31/7/11

Berlusconi: el Murdoch de España

Foto: Silvio Berlusconi

El escándalo de las escuchas de Rupert Murdoch ha evidenciado el gran problema de los medios actuales: muy pocas manos controlan todos sus contenidos. Silvio Berlusconi es el paradigma del Estado español: su dinero está presente en casi todo lo que se lee, se ve o se escucha.
Alberto Pradilla
"Las noticias -comunicar noticias e ideas, supongo- son mi pasión. Y dar a la gente opciones para que tengan dos periódicos para leer y más de un canal de televisión». La frase, atribuída al magnate Rupert Murdoch, explica la falacia con la que los grandes grupos del ámbito de la comunicación definen la libertad informativa. Para comprender en toda su extensión al propietario de News Corporation quizás habría que añadir esta segunda frase apócrifa: «Siempre y cuando esos dos periódicos y canales de televisión me pertenezcan».
La concentración es el fenómeno que mejor caracteriza al panorama actual de prensa, radio y televisión. Cada vez hay más cabeceras, pero eso no implica diversidad en los mensajes que se lanzan al público. La situación económica de los holdings mediáticos, en caída libre desde hace años, ha terminado por convertir a bancos y grandes inversores (muchos de ellos sin relación con la comunicación) en los principales dueños de un mercado que no mira a su hipotético servicio social sino al negocio, en primer lugar, y a la capacidad de influencia.
Solo en Australia, News Corporation abarca el 70% de lo que se publica. En Gran Bretaña y EEUU, llega hasta el 50%. Sin embargo, ¿quién es el Murdoch del Estado español? Si se analizan las propiedades de los grandes magnates con intereses mediáticos en el estado (y que también afectan a Euskal Herria), un nombre destaca por encima de todos: Silvio Berlusconi.
Il Cavaliere, que dispone en Italia de un imperio mediático que le ha permitido llegar a ser elegido primer ministro, puede presumir de tener en cartera gran parte de lo que la audiencia estatal lee, ve y escucha. Su buque insignia siempre ha sido Telecinco, televisión que controla a través de su empresa Mediaset. En 1989, cuando surge el canal privado, Berlusconi disponía únicamente del 25% de la propiedad. La Ley de Televisiones Privadas prohibía que un grupo ajeno al Estado español se hiciese con un porcentaje mayor. Sin embargo, las sucesivas normativas aprobadas en Madrid, que han despejado las barreras antimonopolio, le han permitido controlar cada vez más parcelas del negocio.
La avaricia del actual primer ministro italiano no se limitó a su principal cadena. En diciembre de 2009, Gestevisión Telecinco (que a partir de 2011 pasaría a denominarse Mediaset España Comunicación), llegó a un acuerdo para fusionarse con Cuatro, un canal fundado en 2005 como regalo del presidente español, José Luis Rodríguez Zapatero, a Prisa, el grupo editor de «El País» y que siempre se ha caracterizado por sus tradicionales lazos con el PSOE.
La nueva sociedad surgida tras la unión quedó en manos de los italianos en un 81,7%, mientras que la empresa dirigida por Juan Luis Cebrián retenía el 18,3%. Tras la alianza, Berlusconi queda como el verdadero amo de la televisión en el Estado español, mantieniendo bajo su control Telecinco, Cuatro, La Siete, Boeing, Factoría de ficción, Divinty, Xtra, Telecincoshop, Canal + 2 (perteneciente a Prisa TV) y Telecinco HD. Por si acaparar todo este espacio en la TDT no fuera suficiente, Telecinco había adquirido, en 2007, la productora Endemol, una de las compañías más importantes de creación de contenidos. De este modo, Mediaset también se beneficia de los programas ideados por su propia productora y los vende a otros competidores como Antena 3. Una práctica que se extiende a la gestión de la publicidad, que la empresa italiana dirige a través de Publiespaña, una firma que ha llegado a ser responsable de todos los anuncios que se emitían en un canal aparentemente rival como Intereconomía.
En realidad, tanto los canales como sus parrillas se originan a partir de un reducido círculo de propietarios que terminan por abarcar todo el espectro audiovisual.
¿Independencia informativa?
