20/6/11

Walter Benjamin: La lengua del exilio


Elizabeth Collingwood-Selby
Importa poco no saber orientarse en una ciudad. Perderse, en cambio, en una ciudad como quien se pierde en un bosque, requiere aprendizaje. Los rótulos de las calles deben entonces hablar al que va errando como el crujir de las ramas secas, y las callejuelas de los barrios céntricos reflejarle las horas del día tan claramente como las hondonadas del monte.
Depositar el texto sobre la mesa y abrirlo, exponerlo a la mirada que instantáneamente mide y calcula; entonces acercarse apenas y leerlo, sobrevolarlo, dibujar mentalmente el arreglo de los signos, el cuadro de su significado, como quien traza desde el aire el mapa de una ciudad desconocida. Hemos aprendido a leer de lejos -a escribir y hablar de lejos-, a guardar prudentemente esa distancia que nos separa de la distancia, que nos inhabilita para la diferencia. De lejos, el texto es imagen y puede apresarse; comprenderlo es, idealmente, agotarlo, someterlo a los límites de una cierta intención, dominar su significado, alejarse de las palabras para apoderarse de lo que las palabras quieren decir; es, metafóricamente hablando, desvestir una fruta para apoderarse de su cuesco. Haber comprendido un texto es, por tanto, haberse apropiado de su significado. Esta manera de enfrentarse a la lectura -de entender la lectura como enfrentamiento-, es producto de una concepción de lenguaje para la cual la intención en el decir -el "querer decir algo"- es el elemento fundamental; un lenguaje que, en último término declara no querer ser más que instrumento de la voluntad humana, una voluntad que siempre se sitúa a sí misma más allá, o más acá, del lenguaje.