sino que una primera fractura, había sucedido en Tucumán, hacia diciembre de 1983, cuando la injerencia de Hebe terminó en una feroz pelea en la organización local. Entonces, quien era presidenta de la agrupación local, Nelly de Bianchi, tuvo que dar un paso al costado. La pelea de Nelly con el grupo local se originó cuando ella había decidido ir como candidata a la gobernación por el Partido Obrero en las primeras elecciones del periodo transicional. Nelly sostenía que la “apertura democrática” era una veta que se abría en el sistema y que participar de los comicios podría visibilizar la existencia de la lucha de las Madres de Plaza de Mayo. Según los criterios adoptados entonces por las Madres de Buenos Aires, mientras se llevara el pañuelo blanco en representación de la organización, no podrían participar dentro de las estructuras partidarias. Esta discusión caló profundo en las Madres de Tucumán por la interferencia de Hebe y su intransigencia.
Luego de este descubrimiento otras actitudes de Hebe me llevaron a sospechar sobre el tipo de prácticas que llevaba adelante, aún cuando seguía sintiendo admiración por la lucha de los pañuelos blancos, admiración que sigo sintiendo al día de hoy pese a todo. Pero Hebe, el emblema de una de las líneas de Madres, es una figura ciertamente contradictoria y hasta por momentos autoritaria. No acepta las críticas y cuando alguien cercano se las indica no duda en descalificarlo o apartarlo. Ya conocemos la historia de cómo fueron alejados de la Universidad Popular intelectuales de la talla de James Petras, intelectuales comprometidos con el cambio social. Quizás, la carta que le escribiera Néstor Kohan a las Madres, tras su alejamiento, sirve para comprender lo que sucede en el campo intelectual crítico con una organización que siempre generó adherencias pero que en los últimos años provocó una cantidad cierta de rupturas. La carta de Kohan a las madres es reveladora en ese sentido [1]. Han pasado cuatro años de aquella misiva y la misma mantiene hoy más que nunca la vigencia del mensaje certero y la crítica sincera. Lo triste, y hay que decirlo sin eufemismos, que duele tener que marcar estos puntos de ruptura porque duele que se ensucie la memoria de los 30.000 y la lucha del movimiento de derechos humanos en su conjunto.
Uso y abuso de los derechos humanos en la gestión K
Si hay una gestión que ha hecho uso y abuso de los derechos humanos y un manejo político, en el peor sentido del término, del pasado represivo en nuestro país, es la gestión Kirchner en sus dos vertientes: Néstor y Cristina Fernández, cooptando a organizaciones, apropiándose de banderas y discursos que no les eran propios e invirtiendo dinero para generar una industria de los derechos humanos [2]. Las torpezas de los Kirchner incluso han abonado el discurso de la derecha más retrógrada, aquella que sueña con la vuelta de las botas y que echa espuma por la boca cuando ve a “sus generales” en los tribunales del país. El proceso abierto en 2003 de revisión judicial del pasado dictatorial tuvo que haberse mantenido al margen del Poder Ejecutivo para generar un clima de confianza en las instituciones que dé en la opinión pública, la idea del juzgamiento genuino de los genocidas. Sin embargo, los últimos acontecimientos de corrupción en los que se vio envuelta la asociación de Madres de Plaza de Mayo, termina sirviendo de justificativo para que los sectores fascistas de nuestro país profundicen su campaña contra todo el movimiento de derechos humanos. Cierto es que igualmente esa derecha ultra no necesita de sucesos como estos para procurar atacar una lucha de años, pero en Tucumán lo hemos visto con claridad a partir de los afiches diseminados por toda la ciudad del partido fascista Fuerza Republicana, indicando, con un signo peso, el “valor” de los derechos humanos. Literalmente los afiches de los seguidores del genocida Bussi expresan la siguiente consigna: “Derecho$ Humano$”. Lo que no pudieron los enemigos del movimiento, lo hicieron desde adentro Schoklender y parte de la administración del gobierno central, ensuciando la bandera de los derechos humanos, ensuciando a los pañuelos blancos, orgullo de esa lucha contra la dictadura, y en última instancia, ensuciando la memoria de los 30.000.
Aquí es donde los derechos humanos duelen. Duele que se juegue con la memoria de los desaparecidos que soñaron con un país muy distinto al diseñado por los Kirchner, donde las injusticias sociales siguen a la orden del día. Mal que les pese a los “jóvenes K”. Hay que decirlo claro: El supuesto modelo alternativo que buscan consolidar no es tal y no es un modelo inclusivo ni redistributivo, es el mismo modelo diseñado a partir del consenso de Washington y que viene siendo ejecutado por las distintas administraciones en dictadura o en democracia desde 1966, por lo menos, hasta la fecha.
Insisto: este modelo es absolutamente incompatible con los derechos humanos y es incompatible porque al margen del juzgamiento de unos pocos genocidas, el aparato represivo del Estado sigue intacto, la represión estatal es moneda corriente contra las organizaciones de izquierda que osan cuestionar a los K. Todo esto sin mencionar que en nuestro país siguen existiendo bolsones de pobreza importantes, las comunidades indígenas siguen postergadas, niños de sectores de extrema pobreza sigue muriendo de hambre por desnutrición, la salud está dejada en las manos de Dios y los jubilados que ganan la mínima no consiguen el 82% móvil que les haga un poco más digna la vivencia de su tercera edad. Para decirlo claro: en áreas estratégicas de defensa de los derechos fundamentales, la gestión K deja mucho que desear. Y deja mucho que desear simplemente porque prioriza el pago de la deuda externa mientras somete al olvido el pago de la deuda interna, aquella que debe priorizar todo gobierno que hable de un “modelo alternativo” y que sostenga el discurso de los derechos humanos. Porque el país que soñaron los desaparecidos no es el país de Hebe sino la llamada “patria socialista”, aquella que planteaba otras relaciones sociales de producción.
