7/6/11

Nacionalismo, internacionalismo y crisis del capital


Osvaldo Calello
Roberto Ferrero ha intervenido en el debate que mantenemos acerca del internacionalismo militante con un importante texto. Su punto de vista es decididamente escéptico respecto del papel que puede desempeñar una organización internacional en la lucha de los trabajadores y el conjunto de los oprimidos contra el imperio del capital. Su exposición sobre la forma en que la contradicción proletariado-burguesía en las metrópolis ha quedado neutralizada durante un extenso período por la renta imperialista que el capital obtenía y obtiene en el periferia colonial y semicolonial, no puede discutirse. Están ahí las palabras de Engels sobre la clase obrera inglesa que Ferrero cita acertadamente, y también las de Marx sobre el papel que la colonización de Irlanda desempeñó en la consolidación de la democracia burguesa en Gran Bretaña.
Es sabido que tras la crisis de sobreproducción de 1873 el capitalismo inició una etapa de prosperidad en cuyo transcurso se concentró en un nuevo nivel y se expandió decisivamente hacia los confines del orden existente. La fusión del capital industrial y el capital bancario en capital financiero, estudiada por Lenin, y la construcción de un emporio colonial fueron los rasgos notorios de este desenvolvimiento. Ni la situación revolucionaria que se abrió tras la primera guerra mundial, pero sólo logró elevar al poder a los trabajadores en el antiguo imperio zarista, ni el derrumbe que significó el crack de 1929, cuyo impacto depresivo perduró durante diez años hasta el estallido de la segunda guerra mundial, señalaron la última hora del capital.
Tampoco marcó ese tiempo final la crisis que puso término a tres décadas de keynesianismo. La “revolución conservadora” basada en la destrucción de la relación capital-trabajo del período anterior, la liquidación del Estado de bienestar, la reestructuración de los procesos productivos derivando hacia la periferia de bajos salarios y pésimas condiciones laborales una parte del capital, la expansión del militarismo y las guerras de conquista neocolonial, ayudaron a la burguesía a prolongar su dominio durante otras tres décadas.
En todo un extenso período que abarca más de un siglo la plusvalía colonial y semicolonial constituyó un soporte fundamental en el sostenimiento de un capitalismo, cuya acentuada degradación parasitaria hace tiempo que ha dejado sin argumentos a sus panegiristas. De los beneficios de esa explotación no ha estado excluida, a pesar de la polarización de clases existente en las metrópolis, una parte decisiva de la clase trabajadora.
En el análisis de Ferrero la prosperidad metropolitana, base material de la hegemonía ideológica y cultural que alcanzó la burguesía, quebró la solidaridad de clase sobre la que debe asentarse una perspectiva internacionalista. En su lugar ganó terreno un sentimiento nacionalista-chovinista que resultó determinante de la conducta que tuvieron las masas en 1914 ante el inicio de la guerra imperialista. Señala Ferrero que tan grande fue el retroceso que el internacionalismo proletario, sobre el que basaron sus previsiones los clásicos del marxismo, quedó reducido a un mito, desplazado por la formidable concentración y expansión del capital por todo el globo, registrada en la fase imperialista. Bajo el imperio de esta cruda realidad, ¿qué margen quedaba para la construcción de una Internacional en la que cada partido revolucionario se insertase en un pie de igualdad, sin quedar sometido a las decisiones verticales de un centro directivo? La respuesta de Ferrero es conocida y, en muchos aspectos, convincente. Sin embargo a esta altura se abren algunos interrogantes y la posibilidad de un enfoque de otro tipo.
El alcance de la crisis capitalista
Hace ya tres años que el capitalismo se ha sumergido en una crisis sin horizonte a la vista. ¿Se trata de una crisis más, en la que el sistema, tras destruir una parte del capital, reinicia un nuevo ciclo ascendente?
