19/6/11

A Jorge Luis Borges le gustaban los mapas

Autorretrato de Jorge Luis Borges


En la dilatada obra de Jorge Luis Borges, muerto hace 25 años, los mapas y sus misterios son un tema recurrente. Aquí se ensaya una mínima cartografía
Debo a la conjunción de un libro y un calendario el motivo de esta nota. El libro, ricamente empastado y con 36 láminas desplegables, se llama interrogativamente Atlas. ¿Cómo llevar el mundo a cuestas?; el calendario afea notoriamente el escritorio donde trazo estas líneas y tiene puesta una marca en la fecha 14 de junio. Un día como ése, hace 25 años, murió en Ginebra el escritor Jorge Luis Borges.
Rubén Vargas
No pretendo hablar sobre el enciclopédico autor (no soy el indicado para hacerlo). Me consuela saber que en torno a esa fecha los especialistas se ocuparán no sólo de su obra sino también de su vida. Se dirá, sin duda, que como buen porteño era o jugaba a ser cosmopolita; que sus páginas están invadidas por tigres y laberintos; que era un gran lector y que estaba ciego. Y, por supuesto, que nunca le dieron el Premio Nobel. Lo que yo quiero es apenas  llamar la atención sobre un mínimo asunto de su vasta geografía literaria: a Borges le gustaban los mapas.
Son muchos los pasajes de su obra en los que se puede encontrar referencias a mapas, cartografías o atlas. (Incluso, en 1984, dos años antes de su muerte, dio a la imprenta un volumen titulado así: Atlas.) Esas referencias, en general, forman parte de complejas tramas y  suelen operar como mecanismos para hacerlas aún más complejas. Con un afán meramente indicativo, pasemos pues, ligera y desordenadamente, las páginas de su obra como quien hojea un atlas y se detiene aquí o allá en una lámina que llama a la curiosidad.
En uno de sus más famosos textos titulado “Borges y yo”, que integra esa agradable silva de varia lección como el mismo califica a El hacedor, el autor declara melancólicamente su amor por los mapas. “Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson”. 
Uqbar. En “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, una ficción sobre una enciclopedia imaginaria que abre el libro El jardín de los senderos que se bifurcan de 1941, de inicio, el propio Borges y Adolfo Bioy Casares (de pronto los amigos en la realidad son los personajes del cuento) buscan información sobre un país llamado Uqbar que aparece en un tomo de una enciclopedia que a la larga se sabrá que es apócrifa. En busca de Uqbar fatigan en vano los atlas de Justus Perthes, “los escrupulosos índices cartográficos de la Erdkunde de Ritter” y en los anaqueles de la Biblioteca Nacional revisan “atlas, catálogos, anuarios de sociedades geográficas, memorias de viajeros e historiadores”. El resultado de su pesquisa es nulo: “nadie había estado nunca en Uqbar”. Si un país no figura en los mapas, simplemente, no existe. Aunque en el cuento las cosas acaban siendo mucho más complicadas.
Así, digámoslo simplificando en extremo las cosas, los mapas y el conjunto de mapas que integra un atlas, son en primer término un objeto de conocimiento. Ese conocimiento (cuyas complejidades se debaten en la correspondencia o no del territorio con el mapa, es decir, de la realidad con su representación), sin embargo, puede ser inútil. Una fábula, también incluida en El hacedor, lo manifiesta. Vale la pena citarla in extenso: “En aquel imperio, el Arte de la Cartografía logró tal Perfección que el mapa de una sola Provincia ocupaba toda una Ciudad, y el mapa del Imperio, toda una Provincia. Con el tiempo, esos Mapas Desmesurados no satisficieron y los Colegios de Cartógrafos levantaron un Mapa del Imperio, que tenía el tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él. Menos Adictas al uso de la cartografía, las Generaciones Siguientes entendieron que ese dilatado Mapa era inútil y no sin piedad lo entregaron a las Inclemencias del Sol y de los Inviernos. En los desiertos del Oeste perduran despedazadas Ruinas del Mapa, habitadas por Animales y por Mendigos; en todo el País no hay otra reliquia de las Disciplinas Geográficas”.

