28/6/11

Los Kirchner fueron los vengadores de Keynes


Adrián Corbella
La “mano invisible” que corrige automáticamente todos los desequilibrios ; el famoso “laissez faire, laissez passer”, la idea de que el Estado no debe intervenir en la economía porque esa no es su función específica y hace todo mal, su única función es generar las condiciones jurídicas para que la iniciativa privada maneje la economía sin interferencias. Esas son las ideas clave de todo pensamiento económico liberal.
Esas son las ideas que han llevado a las economías del mundo a pavorosas crisis recurrentes, de las cuales las de 1930 y 2008 son seguramente las más aterradoras.
En los años treinta, con millones de desocupados en Estados Unidos y Europa, personas que carecían de toda esperanza de conseguir un trabajo a corto o mediano plazo por la magnitud de la crisis, el economista liberal británico John Maynard Keynes fue el primero que puso negro sobre blanco el problema : la crisis la habían generado las empresas privadas ; la mano invisible no había funcionado ; sólo el Estado, emprendiendo medidas anticíclicas, saliendo a gastar plata en obras públicas que permitieran contratar a esos desocupados, podía sacar la economía de la crisis. Y de esa manera se salió de la crisis en países como Inglaterra y Estados Unidos, y los demás, con matices, hicieron más o menos lo mismo.
Pero Keynes advertía que esas medidas sólo podían tener un efecto pleno si se acometían en forma global, por eso diseña el Fondo Monetario Internacional con la idea de crear un organismo financiero que impulsara a los países, en cuanto se vislumbrara el amanecer de una nueva crisis, a realizar conjuntamente políticas anticíclicas, que frenaran el problema en estado embrionario y no la dejaran nacer.
Debemos aclarar que Keynes no era ningún revolucionario, ni siquiera un socialista moderado al estilo de los socialdemócratas europeos. Keynes defendía el capitalismo y las ideas liberales, pero pensaba que la economía no podía dejarse librada a la buena de dios, pensaba que la intervención del Estado en ciertos momentos era vital para evitar caer en nuevas crisis, o para levantarse una vez que éstas no había podido evitarse.
Lamentablemente, el FMI terminó siendo cooptado por liberales más clásicos, y luego por neoliberales, y entonces , como explica claramente Joseph Stiglitz el FMI comenzó a hacer exactamente lo opuesto a su función específica. En lugar de presionar a los países para acometer medidas anticíclicas, es decir, a presionarlos para que salieran a compensar la crisis con una mayor inversión pública y una mayor intervención estatal en la economía, se hizo lo opuesto. El Fondo pasó a ser el rey del ajuste, el organismo que solucionaba todo con menor gasto público, privatizaciones, mutilación de la capacidad de acción del Estado, despidos y rebajas de salarios. Es decir que el FMI, que se diseñó como un médico de urgencias, se transformó en un frío asesino serial que combatía el fuego con más fuego, el neoliberalismo con más neoliberalimo.
En los setenta, ochenta y noventa del siglo XX, John Maynard Keynes fue estigmatizado y olvidado. Incluso hubo neoliberales que lo calificaban de “socialista”, cosa que hubiera sorprendido mucho al mencionado economista británico.
Y Argentina fue, durante tres décadas, un gran alumno de los Profetas del Dios Mercado, de los economistas neoliberales del FMI. Y así nos fue. Llegamos al 2001 con una deuda impagable -superior al PBI-, con una economía arrasada, cifras espantosas de desocupación, pobreza e indigencia, años de recesión, un Estado impotente carente de las más elementales posibilidades de controlar la economía, y la incautación de los depósitos bancarios. Además de tener por entonces un sistema político desprestigiado, donde reinaba el “que se vayan todos, que no quede ni uno solo”.
Y fue justamente Argentina la que hizo justicia con Keynes. Las políticas que se emprendieron desde el 2002, primero tímidamente con Duhalde de presidente y Lavagna como Ministro de Economía, y luego con toda decisión con Néstor y Cristina Kirchner, devolvieron al keynesianismo el rol que le correspondía en la economía. Eso nos permitió atravesar sin caer en la recesión la crisis del 2008, que fue demoledora para aquellas economías del primer mundo que estaban, según el FMI y otros organismos mundiales, “haciendo lo correcto”, siendo “serios”.
Contra todos los pronósticos y consejos de los santones neoliberales, de afuera y de adentro, la economía argentina lleva años de crecimiento interrumpido, ha mejorado todas las variables económico-sociales , ha visto decrecer su deuda y aumentar sus reservas, y es analizada como posible modelo en países que han sido víctimas de esta última crisis. En lugares como Islandia, Portugal, Grecia o España se ha discutido si no será conveniente aprender de la experiencia argentina.
Y el propio Paul Krugman, Premio Noble de Economía 2008, ha escrito en su blog un interesante artículo titulado “No llores por Argentina”, donde plantea que no entiende cómo alguien puede señalar a Argentina como un país “no serio”, cuando la experiencia es muy exitosa, y en realidad fue la “seriedad” de otros tiempos, los intentos de llevar adelante a toda costa las políticas del FMI, lo que fue poco serio en Argentina.
Las políticas anticíclicas del kirchnerismo, tan criticadas por los economistas noventistas aún atados a los preceptos del Consenso de Washington, han demostrado que las ideas de Keynes siguen vigentes.
Quizás no sea casualidad que Keynes y Kirchner empiecen con K.
Michel Camdessus, directos del FMI en los últimos lustros del siglo XX, acaba de reconocer que “cometieron muchos errores con la Argentina”. Y economistas de la talla de Joseph Stiglitz y Paul Krugman han destacado los desaciertos del FMI y los aciertos de las autoridades argentinas.
Al respecto escribió el economista Paul Krugman, columnista permanente del New York Times:
"Estuve realmente sorprendido cuando una persona dijo que Argentina ya no es más un país serio. ¿No debería ser eso un país serio? En Argentina, y en cualquier otro lugar, ser serio fue un desastre".