22/6/11

Las imágenes toman posición

Barack Obama y  su equipo presencian el ajusticiamiento de Osama Bin Laden
“Hay un álbum de imágenes que compone la imaginación política. Y el dolor ocupa un lugar central en él”, afirma el autor, que analiza los sentidos de la fotografía del presidente de los EE.UU. presenciando la muerte del líder de Al-Qaeda.
Claudio Martyniuk
La imagen no puede ir más allá de su límite. Y esa condición de su experiencia agita nuestra libertad en la ambivalencia. Documento visual del poder y la miseria de nuestra época, esta fotografía encierra más de una verdad, y la primera suele resultar insuficiente. La imagen realizada por la Casa Blanca en la que se puede ver al equipo de Obama ante una pantalla ha recibido epígrafes en los cuales se señalaba que estaba observando el operativo que le daba muerte a Bin Laden. Pero la imagen que nos ha llegado no nos dice nada. No es oscura ni mentirosa. Es ilegible, salvo que se la considere como parte de un montaje que nos interpela y nos sitúa en una historia perturbadora. Podría interpretarse la expresión de Hillary Clinton como de horror y advertirse cierto sobrecogimiento en la actitud de Obama, que también parece empequeñecido, refugiado en su abrigo informal y alejándose de lo que observa.
Estos gestos tienen importancia. Hay dos personas incómodas, mientras que los otros, de uniforme se muestran firmes, seguros, activos. Pero la imagen no nos pone cara a cara con una historia atroz. Más bien impone la visión de los vencedores, de los que mandan y ven cumplir sus órdenes. La imagen, producida por la Casa Blanca, toma posición. Vale decir, nos pone frente a un eslabón de una, de otra guerra sucia más.
Otra vez, como es recurrente desde el siglo XIX, en un bando está el nihilismo y en el otro, la racionalidad técnica (ver André Glucksmann: Dostoievski à Manhattan). Parece el reverso de Las meninas de Velázquez, sin espejo que refleje el lienzo/ pantalla, con un ángulo negro que expone lo que no vemos, que nos hace testigos de la distinción entre aquellos que ven, que pueden ver porque son autores de lo que ven, y el resto, espectadores sumergidos en un punto ciego.
Una copia de muerte
Tal vez otra imagen, ésta verdaderamente obra del montaje, sea la poiesis (creación) del equipo de Obama, aunque sabemos que el taller que episódicamente dirige lo trasciende. A falta de la fotografía de Bin Laden muerto, ha circulado una fotografía ficticia de su rostro deshecho. Iconofobia políticamente entendible, por las pasiones devocionales imprevisibles que pueden desatar los íconos –del sudario y las pinturas de Jesús al cuerpo y rostro del Che muerto fotografiado–, aun entre aquellos que normativamente las excluyen. En cualquier caso, esta imagen falsa vino a suplir la imagen verdadera que se ha decidido guardar en secreto. Curiosamente, la imagen sustituta permite cubrir la falta sin, digamos, completarla.
Hay un álbum de imágenes que compone la imaginación política. Y el dolor ocupa un lugar central en él. Hay imágenes que pugnan por no dejar inaudible el silencio, hay imágenes de lo inimaginable. Impotentes, recibimos esas imágenes. Y nos mantenemos así, aun al tomar la palabra por la estrechez a la que se ha reducido el enfrentamiento a la facticidad. Y las puestas en escena de lo que se presenta como material épico del presente, cristal cortante, aparece como sustancia sin más esencia que la pantalla.
Falta Jean Baudrillard, una mirada capaz de señalar que la muerte de Bin Laden no ha tenido lugar, que la muerte ha sido reemplazada por una copia de la muerte que se mantiene vedada y de la cual tan sólo se ha comunicado el resultado; que la arbitrariedad del signo ha hecho que, si un significante es un significante para significante y un nombre difiere de un apellido por una sola letra, se debe atender la diferencia entre b y s, decisiva para diferenciar amigo de enemigo; que la soberanía estatal es otra ficción (¿se debe desconfiar de quién interroga a las viudas del líder de Al Qaeda?) y, sobre todo, que debemos ser escépticos ante la reificación de la guerra justa.
