13/7/11

Adolfo Sánchez Vázquez: El legado fecundo de un filósofo marxista y el testimonio ejemplar de un republicano del exilio

Adolfo Sánchez Vázquez por David Padilla

Andrés Martínez Lorca  /  Especial para Gramscimanía
Adolfo Sánchez Vázquez, ilustre filósofo y escritor nacido en Algeciras en 1915, acaba de morir a los 95 años en la capital de México, país que lo acogió como exiliado al final de la guerra civil. Prestigioso catedrático en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) en la que enseñó durante más de treinta años y de la que fue también profesor emérito, destacó por su contribución teórica a la estética y al pensamiento político. Desde el punto de vista literario, su personalidad vino marcada por la Málaga de su infancia y juventud donde se expandía entonces la Generación del 27. Emilio Prados (poeta y comunista también muerto en el exilio de México), sería ya pronto y hasta el final su mentor poético y mejor amigo.
Comunista desde la juventud, primero en las Juventudes Comunistas, más tarde en las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU) y finalmente en el PCE, se enfrentó en 1957 junto con la organización de México a los “métodos autoritarios y antidemocráticos” que, según él, imperaban en el comité central del PCE, lo que le llevó finalmente a dejar toda responsabilidad política, a “ser sólo un militante de filas y consagrarme sobre todo a mi trabajo en el campo teórico”.
La II República y el trágico destino al que ésta se enfrentaría, marcaron su vida. La defendió con la pluma y también con las armas en la mano: primero, desde la dirección del diario Ahora, órgano de la JSU; más tarde, en el Frente del Este, en Aragón, incorporado a la 11ª División que dirigía el comandante Líster; y finalmente, y hasta la terrible batalla del Ebro, en Cataluña como soldado del legendario Quinto Regimiento. En el largo exilio mantuvo la lealtad a los ideales republicanos y participó activamente en las iniciativas político-culturales puestas en marcha por aquellos sufridos demócratas españoles, entre los que sobresalían los escritores José Bergamín, León Felipe, Juan Rejano y Herrera Petere, y los prestigiosos intelectuales José Gaos, Joaquín Xirau, Juan David García Bacca y Eugenio Ímaz. En sus últimos años, desaparecidos poco a poco los protagonistas “del éxodo y del llanto”, Sánchez Vázquez se convirtió en símbolo de ellos o, como ha declarado tras su muerte José Narro, rector de la UNAM, “en uno de los grandes aportes del exilio español a México”. De modo muy significativo, los libros de su biblioteca personal relacionados con el exilio serán donados tras su muerte al Ateneo Español de México.
Como intelectual, ha sido y es muy influyente en el pensamiento de la izquierda latinoamericana, a la que aportó un marxismo crítico y antidogmático basado en el concepto de praxis, “entendida como actividad objetiva y subjetiva, teórica y práctica, por la cual el hombre transforma la naturaleza y se transforma a sí mismo”. Ese marxismo teórico ─ construido sobre el rigor analítico, la reflexión personal, la relectura de los clásicos, una severa censura del llamado “socialismo real” y el diálogo con otras tradiciones ilustradas ─ , lo entronca con otro de nuestros grandes intelectuales del siglo XX, Manuel Sacristán. Con ambos el marxismo ocupa por primera vez un digno lugar en la vida universitaria iberoamericana, pasando a representar una alternativa ideológica a la crisis del capitalismo tardío, tras la ignorancia académica anterior a la guerra civil y la persecución durante el franquismo y la guerra fría.
