19/6/11

Las guerras "culturales" de EE UU


Max J. Castro
“Las guerras culturales hacen un regreso vengativo”, declara el semanario británico The Economist en su edición del 4 al 11 de junio. La referencia es acerca del furioso activismo que tiene lugar en Estados Unidos –tanto a nivel federal como local— para limitar lo más posible y finalmente eliminar por completo el derecho de la mujer al aborto. 
La cruzada contra el aborto nunca desapareció realmente. Parte de la razón estriba en que hay un importante número de electores que nunca han aceptado la decisión del Tribunal Supremo en 1973 del caso Roe v. Wade que hizo legal el aborto en Estados Unidos. La causa en contra del aborto agrupa a una curiosa alianza. Los obispos católicos norteamericanos, que generalmente están entre las voces más progresistas en temas que van de la pobreza a la guerra, unen sus manos con los evangélicos y los republicanos conservadores en su fuerte oposición al aborto. (Al menos la jerarquía católica es coherente; a nombre de la santidad de la vida, también se opone a la pena capital y apoya la asistencia estatal a los pobres y los hijos no deseados, a diferencia de los elementos derechistas en el movimiento anti-aborto, que tienden a ser entusiastas promotores de la pena de muerte y hostiles a cualquier cosa que se parezca a la seguridad social.)
El aborto provoca fuertes pasiones en ambos bandos, pero las acciones extremas de retórica y violencia siempre provienen del campo de los contrarios al aborto. Estos han comparado el gran incremento en el número de abortos desde Roe con el Holocausto – incremento predecible, una vez que el aborto pasó de ser un acto ilegal y clandestino con gran riesgo para las mujeres, a menudo realizado por personas no capacitadas e inescrupulosas, a ser un procedimiento médico legal y seguro. Randall Terry, uno de los líderes de la facción más militante, ha comparado el aborto con el asesinato y ha abogado porque se le considere un delito capital. 
En muchos casos, palabras como esas han provocado la acción directa, incluyendo protestas pacíficas que intentan hacer que las mujeres renuncien al aborto, muchedumbres vociferantes que tratan de avergonzar e intimidar a las clientes de las clínicas de aborto, bloqueos organizados por la “Operación Rescate” de Randall Terry y otros grupos que tratan de evitar por la fuerza que las mujeres lleguen a las clínicas, y el asesinato de varios médicos y otros empleados de instalaciones de abortos.
El pasado 31 de mayo fue el segundo aniversario del asesinato del Dr. George Tiller, que no fue el primero que mataron por realizar abortos. Tiller había sobrevivido a un atentado anterior y continuó su trabajo, dedicándose a los controvertidos pero legales abortos tardíos para mujeres cuya vida pudiera peligrar en el parto. 
Sin dejarse intimidar por el constante hostigamiento y las amenazas, Tiller solo fue detenido por un impenitente fanático y una pistola. Es probable que la carnicería continúe. En mayo de este año, un hombre que conspiró para asesinar a suministradores de abortos en una instalación de Planned Parenthood (Planificación Familiar) en Madison, Wisconsin, fue arrestado antes de poder llevar a cabo su plan cuando el arma se le disparó accidentalmente en un motel, cerca del lugar seleccionado como blanco.
Tal intimidación y violencia han persuadido a muchos médicos de abandonar la práctica del aborto. Tantas clínicas se han visto obligadas a cerrar que en grandes áreas del país no puede obtenerse un aborto. De esa manera, los militantes en el movimiento anti-aborto han podido obtener, por medio de la coerción y el terrorismo, lo que no pudieron lograr por medio de los tribunales y el proceso político: una prohibición de facto al aborto en grandes áreas del interior de EE.UU. alejadas de las grandes ciudades. 