Algunas referencias sobre la profundidad de la presente crisis son ilustrativas. En 2009 el gobierno de Estados Unidos registró un déficit fiscal de alrededor de 1,5 billones de dólares. A su vez la Reserva Federal gastó cerca de 1,5 billones con la finalidad de comprar deudas hipotecarias ante el inminente colapso del mercado. Un total de 3 billones que permitieron una recuperación de 3% del PBI, vale decir unos 400 mil millones. “Ahora bien, gastar 3 billones de dólares para obtener 400 mil millones es un pésimo negocio”, advirtió Bud Comrad, economista jefe de CaseyResearch en una nota publicada en mayo de 2010.[1]
¿Hacia dónde conduce este camino? En enero pasado Timothy Geithner, secretario del Tesoro reclamó al Congreso la suba del tope de la deuda, ubicado en 14.300.000 millones de dólares, con las siguientes palabras: “Estados Unidos está al borde de la insolvencia”. El endeudamiento norteamericano ya está llegado a este techo. En esos días Austan Goolsbee, asesor económico del presidente Obama advirtió, que si el tope en cuestión no era modificado “las consecuencias serían catastróficas para la economía de Estados Unidos, y muchos peores a lo visto desde 2008”.
La creciente acumulación de deuda ha pasado a constituir una característica central de la crisis capitalista. En 1990 las deudas totales de los países del G-7 equivalían a cerca del 160% de las sumas de sus PBI; en el 2000 esa relación estaba en 180% y en 2010 superaba 380%. En apenas tres años la relación deuda pública/PBI aumentó entre 20 y más de 40 puntos porcentuales en las principales economías capitalistas. Así, entre 2007 y 2010 pasó de 64% a 84% en Alemania; de 64% a 94% en Francia; de 63% a 100% en Estados Unidos y de 44% a 90% en Gran Bretaña.[2]
La encerrona en que ha caído Estados Unidos es reveladora. El aumento del endeudamiento para escapar por un tiempo de la recesión, encierra un alto riesgo de precipitar la economía en una inestabilidad aún mayor; pero la alternativa —el ajuste presupuestario, ejecutado a costa de las masas trabajadoras— lleva a prolongar la tendencia recesiva.
En las últimas cuatro décadas los patrones de acumulación del capital han experimentado transformaciones de fondo, modificando sustancialmente los comportamientos del sistema. En diciembre de 2009 Samir Amin publicó en El Viejo Topo, bajo el título “¿Salir de la crisis del capitalismo o salir del capitalismo en crisis?”, una nota en la que señalaba el advenimiento de un período de depresión profunda. Sostenía que la presente crisis no era simplemente un crack financiero, ni tampoco la suma de crisis sistémicas múltiples, sino la crisis del capitalismo imperialista de los oligopolios. Advirtió que estos conglomerados controlan la reproducción del capital en su conjunto, y explicó que su poder deriva del dominio absoluto que ejercen sobre el mercado de capitales. Denominó a este fenómeno financiarización y señaló que es esta mutación la que ha dado al mercado financiero y monetario el carácter de mercado dominante, con capacidad para dirigir los mercados del trabajo y de intercambio de productos.
En los años 70’, tras el agotamiento y la crisis del orden keynesiano, el capitalismo emprendió una nueva fase de mundialización conocida como “globalización”. En esta fase —subraya Amin— el rasgo distintivo reside en el hecho de que la dominación de las metrópolis imperialistas ya no se ejerce a partir del monopolio de la producción industrial, sino mediante el control de las tecnologías, de los mercados financieros y del acceso a los recursos naturales, así como el manejo de la información y de las comunicaciones y la posesión de las armas de destrucción masiva. Este desplazamiento ha afianzado el componente parasitario que arrastra el capitalismo, y ha convertido a la renta imperialista en un resorte importante de la reproducción del sistema. “Los oligarcas ya no son solamente rusos”. Según Amin, la burguesía se ha convertido en una plutocracia rentista, mientras que la democracia capitalista se ha sumergido en la más completa degradación. A su juicio es justamente el desenvolvimiento patológico de las tendencias parasitarias que dominan al capitalismo la causa profunda del presente desplome de las principales economías metropolitanas, y el rasgo que establece una diferencia de fondo respecto de las crisis en el siglo XIX y del colapso del 29’.