Mirar al pasado para reconocer el presente
Los Kirchner fueron astutos jugadores en el campo de los derechos humanos. Maquiavélicamente construyeron un discurso que se apropió de la lucha de organizaciones que se jugaron la vida en momentos críticos de la historia argentina, cooptando a alguna de estas organizaciones y defenestrando por todos los medios a aquellos organismos que no comulgaron ni comulgan con estas prácticas. Los Kirchner sentaron en el banquillo de los acusados a unos pocos viejos decrépitos para mostrar su supuesto compromiso con los derechos humanos, pero dejaron al aparato represivo intacto, recurriendo incluso, cuando hizo falta, a la tercerización de la represión, como lo vimos en el asesinato del joven militante del Partido Obrero, Mariano Ferreira.
Sin embargo el discurso pro derechos humanos de los Kirchner se topa con la dura realidad, muy distinta en los hechos. La acción del extinto ex presidente, Néstor Kirchner, de descolgar los cuadros con las fotos de los generales de la Esma, no fue más que un acto de pantomima ya que en los hechos de la realidad empírica, sostuvieron alianzas con oscuros personajes vinculados al aparato represivo de los 70, como el líder de la CGT, el camionero Hugo Moyano, sospechado de haber sido mano de obra de la Triple A en la ciudad de Mar del Plata.
La astucia de Kirchner para cooptar además a ciertos pseudos - intelectuales progres se ha evidenciado en el programa de la propaganda estatal en la televisión pública. Por las cámaras de 6, 7, 8 hemos visto desfilar a decenas de intelectuales que procuraron explicarnos las bondades de los Kirchner en materia de derechos humanos. Una de esas voces ha sido la del joven Juan Cabandié, hijo de desaparecidos y hoy leal al gobierno nacional, a quien no le escuchamos en los últimos años reclamar por la desaparición, durante el gobierno de Néstor, de Jorge Julio López. Tampoco al avezado panel de propagandistas quienes en su ardua pelea con el grupo Clarín, se olvidaron del compañero López desaparecido.
Sí, en nuestro tiempo presente, y bajo la administración de un gobierno que afirma revisar el pasado dictatorial en nombre de los derechos humanos, desapareció un ciudadano por razones políticas. Y peor aún que las organizaciones de derechos humanos, aquellas que optaron por jurar lealtad a los Kirchner, no mencionan desde hace mucho a López ni reclaman su aparición con vida. Tal vez las claves para entender estas actitudes tengamos que rastrearlas en el pasado y verificar si para determinados grupos, algunos desaparecidos valían más que otros. Triste, sobre todo cuando el consenso de los años previos a los Kirchner era el de la lucha frontal contra un estado capitalista que mataba de hambre a importantes sectores sociales. Seamos claros: no se puede pronunciar a viva voz que este es el país que soñaron los desaparecidos. Decirlo de esta manera resulta un oprobio a la memoria de quienes se jugaron la vida por un país muy distinto al que tenemos. Decir que las cosas han cambiado, cuando seguimos viendo a pibes pedir en los colectivos o cuando conocemos casos de niños muertos por malnutrición, o cuando vemos que los jubilados siguen siendo apaleados por el aparato represivo del Estado por reclamar sus derechos, o que sectores de docentes en lucha son reprimidos por exigir un salario digno, mientras los habitantes de la “Rosada” y sus acólitos se enriquecen exageradamente incrementando sus patrimonios, es mentir caprichosamente haciéndole el juego a un gobierno que dista mucho de llevar a cabo políticas sociales redistributivas.
Pero hay que mirar al pasado siempre y sacar de los archivos del olvido la verdadera lucha por los derechos humanos. No ésta que duele, sino la genuina lucha que históricamente levantó como banderas las consignas de “verdad y justicia”. No por el lucro, no por conveniencia política, no por usufructo personal o de ciertos colectivos. Sino por el resguardo de la memoria de los 30.000 compañeros desaparecidos. Aquellos que SÍ se imaginaron otro país, muy distinto al de los Kirchner. Y por Jorge Julio López, de quien debemos seguir exigiendo su aparición con vida. De lo contrario, el pasado más atroz siempre rondará a nuestros alrededores y por más que un par de viejos represores “guarden cárcel”, seguiremos sumidos en el pasado que grandes sectores pretendemos transformar. Como lo soñó la generación de los tucumanazos o los cordobazos.
Notas
[2] Recurro a la expresión de “industria de los derechos humanos” del intelectual estadounidense Norman Finkelstein, quien habla de “industria del holocausto” para referirse al uso del genocidio judío por parte de sectores cercanos a Israel con fines non santos. También en nuestro país se ha usado con fines dudosos el genocidio perpetrado por la última dictadura militar y que se ha puesto en evidencia durante las dos gestiones de los Kirchner. Lamentablemente, esta industria, ha ido en desmedro de la lucha por la “verdad y la justicia” que siempre se ha reclamado desde el campo popular. Esta industria incluso le ha servido de argumento, como lo expongo en este artículo, a la derecha más retrógrada para cuestionar los avances en materia judicial en el juzgamiento de los represores ya condenados, Bussi y Menéndez entre ellos.