Todavía no cesaban los ecos de la difusión que hizo WikiLeaks de 779 archivos secretos referidos a la prisión de Guantánamo cuando todo fue desplazado –la muerte de Bin Laden: un cambio de tema. Las torturas brutales y refinadas, las promesas incumplidas, la ausencia de juicios, el estado de excepcionalidad, todo lo que anuncia la existencia de un campo o un gulag norteamericano en un puñado de territorio apropiado y militarmente mantenido en condición colonial. ¿Tal vez esos tormentos, todos ellos y las presuntas inocencias vulneradas puedan resultar justificadas por la obtención de un nombre, un seudónimo de alguien que podría haber sido relevante para encontrar a Bin Laden en un punto del globo? Ese punto, la precaria casa millonaria, su parecido a un barrio humilde del Gran Buenos Aires, a una de las mayoritarias casas sin atractivo, a un espacio sin diseño cualquiera. Es cierto, el mal, sin dimensión, puede hallarse en cualquier superficie, blanca y pura o polvorienta, oscura, con y sin teléfono e Internet –aunque con pantalla, siempre alguna en todos los casos.
Todo no se muestra
Hay guerra, pero es otra guerra, ¿pero sin reglas? Es microfísica y rizomática. Los estados, el gigante Estado, pisa y aplasta, desborda un orden legal que se le muestra como atadura, prescinde de él, interviene. Y tal guerra es atípica, aunque se podrán hallar precedentes en guerras sucias (¿acaso alguna guerra fue limpia?). Y en este punto resultaría cómodo descansar en la idea de que hay dos demonios (y quizás… leviatanes y religiones, opios que llevan a las guerras, a la furia que asesina). No es pertinente ya la pregunta sobre otro mundo posible, en el cual no se instrumentalicen los derechos humanos, no se jerarquicen las vidas, unas como dignas en el crimen y otras sin valor. En el montaje, no se oculta nada. Hay una pantalla invertida en la que se trata de la muerte y la desaparición. Se elimina el cuerpo, se lo arroja al mar, lección argentina (el cuerpo de Mario Roberto Santucho, líder del Ejército Revolucionario del Pueblo, muerto en Villa Martelli, hasta ahora no apareció: ¿importa que lo haya hecho desaparecer el ejército argentino en el mismo país?, ¿qué diferencia habría si, por el Plan Cóndor, las tropas argentinas hubieran matado y hecho desaparecer su cadáver en Chile?).
Obama, apenas unos días antes de la muerte de Osama, debió exhibir su partida de nacimiento. Probó que era norteamericano. ¿Quién emitirá la partida de defunción de Bin Laden? ¿Tal vez el autor, la autoridad que intervino en la muerte? Pero si no es competente, aunque lo ha sido por una formación, por otra imagen. ¿Acaso el vacío dejado por las Torres Gemelas lo valida todo? (También podríamos preguntar, ¿qué punitivismo valida la desaparición?) No la venganza (ya un doble atentado suicida de los talibanes causó al menos ochenta muertos en Pakistán para vengar “al mártir Osama”).
Los derechos son, entre otras múltiples cosas, fronteras que preservan individualidades. Y una concepción permeable de los derechos promueve reducir los que se les reconocerían a los enemigos (Günther Jakobs). Para los enemigos no hay fronteras. Ni intimidad ni competencia. No hay refugio. Guantánamo es el destino. ¿Y la justicia? La visión de la justicia es el placer de Dios únicamente, escribió Rimbaud. Colores sombríos para la justicia, larga temporada en el infierno.
La visión de aquello visto sólo por el equipo de Obama, quizás tenga una deriva. ¿Pero podrá, al menos, seguir el modelo de El juicio en Nuremberg, la producción del Departamento de Guerra de los Estados Unidos exhibida en Alemania, en 1949, como parte de la campaña de “desnazificación”? Todo no se verá –nunca se muestra. Quizás una hollywoodense toma del cuerpo y el religioso modo de deshacerse de él, una prevención de Antígonas –¿o acaso la maldad de Osama –tan banal como los programas de televisión que miraba– barra con todo derecho? Pobreza de las imágenes, las palabras y las acciones ante el dolor que interpela: ¿cómo serle fiel? ¿Acaso hay un modo? No todos son igualmente válidos. No todo es lo mismo.
Claudio Martyniuk es doctor en Derecho. Docente de las Facultades de Ciencias Sociales y Derecho, UBA. Investigador del IIGG.
Fuente:
http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/Obama-Bin-Laden-ajusticiamiento-imagenes-posicion_0_497350290.html