¿Existe alguna posibilidad de que el capitalismo se reconstituya sobre nuevas bases? A esta altura ya es por demás evidente que el único programa de que dispone la burguesía para intentar superar la situación es la restauración lisa y llana del sistema, tal como funcionaba antes del hundimiento financiero. Están ahí nomás, bien a la vista, los brutales planes de ajuste que la Unión Europea ha impuesto a sus países más expuestos, recortando los derechos laborales y aumentando la tasa de explotación de los trabajadores. ¿Qué decir de las iniciativas de los neandertales republicanos en Wisconsin, Ohio y otros Estados destinadas a eliminar la mayor parte de los derechos de negociación colectiva de los empleados públicos, prohibir las huelgas y sancionar las marchas de protesta?
Atrapada en una contradicción estructural que no puede superar, la civilización capitalista se ha vuelto cada vez más regresiva y excluyente. Expoliada por la necesidad de recomponer (o de mantener) la tasa de beneficio, la burguesía impone programas que reproducen constantementela desproporción central del capitalismo entre el nivel de explotación de la fuerza de trabajo y la capacidad de consumo de las masas. De forma tal, el capital lleva dentro de sí los gérmenes de crisis periódicas de sobreproducción en relación a las posibilidades de realización que ofrecen los mercados. En medio de un continuado proceso de centralización y concentración del capital, las corporaciones confrontan sin tregua por afianzar posiciones y desplazar a sus contrincantes, incrementando la productividad del capital, bajando costos y creando una masa sobrante de valores de uso que no encuentran realización a través del consumo. La presente fase de mundialización del capital y la subsiguiente expansión de las compañías trasnacionales acentuaron aún más la disputa por los mercados e incrementaron la gravedad de las crisis. Esta dinámica es inherente a la acumulación capitalista y sobre ella no hay control posible: hasta ahora sólo los grandes y generalizados quebrantos, al cabo de un período de depresión en cuyo transcurso era destruida la masa de riqueza existente, terminaban por recomponer el sistema. Marx enseñó que el capital no es otra cosa que una relación social y, precisamente en esa relación reside la contradicción fundamental de la que este no puede escapar: inevitablemente el carácter social que reviste el trabajo choca con la apropiación privada que una clase explotadora realiza de sus resultados.
Pero al mismo tiempo que agudiza el desequilibrio entre acumulación y realización, el capitalismo desenvuelve a mayor escala sus tendencias parasitarias. Así, la presente hipertrofia financiera no es otra cosa que la evidencia de que una masa creciente de plusvalía que no encuentra curso en el proceso de reproducción del aparato productivo y deriva a los circuitos de la especulación. Pero es importante advertir que la gravitación dominante que han alcanzado los bancos y los capitales financieros no constituye en absoluto una presencia ajena, exterior al sistema, susceptible de depuración. Es la expresión de un modo de producción que ha perdido hace mucho toda progresividad histórica y ha entrado en un período de declinación y descomposición.
Rosa Luxemburgo y la acumulación de capital
En 1912 Rosa Luxemburgo escribió La acumulación del capital. En palabras de la autora la obra se proponía resolver un asunto de importancia fundamental que Marx dejó pendiente: el problema de la acumulación del capital global. Luxemburgo explicaba lo siguiente: el autor de El Capital había establecido como premisa teórica de su análisis una sociedad, puramente capitalista, integrada sólo por capitalistas y obreros, pero no logró llevar su empresa a término. La enfermedad y la muerte lo interrumpieron cuando estaba llegando al núcleo del problema cardinal. De haber seguido avanzando se hubiera encontrado con una dificultad insuperable: la imposibilidad de la acumulación en un sistema capitalista cerrado. La acumulación de capital consiste en la capitalización de plusvalía, pero para que tal transformación se concrete, la forma mercancía en la que esa valorización está encerrada debe encontrar realización en el mercado. Luxemburgo explicaba que los nuevos medios de producción lanzados a la venta eran adquiridos por los capitalistas para reponer las materias primas, herramientas y maquinaria gastados en proceso productivo, mientras que los medios de consumo eran