Milagros. Pero el mapa puede contener también atributos secretos. En el cuento “El milagro secreto”, que transcurre en Praga en 1939, Jaromir Hladik, un escritor judío, es detenido por el ejército invasor alemán y, por su inocultable judaísmo, condenado a muerte. Burocráticamente, su ejecución es fijada diez días después de su detención. Hladik cada noche de su prisión padece el tormento adelantado de su muerte. Es autor de una tragedia en verso inconclusa.
En su desdicha siente que la escritura es lo único que puede justificarlo. En sus insomnios pide a Dios que le sea concedido el tiempo para concluir su obra. La víspera de su esperada ejecución, queda dormido. “Hacia el alba, soñó que se había ocultado en una de las naves de la biblioteca del Clementinum. Un bibliotecario con gafas negras le preguntó: ¿Qué buscas? Hladik le replicó: Busco a Dios. El bibliotecario le dijo: Dios está en una de las letras de una de las páginas de uno de los cuatrocientos mil tomos del Clementinum. Mis padres y los padres de mis padres han buscado esa letra; yo me he quedado ciego buscándola. Se quitó las gafas y Hadlik vio los ojos que estaban muertos.
Un lector entró a devolver un atlas. Este atlas es inútil, dijo, y se lo dio a Hladik. Éste lo abrió al azar. Vio un mapa de la India, vertiginoso. Bruscamente seguro, tocó una de las mínimas letras. Una voz ubicua le dijo: El tiempo de tu labor te ha sido otorgado”. Muchas cosas  podrían decirse sobre este pasaje escrito por Borges. (¡Un bibliotecario ciego!) Para lo que importa aquí, baste anotar que ese atlas también contiene el nombre secreto de Dios.
Otro salto puede llevarnos al epílogo de El hacedor. Allí, de algún modo, Borges ensaya una justificación de su propia escritura: “Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara”. Escribir es dibujar el mundo; dibujar el mundo es trazar su mapa.

Atlas. Debo referirme ahora al libro anunciado en el primer párrafo de esta nota: Atlas. ¿Cómo llevar el mundo a cuestas? Este volumen es, en rigor, el catálogo de la exposición del mismo nombre (que acaba de presentarse en Museo Reina Sofía de Madrid) preparada por el filósofo e historiador del arte Georges Didi-Huberman. Éste, en las primeras 200 páginas, ensaya una riquísima teoría sobre el atlas. En ella confluyen el insólito Atlas Mnemosyne que a finales de los años 20 soñó y ejecuto en parte Abby Warburg y las ideas del coleccionista llamado Walter Benjamin.
No es éste el lugar (ni yo, por supuesto, el indicado) para intentar siquiera un resumen. Baste con enumerar algunas de las ideas iniciales.
Un atlas no está hecho de páginas en el sentido habitual de la palabra sino de láminas, de tablas, en las están dispuestas imágenes. No es  un libro de lectura que se comienza y se acaba (como una novela o un tratado) sino un objeto que se recorre en busca de un dato preciso, pero una vez conseguido éste, se sigue, como paseando, por sus innumerables bifurcaciones. Una de sus magias es, entonces, que es un libro de saber pero también de placer.
Didi-Huberman dirá que un atlas constituye una forma visual del saber y una forma sabia de ver. El atlas introduce en el saber de manera inseparable una dimensión sensible. (Las consecuencias epistemológicas de este hecho son radicales, pero ése es un asunto para los doctos.)
Los atlas son tradicionalmente geográficos, pero desde la antigüedad han cifrado, en láminas que son frecuentemente objetos bellos, todas  las esferas del saber: la zoología y la botánica, la genealogía de los dioses y de los hombres, la anatomía humana, los conocimientos celestes, el arte… Pero el atlas nunca encierra un conocimiento definitivo, basta un nuevo objeto dispuesto en la tabla o en la mesa para que todo se ordene otra vez. Y ese reordenamiento no sólo es espacial sino, de una manera muy poderosa, temporal: el atlas reordena el tiempo, pues hace convivir en una misma superficie el pasado, el presente y los múltiples futuros que quedan abiertos. El atlas es un objeto de conocimiento, pero de conocimiento nómada, es decir, en permanente desplazamiento.
Borges. Pero, para cerrar, es hora de volver a Borges. Hemos visto algunos de sus mapas; es tiempo de echar una mirada, como sugiere Didi-Huberman, a los atlas o las “mesas” borgianos.
En muchos pasajes de su obra, Borges construye objetos imposibles. Imposibles en el sentido en que dispone en un mismo plano (una larga frase o una enumeración “caótica” tan típica de su prosa) cosas que ni espacial ni temporalmente podrían relacionarse, pero que al hacerlo postulan una nueva forma de inteligibilidad del mundo. El cuento “El Aleph” es el ejemplo acabado. En una diminuta esfera tornasolada escondida en las escaleras de una casa, Borges ve el “espacio cósmico si disminución de tamaña”: “Vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de los granos arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré… vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkamar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplican sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del mar Caspio en el alba, vi la delicada osatura de una mano…”.  A esta altura, ya nada cuesta decir que el Aleph que es una lámina de un atlas imposible. Los ejemplos abundan: el Zahir es también otra “mesa” borgeana; lo es la enciclopedia china que fascinó al Foucault de Las palabras y las cosas; también la memoria de Funes que a él mismo le parece “un vaciadero de basuras”. En el cuento “El informe de Broodie”, el lenguaje de los yahoos, un pueblo “primitivo”, contiene palabras como ésta: nrz, que “sugiere la dispersión o las manchas: puede significar el cielo estrellado, un leopardo, una bandada de aves, la viruela, lo salpicado, el acto de desparramar o la fuga que sigue a la derrota”.
A Borges le gustaban los mapas. En tardes como ésta, a 25 años de su muerte, uno puede entregarse a la relectura de sus páginas. Quién sabe si ese paciente laberinto traza a la larga la imagen de nuestra propia cara.