Lo que es nuevo en la actual ofensiva anti-aborto es que está motivada por la convicción de que los cambios en el balance del poder entre demócratas y republicanos después de las elecciones de 2010, además de que el Tribunal Supremo es el más reaccionario en décadas, ha traído la victoria por medio de la política y el sistema judicial que está a mano. Con el país enfrascado en tres guerras, una economía nacional en una picada aparentemente interminable y con los gobiernos estatales tan necesitados de ingresos que se han visto forzados a despedir a incontables trabajadores y a reducir programas vitales, los republicanos que tienen ahora el control de muchas legislaturas estatales y de la Cámara de Representantes se han mantenido ocupados introduciendo agresivamente numerosos proyectos de ley que atacan el derecho al aborto.
Según datos suministrados a The Economist por el grupo “cristiano" de derecha Family Research Council (Consejo de Investigación de la Familia), en la actualidad en las legislaturas estatales están en estudio más de 400 proyectos de ley en contra del aborto. Esa es solo una de las razones que hizo que la revista británica, usualmente comedida, asegurara que “el asalto de este año (al derecho al aborto) puede llegar a ser sin precedentes”.
Otra es la postura radical de muchos miembros e importantes líderes del Partido Republicano. Mike Spencer, republicano por Indiana, presentó un proyecto de ley en la Cámara de Representantes de EE.UU. que prohíbe todo financiamiento a Planned Parenthood, incluyendo contraceptivos y cuidados ginecológicos de rutina. El presidente de la Cámara John Boehner patrocinó la “Ley de Ningún Financiamiento de los Contribuyentes al Aborto”. Tanto el proyecto de Spencer como el de Boehner fueron aprobados en la Cámara de Representantes. Y Boehner declaró que limitar el financiamiento público para abortos es una de las “más altas prioridades legislativas” de los republicanos. 
Que todo este ruido es de pocas nueces, excepto para agradar a la base derechista del partido, se evidencia por dos factores: el financiamiento federal para el aborto ya está prohibido, y mientras los demócratas controlen el Senado y la Casa Blanca, estos proyectos no tiene la menor oportunidad de convertirse en ley.
La situación en los estados es otra historia. En Texas, el gobernador Rick Perry firmó la ley que fuerza a las mujeres a realizarse un ultrasonido antes de un aborto. Este año, 23 estados presentaron proyectos de ley para limitar la cobertura al aborto en los nuevos intercambios de seguro creados por la reforma de Obama para los servicios de salud –a diferencia de solo cinco el año pasado. El efecto acumulativo de las innumerables acciones en los estados es para que el aborto sea más difícil y oneroso. 
La histórica decisión del Tribunal Supremo en 1973 en el caso Roe v. Wade, pareció entonces un hito irreversible que marcaba el fin de los abortos de callejones, a menudo realizados con instrumentos tan toscos como un perchero. Ahora hay señales preocupantes de que Roe no sea la última palabra en materia del aborto. The Economist cita encuestas de Gallup que muestran que el porcentaje de jóvenes (18-29) que están de acuerdo con que el aborto debiera ser “legal en cualquier circunstancia” disminuyó de 36 por ciento en los primeros años de la década de 1990 a 24 por ciento en la actualidad. Y está también el Tribunal Supremo, cuya inclinación a la derecha pone en peligro a Roe si llegara a ese nivel un caso que implique derechos fundamentales al aborto –una posibilidad nada improbable.
La elección de Barack Obama y el control demócrata del Congreso después de las elecciones de 2008 parecían señalar el fin de la era derechista en la política norteamericana. Esa era presenció cómo se destripaban gran parte de las medidas ligeramente social demócratas de la Gran Sociedad de Lyndon Johnson. Sin embargo, ahora el gran pilar de la Gran Sociedad, Medicare, se encuentra bajo el ataque de la derecha, mientras que el legado principal de Franklin Roosevelt --el Nuevo Trato, la Seguridad Social— no está muy seguro tampoco. Finalmente, el derecho al aborto se encuentra bajo ataques implacables en múltiples frentes. 
La sociedad norteamericana, y no solo la economía, parece encontrarse trabada en marcha atrás. Ni siquiera la presencia de un demócrata negro y liberal en la Casa Blanca parece ser capaz de contener la marea y restaurar el progreso hacia una nación más justa.
Fuente: Red Hermes