comprados, en parte por el salario de los trabajadores y en parte por los ingresos de los patrones. Pero, ¿qué ocurría con la masa de mercancías que contenía la plusvalía que la fabricación de esos medios de producción y de consumo había generado? Los trabajadores no tenían mayor capacidad adquisitiva que la determinada por el valor de su fuerza de trabajo. La burguesía cubría con holgura sus necesidades, y para la lógica del capitalismo era inadmisible aumentar más allá de cierto límite el gasto improductivo. Quedaba la posibilidad de que la masa de mercancías que no estaba destinada ni al consumo de los patrones ni de los trabajadores, ni a reponer los distintos componentes del capital constante (materiales, maquinaria, equipos, etc), no fuesen otra cosa que medios de producción cuyos demandantes fueran las propias empresas. Rosa Luxemburgo consideraba que esta solución no hacía otra cosa que posponer el problema. Al fin del nuevo ciclo habría una cantidad acrecentada de mercancías que nuevamente ingresarían al ciclo productivo siguiente, y así sucesivamente. “Pero esto no sería más que un tíovivo que giraría en el vacío sin cesar”. Semejante despliegue no sería acumulación capitalista, vale decir acumulación de capital-dinero, sino lo contrario: un incesante producir de mercancías, derivación que desde el punto de vista del capitalismo constituía un completo absurdo. Si se llegase a la conclusión de que los capitalistas eran, en definitiva, los compradores de sus propias mercancías (excepto de la masa destinada al consumo de los obreros), habría que admitir que la acumulación era un hecho imposible.
La solución al problema no podía encontrarse dentro del capitalismo considerado como un sistema cerrado, sino fuera de él. La demanda faltante debía provenir a través del intercambio mercantil con formas de producción precapitalistas, con productores cuyos medios de producción no revistiesen calidad de capital: artesanos y campesinos, productores que se desenvolvían en la órbita de la producción simple de mercancías; naciones como Rusia, España, los países balcánicos y escandinavos, donde predominaba esa forma de producción. Asimismo existían continentes enteros donde junto a ciertos focos incipientes de civilización capitalista, subsistían desde el comunismo primitivo hasta el régimen feudal, artesano y campesino. Lo cierto era que desde sus orígenes el capitalismo estableció un intenso intercambio con esas áreas precapitalistas, en cuyo curso logró realizar en dinero contante y sonante la plusvalía indispensable a los fines de su capitalización, y se aprovisionó de las materias primas que necesitaba. A partir de las primeras décadas del siglo XIX junto con el sojuzgamiento de los países de la periferia y la apropiación de su riqueza, se desarrolló la exportación de capital; las formas sociales tradicionales fueron liquidadas y una masa extra de fuerza de trabajo fue proletarizada.
Desde esta perspectiva histórica, en términos generales el imperialismo no fue más que una vía específica de acumulación. Sin embargo en un modo de producción exclusivamente capitalista, tal como lo suponía Marx en el tomo segundo de El Capital, el imperialismo no podría tener lugar. Lo que era un prerrequisito teórico absolutamente válido a los fines de estudiar el movimiento de los capitales individuales y sus prácticas de explotación en las empresas, se convertía en inadecuado al enfocar el problema de la acumulación en general.
En el planteo de Rosa Luxemburgo, el proceso de acumulación encerraba una contradicción insoluble, que habría de precipitar el capital hacia su bancarrota. A medida que la expansión de los consorcios imperialistas comenzó a dominar la escena mundial y más países de lanzaron a la conquista de las regiones de la periferia, más furiosa y violenta se volvió la competencia capitalista. Al llegar a cierto punto de esta evolución, la expansión se transformó en una “cadena de catástrofes económicas y políticas, crisis mundiales, guerras y revoluciones”. Gradualmente la generalización de las relaciones sociales y del modo de producción capitalista en la periferia iría cerrando el horizonte, haciendo imposible toda nueva expansión y la acumulación misma. Ese límite de hierro terminaría por agravar las tensiones de clase y la anarquía política y económica internacional, de modo que mucho antes de que el capital terminase de colonizar a la periferia, la revolución del proletariado marcaría su hora final.