Uno de los principales problemas de la fusión radicaba en cómo armonizar los contenidos informativos de una cadena que vende una imagen aparentemente progresista y los del principal patrocinador de la telebasura. «Ambas cabeceras mantendrán su independencia», proclamaba el director general de Telecinco, Paolo Vasile. Teniendo en cuenta que las dos comparten la misma matriz, esto solo significa mantener una aparente diferencia en el envoltorio para penetrar más fácilmente en los targets de audiencia específicos. No se puede olvidar que quien sirve la mayor parte de noticias, tanto a Cuatro como a Telecinco, es la agencia Atlas, creada en 1998 y también perteneciente al grupo Medianet. Sin embargo, una de las primeras decisiones de Berlusconi al frente de Cuatro evidenció cuál sería la línea a seguir y, sobre todo, quién mandaba: el magnate italiano suprimió el canal de noticias CNN + para sustituirlo por un 24 horas de Gran Hermano.
La alianza de Il Cavaliere con Prisa le ha permitido no solo controlar la cadena generalista del grupo fundado por Jesús Polanco, sino que también podrá influir en los contenidos de su gran cabecera: el diario «El País», que hasta la fusión había mantenido una línea crítica con los sucesivos escándalos de corrupción que han salpicado al primer ministro italiano.
También en «El Mundo»
De todos modos, el dinero no entiende de fidelidades ideológicas y Berlusconi se ha convertido en un experto en poner una vela a dios y otra al diablo. Su irrupción en Prisa no ha supuesto ningún problema para que sus tentáculos lleguen hasta uno de sus principales competidores: Unidad Editorial, la empresa responsable de «El Mundo». Aunque, eso sí, de forma indirecta. En 2007, el grupo italiano RCS Media Group, editor de, entre otros, «Il Corriere de la Sera», adquirió el 97% de las acciones de Unidad Editorial, empresa surgida de la fusión entre Recoletos y Unedisa y que publica, entre otras cabeceras, los diarios «El Mundo» y «Marca», además de poseer la recienemente clausurada televisión digital Veo TV.
Sin embargo, un pequeño análisis sobre los principales inversores del holding italiano permite visualizar que, nuevamente, Silvio Berlusconi se encuentra detrás de los beneficiarios. El mayor accionista de RCS es, con algo más de un 14% de la participación, el banco de inversiones Mediobanca, donde Il Cavaliere tiene participaciones del 7% a través del grupo bancario Mediolanum. Precisamente, uno de los pilares del holding de Berlusconi, que se completa con Mediaset, la editorial Mondadori (que en el Estado español controla las ediciones de, entre otros, Plaza & Janes, Debate o Debolsillo) y el AC Milan. De todos modos, tampoco hay que establecer cadenas tan complejas. Marina Berlusconi, hija del magnate italiano con su primera mujer, es miembro del consejo de administración de Medioblanca, por lo que tiene influencia directa en el principal inversor de RCS y, por tanto, de «El Mundo».
Las prácticas de Berlusconi le han llevado a ser perseguido por los tribunales en decenas de ocasiones. De los casos relacionados con las leyes antimonopolio y la gestión al frente de sus empresas comunicativas, el proceso iniciado en 1998 por el juez Baltasar Garzón fue uno de los más sonados. Ese año, el magistrado de la Audiencia Nacional española procesó a dos directivos de Telecinco por diversos delitos de fraude.
Dos años después, trató de sentar en el banquillo al propio Berlusconi y a Marcello Dell´Utri, en aquel momento presidente de Publiespaña. La inmunidad parlamentaria obtenida por Berlusconi terminó por frustrar la operación.
Silvio Berlusconi es el Rupert Murdoch del Estado español. No hay duda. Su progresiva irrupción en el mercado de la prensa, la radio y la televisión lo convierten en uno de los magnates más poderosos y hace buena la tesis lanzada por Noam Chomsky y Edward S. Herman en su obra «Los guardianes de la libertad», publicada en 1988: «La mayor parte de los medios están en manos de las grandes corporaciones o pertenecen a las élites económicas». Aunque Il Cavaliere no es el único. Otros grandes inversores se reparten los restos de la tarta mediática que el italiano no ha logrado apropiarse.