Entre sus más de 25 libros publicados merecen destacarse éstos: Las ideas estéticas de Marx (1965), La filosofía de la praxis, su obra teórica más importante, fruto de la tesis doctoral defendida en la UNAM bajo la dirección de José Gaos (1967, reeditada posteriormente el año 1980 en Barcelona por la Editorial Crítica), Del socialismo científico al socialismo utópico (1975), A tiempo y destiempo (2003, valiosa antología de ensayos publicada por el FCE) y Ética y Política (2008). Como poeta, su vocación inicial, hay que señalar estos dos libros. El pulso ardiendo, escrito en los años 30 y que refleja el dramatismo de la guerra (publicado en 1942 en México y reeditado en Málaga en el año 2004) yPoesía (antología de su obra poética, México/Málaga, 2005). Como fino crítico literario, encontramos su último libro, Incursiones literarias (UNAM, 2010), donde pasa revista a los más variados temas y autores, como el Quijote, Garcilaso, García Lorca, Miguel Hernández, Pablo Neruda y Octavio Paz.
Fue distinguido con el doctorado Honoris Causa por las universidades mexicanas de Puebla, Nuevo León y Guadalajara, por las universidades españolas de Cádiz, UNED y Complutense de Madrid y por la universidad de La Habana (Cuba). Entre otras distinciones, fue nombrado Hijo Adoptivo de la Provincia de Málaga y recibió el Premio María Zambrano de la Junta de Andalucía y el Premio Nacional de Ciencias y Artes de México (2002). La revista Anthropos (Barcelona, 1985, nº 52) le dedicó un número monográfico. Más recientemente, el Ateneo de Málaga le ofreció un homenaje en su revista Ateneo del Nuevo Siglo.
Su incorporación a la vida cultural española vino de la mano del filósofo Javier Muguerza, quien tanto se ha esforzado en la transición por difundir en nuestro país el legado de los pensadores del exilio. La primera actividad académica de Sánchez Vázquez en España fue una conferencia titulada “Las revoluciones filosóficas: de Kant a Marx”, pronunciada en la Universidad Autónoma de Madrid en mayo de 1978. Años después, volvió a hablar en público en su tierra natal andaluza (Universidad de Málaga, 1983). En esa misma ciudad mediterránea a la que estaba estrechamente vinculado se publicó la primera semblanza sobre él en la prensa española (diario SUR, 23-10-1983) que escribí yo mismo y que se ha reproducido en mi libro Personajes y escenas de Málaga (2005). A partir de entonces, colaboró en diversas revistas y visitó con frecuencia la península, impartiendo conferencias y dictando cursos en centros universitarios y tribunas culturales.
Sobre el exilio dejó esta amarga reflexión: “El exilio es un desgarrón que no acaba de desgarrarse, una herida que no cicatriza, una puerta que parece abrirse y que nunca se abre. El exiliado vive siempre escindido: de los suyos, de su tierra, de su pasado”.
Al final de su vida, volvió también a pensar sobre el socialismo, eje de su actividad intelectual y de su vida política. A pesar de los errores históricos, siguió defendiendo su validez para nuestra sociedad: “Muchas verdades se han venido a tierra; ciertos objetivos no han resistido el contraste con la realidad y algunas esperanzas se han desvanecido. Y, sin embargo, hoy estoy más convencido que nunca de que el socialismo… sigue siendo una alternativa necesaria, deseable y posible”.
Era sencillo en el trato, dialogante y reflexivo, elegante en la expresión y en el vestir, siempre amable con todos, querido por sus alumnos, respetado por los colegas, amante de su tierra de acogida y andaluz de raíz. Siguió activo mentalmente hasta el fin a pesar de los achaques de la vejez, como él mismo confesaba en la carta que, con la ayuda de su hija Aurora, me escribió el día 1 de junio pasado: “Voy llevando con mucha dificultad mis casi 96 años a cuestas, con la salud muy deteriorada, con problemas de la vista muy agudos y apartado totalmente de la vida pública”. Su última contribución literaria, aun inédita, han sido sus Memorias: “Él me las dictaba porque ya no veía nada. Durante un año y medio trabajamos juntos, afortunadamente llegó a terminarlas”, acaba de declarar su hija Aurora en la despedida fúnebre. Ésa era la madera de estos viejos combatientes comunistas y republicanos, siempre luchando por un mundo más humano y fraternal, a contracorriente de la historia y de la vida.
Su legado literario humanista y su testimonio civil a favor de la democracia, la igualdad y la República han encontrado un suelo fecundo donde comienzan a germinar a uno y otro lado del Atlántico.