La lucha en dos frentes
Rosa Luxemburgo no pudo probar la imposibilidad de la acumulación de capital en un sistema cerrado. Las premisas sobre la que basó su hipótesis (reposición de las mismas cantidades de capital constante y de capital variable de un ciclo a otro) correspondían a la dinámica de la reproducción simple, no a la de la reproducción ampliada, vale decir al proceso de acumulación. La obra no tuvo aceptación en los círculos marxistas de la época y mucho menos en la socialdemocracia alemana cuyos dirigentes, plenamente integrados a la democracia burguesa, no querían hablar de catástrofes económicas, ni por supuesto, de revoluciones. El capitalismo aún tenía un amplio margen para desarrollar el proceso de acumulación no sólo exportando capital a la periferia, sino también en los países centrales, incorporando a su entramado de relaciones sociales de producción dominios económicos que el proceso de mercantilización aún no había tocado. Sin embargo, La acumulación del capitalseñalaba un problema cierto.
A medida que el proceso de acumulación amplía su escala, y aumenta la concentración y centralización del capital, las desproporciones del sistema se agravan y las amenazas de crisis de sobreproducción se hacen presentes. Desde que logró abrirse paso y superó el período de la acumulación primitiva, el capitalismo necesitó expandirse hacia la periferia, conquistando países, liquidando antiguas formas sociales precapitalistas, estableciendo mercados para la circulación de mercancías y apropiándose de recursos naturales. En su carrera hacia los confines se fue transformando cada vez más en un sistema mundial, estableció una divisoria estructural entre naciones opresoras y naciones oprimidas, impuso la división internacional del trabajo, relocalizó plantas de producción, incrementó la explotación de los trabajadores, bajó costos, contrarrestó transitoriamente la tendencia de declinación de la tasa de ganancia… Sin embargo la expansión mundial no le permitió al capital escapar de sus contradicciones. La incorporación al torrente capitalista de un polo de naciones calificado como “emergente” (China, India, Rusia, Brasil), amplió aún más la escala de la acumulación, intensificó la confrontación entre las corporaciones monopólicas e incrementó las desproporciones que desembocan en crisis.
La presente bancarrota que afecta a las principales metrópolis se inscribe en este cuadro.
En este punto radica el origen de la diferencia que tengo con la intervención, por lo demás consistente, de Roberto Ferrero. A mi entender la gravedad creciente de las crisis que experimenta el capital y sus implicancias no están suficientemente incorporadas a su análisis. Si el capitalismo pudiera correr una y otra vez la línea del horizonte, reiniciando tras cada crisis un ciclo ascendente, no habría mucho que decir, pero estoy convencido de que los plazos se están acortando. A la salida de la crisis y depresión de los años 30’, en la postguerra, la burguesía todavía tenía un arsenal de recursos provistos por el keynesianismo, que le permitió tres décadas de estabilidad en cuyo transcurso logró atemperar la lucha de clases. Hoy no hay nada parecido en los programas de las clases dominantes. Por el contrario, la intensificación de la explotación de la fuerza de trabajo es la única herramienta que la burguesía ha sacado a relucir para pagar la factura que dejó el festín de los bancos y el negocio financiero. Reducción de los planteles de empleados públicos, quitas salariales, vuelta de tuerca de la flexibilización laboral, limitaciones a la negociación colectiva y al derecho de huelga, acortamiento de los períodos de vacaciones y de licencias pagas por enfermedad, despidos y relocalización de plantas en regiones donde es posible expoliar más fácilmente la fuerza de trabajo, aumento de los años de aportes y extensión de la edad jubilatoria…, el cuadro de situación del movimiento obrero en los países de mayor grado de desarrollo económico, es por demás ilustrativo.
