30/7/11

Convertida en bandera y sueño: Frida entre pinceles y vuelos


Daniela Saidman
Apostó por los lienzos, los que hablaban de ella, de sus cejas pobladas, de sus heridas abiertas, de su desnudez, fragilidad, de su cama que se convirtió en una balsa para navegar las torturas.
“Para qué quiero pies si tengo alas” dijo una vez y voló para siempre. Tenía los colores de una mariposa y la mirada puesta en un lienzo que supo decirle las sombras, los miedos, los tiempos, la risa, el amor... Su vida y su obra trascendieron fronteras e idiomas. Se instaló en el vaivén del aire que agita las banderas de las rebeldías y las causas justas, y se quedó para siempre en la juventud y en la belleza, en la palabra América, y en la vida que clama por ser vivida.
Magdalena Carmen Frida Kahlo Calderón, la pintora de los lienzos que intentaron contenerla, (Coyoacán, 6 de julio de 1907 - 13 de julio de 1954), sintió desde pequeña los dolores del cuerpo. Primero contrajo poliomielitis (en 1913) y luego sufrió un aparatoso accidente que más de una cicatriz dejó sobre cuerpo, ese que vistió de huipiles y bordados y que fue ventana abierta para albergar el amor de Diego Rivera.
En 1922, decidida a estudiar medicina, ingresó en la Escuela Nacional Preparatoria de Ciudad de México, la más prestigiosa institución educativa de ese país, que recién empezaba a admitir mujeres como alumnas. Fue precisamente allí, donde conoció al muralista Diego Rivera.
La fractura
Pero el 17 de septiembre de 1925 la vida se le trastocó. Frida sufrió un accidente de tranvía, en el cual quedó con la columna vertebral casi rota y lesiones permanentes. Sometida a la inmovilidad durante meses, el arte le nació de las fracturas, las del cuerpo y las del alma. Allí acostada tomó los pinceles y se dibujó cada grieta, cada grito que emergía del llanto, de la esperanza, del anhelo, de las ganas de vivir, mirar, sentir, encontrar, tal vez de encontrarse.
Cuando pudo levantarse, rehecha pero aún adolorida, apostó por los lienzos, los que hablaban de ella, de sus cejas pobladas, de sus heridas abiertas, de su desnudez, fragilidad, de su cama que se convirtió en una balsa para navegar las torturas.
El amor
Frida decía haber tenido en su vida dos accidentes, el del tranvía y el de encontrarse con Diego, con quien contrajo matrimonio en 1929, cuando ella tenía 22 años y el 42. Diego era ya un artista consagrado por lo que pasaron mucho tiempo en Nueva York y Detroit. Entre ellos ardieron todas las humanas pasiones: amor, vínculo creativo y odio.
Frida fue dejando poco a poco salir su luz, brillaba rompiendo con todos los esquemas y se fue convirtiendo en una gran artista por mérito propio, creando con su risa y sus dolores un estilo único.
André Bretón, el poeta y escritor francés, calificó en un ensayo que escribió para la exposición de la artista mexicana en Nueva York, en 1938, que la obra de Frida era surrealista. Ella, ataviada de los olores y sabores de ese México de flores y volcanes, dijo: “Creían que yo era surrealista, pero no lo era. Nunca pinté mis sueños, pinté mi propia realidad”.
Gracias a su amistad con el escritor, Frida conoció a Julien Levy, quien le organizó una exposición en Nueva York en 1939 y posteriormente otra en París. Frida fue la primera artista mexicana en exponer una de sus obras en el museo Louvre. Pronto se convirtió en la imagen y en el contenido de las hondas búsquedas. Se ejercitó en la travesía por encontrar la voz propia y la de su pueblo, y se entregó al arte que nace desde lo más profundo y lo más alto que nos habita.
La política
Muchos de quienes se han adentrado a la vida de Frida cuentan entre susurros que tuvo un romance con León Trotsky. Ella, que andaba la vida preguntando y preguntándose, se unió al Partido Comunista en 1928 tal como lo hicieron varios de los principales artistas mexicanos de la época.
Trotsky encontró su último hogar en México. Diego y Frida no sólo abogaron por él, sino que lo acogieron en su casa, tal como refirió en una entrevista Esteban Volkov, nieto del autor de la revolución permanente.
“Yo tenía siete años cuando la decena trágica y presencié con mis ojos la lucha campesina de Zapata contra los carrancistas”, describió Frida, en su diario a comienzos de los años cuarenta cuando narró sus recuerdos de la Revolución Mexicana. Valiente e indómita, la artista se identificaba tanto con este suceso, que solía decir que había nacido en 1910. Probablemente decidió que ella y el nuevo México habían nacido al mismo tiempo. La Guerra Civil Española y luego la Segunda Guerra Mundial la encontraron siempre en la orilla donde los pueblos luchan.
La salida
“He estado enferma un año: 1950-1951. Siete operaciones en la columna vertebral”, confesó Frida en su diario, “el doctor Farill me salvó. Me volvió a dar alegría de vivir. Todavía estoy en la silla de ruedas y no sé si pronto volveré a andar. Tengo el corsé de yeso que a pesar de ser una lata pavorosa, me ayuda a sentirme mejor de la espina. No tengo dolores. Solamente un cansancio... y como es natural muchas veces desesperación. Una desesperación que ninguna palabra puede describir. Sin embargo tengo ganas de vivir”.
“Espero alegre la salida y espero no volver jamás” fue lo último que escribió en su diario, pero no se fue jamás. No sólo está en la Casita Azul de Coyoacán donde nació y vivió con Diego. Frida vive donde el viento sopla y despeina una trenza o alza en vuelo una falda que hace juego con un huipil bordado de flores que llevan los colores de México.
Con F de Frida
“Inútil oponerse a la canonización laica, a fin de cuentas sólo el método de acercarse a una obra, ni olvidar ni por un instante al ser que la produjo. Es este caso, "mitificar" o "desmitificar" son criterios un tanto ajenos a la mezcla de lo estético y lo vital. Frida Kahlo es Ícono, leyenda, mito y poderosa realidad artística, la santa Juana de una sociedad pequeña pródiga en personajes límite, la Virgen de los abortos, la Eva retenida en el infernal paraíso de la mesa de operaciones, la enamorada que se pinta o se tatúa en la frente el rostro del amado inconcebible. Frida corresponde a una etapa de arte nacional, y la trasciende, es el símbolo que 'ya actúa por su cuenta', la Frida pintada por Frida que Frida produce con tal de poblar de Fridas los alrededores. En su caso, vida y obra no admiten el deslinde, al ser la obra un proyecto detallado de autobiografía y al dirigir la desesperación y la angustia, tan estrictamente reales, la elección de la forma, devocional a su manera, testimonial, fantasía naturalista (tómenlo o déjenla), alegórica, de sencillez al punto del desbordamiento barroco. Y a su manera, el acto agónico de su obra es un criterio estético: la alquimia del sufrimiento también engendra la belleza”: Carlos Monsiváis (escritor mexicano)