En esos países, durante los períodos de estabilidad capitalista, el aumento de la tasa de plusvalía en términos relativos acentuaba los rangos de desigualdad social, pero no provocaba la caída correspondiente en el nivel de vida de los trabajadores. Las mejoras de productividad, consecuencia de las innovaciones tecnológicas, permitían al sistema alcanzar ese punto de equilibrio. Sin embargo, cuando estallaba la crisis esta fórmula se derrumbaba y la burguesía emprendía una política de explotación abierta para restablecer la tasa de ganancia. Esto es lo que hizo especialmente desde los años 80’ en adelante, siguiendo el programa de la “revolución conservadora”, tras el agotamiento del período keynesiano, y esta misma solución es la que ha puesto en práctica para salir del presente quebranto. Bajo estas condiciones, ¿puede existir asociación de algún tipo entre el proletariado y la burguesía de los países imperialistas basada en el disfrute de la plusvalía colonial y semicolonial? Hace ya tiempo que esa “época dorada” ha sido clausurada definitivamente. Ahora bajo la presión de condiciones redobladas de explotación no es arbitrario pensar que el eje de la lucha de clases se desplace hacia la metrópolis y que, en consecuencia, la contradicción fundamental sobre la que gira la sociedad capitalista abandone el dominio de la teoría e impregne de un nuevo contenido las batallas de la hora actual. De ser así, los principios de solidaridad internacionalista encontrarán una nueva base sobre la que sostenerse.
En su escrito Roberto Ferrero establece una suerte de división del trabajo y a la vez de secuencia temporal, entre las tareas del proletariado de las naciones centrales y las correspondientes a las masas trabajadoras de los países de la periferia: los primeros apoyan las luchas antiimperialistas y revolucionarias que se libran en las semicolonias y los segundos, al emanciparse introducen la crisis en el centro, activan la contradicción burguesía-proletariado y ponen a la orden del día el programa de la revolución socialista. Sin embargo, bajo las presentes condiciones de redoblada explotación, no es arbitrario pronosticar que las masas trabajadoras habrán de librar sus luchas emancipatorias en dos frentes: en el de los países atrasados, dependientes y semicoloniales y también en el de las naciones imperialistas.
Ferrero sostiene que “una Internacional viable está más cerca del final de la crisis capitalista y será en parte su resultado, que del principio de ella como elemento de profundización de la revolución”. Pero, ¿en qué momento de la historia del capital y de sus crisis estamos?, ¿más cerca del principio o del final? Por lo demás, ¿qué es el final del capitalismo? Hace bastante tiempo que las teorías del derrumbe se demostraron falsas y es sabido que en las crisis orgánicas el componente subjetivo juega un papel central. En consecuencia, ¿por qué no pensar que en la emergencia de una voluntad colectiva, socialista en las metrópolis y nacionalista revolucionaria y socialista en las semicolonias, la concepción internacionalista no puede menos que tener gravitación en la formulación de la política y la teoría de la revolución?
En una intervención anterior he sostenido la necesidad de poner el problema de la Internacional, no en un horizonte temporalmente indeterminado, sino como asunto de actualidad. Rechacé la idea del “partido mundial de la revolución” y de una construcción basada en reglas tácticas-organizativas, ejecutadas por un centro dirigente. Las experiencias de la II y la III Internacional son terminantes. Sin embargo creo que la viabilidad de acuerdos de tipo estratégico de orden general, que definan las líneas políticas de lucha en las metrópolis y en las semicolonias, hay que tenerla muy en cuenta. Por supuesto, siempre se corre el riesgo de que se confunda lo que es táctico con lo que es estratégico, y también existe la posibilidad de que la disparidad de las fuerzas concurrentes y las diferencias de coyuntura, faciliten la consolidación de un centro dirigente en el que graviten intereses nacionales. Estas derivaciones son posibles pero no necesariamente inexorables. Aun así hay condiciones para correr riesgos y avanzar. No se trata de “tomar el cielo por asalto”. En el actual nivel de fuerzas, el abordaje del problema debe centrarse en la discusión de alternativas de coordinación entre las distintas corrientes revolucionarias en lucha contra el imperialismo y el capital. En definitiva, será la experiencia y las enseñanzas que arroje esa lucha las que digan hasta donde es posible llegar.
Notas
1. Bud Conrad, economista jefe de CaseyResearch. Beyondthe Point of No Return, GooldSeek, mayo 2010. Citado por Jorge Beinstein, Declinación del capitalismo, fin del crecimiento global, ilusiones imperiales y periféricas, alternativas. Espai Marx, 31-10-2010.
2. Beinstein. Ob. cit.