4/5/11

Las deudas con Ernesto Sábato

Foto: Ernesto Sábato

Rogelio Alaniz

Creo que los intelectuales, y en particular los escritores, no han sido justos con Sábato. Las ironías de Borges y Bioy Casares han contribuido bastante a generalizar la imagen de un personaje afecto a la sobreactuación, ególatra y dueño de una escritura innecesariamente sobrecargada. Su muerte ha suavizado un tanto las críticas, pero continúa predominando el prejuicio de que se trata de un escritor para adolescentes o, peor aún, un escritor exitoso que carece de méritos literarios.

A las críticas literarias se han sumado las críticas políticas. A Sábato no se le perdona haber asistido a la reunión con Videla. Los mismos reproches no se le hacen a Borges porque siempre fue de derecha y, mucho menos, a Castellani porque pareciera que los curas pueden darse esos lujos.

Digamos que los platos rotos de esa reunión los pagó Sábato. Algunos periodistas y escritores se ensañaron más allá de lo debido con esas críticas, escritores y periodistas que en aquellos años sabían muy bien que si les hubiera tocado caer presos o algo peor, Sábato habría sido una de las voces que se hubieran levantado reclamando por su libertad, como lo hizo siempre, antes y después de 1976, como lo hizo cuando los dirigentes de la Revolución Libertadora, a la que había adherido, comenzaron a fusilar y torturar en nombre de la libertad, posición que le valió una pelea, casi sin retorno, con Jorge Luis Borges.
Después están, como se dice, las cuestiones personales. A muchos les parecía una pose ese aire de angustiado, esa pose de torturado, como si pretendiera cargar sobre su cuerpo toda la angustia del mundo. Jean Paul Sartre no era muy diferente, pero claro, era Sartre. Siempre se le reprochó no haber practicado un poco más el humor, la ironía, como lo hizo Borges, por ejemplo. No lo hizo y tal vez no tuvo ganas de hacerlo, aunque quienes lo conocieron aseguran que era un hombre dueño de un humor sarcástico y, por supuesto, inteligente.

Lo conocí a Sábato en Santa Fe hace mas de quince años. La UNL le otorgó el doctorado honoris causa y tuve la oportunidad de conversar con él en dos o tres ocasiones. ¿Era admonitorio? No me pareció. Por el contrario, la imagen que tuve fue la de un viejo, la de un gran viejo. Tampoco me pareció trágico. No era un hombre lo que se dice, divertido; no era la carcajada el rasgo dominante de su personalidad. Tampoco tenía la obligación de ceñirse a ese rol, pero me impresionó como un tipo convincente un tipo que creía en lo que decía.

En mi adolescencia leí sus novelas y me gustaron. Hoy los críticos dicen que a todos les gustaron sus novelas, pero que ahora no resisten una segunda lectura. No estoy tan seguro. Creo que a Sábato le cabe el refrán que postula que nadie es profeta en su tierra. Los críticos y escritores locales has sido despiadados con su obra, mientras que en Europa y Estados Unidos sus libros se ponderan incluso hoy. Yo no sé quien tendrá razón, lo que sé es que un escritor reconocido por Albert Camus, Graham Greene y Claudio Magris, debe ser leído. Insisto, no sé de que lado estará la razón, si es que en estos temas puede haber una razón definitiva, pero de lo que estoy seguro es que muchos de quienes lo han criticado y se han ensañado con sus libros darían lo que no tienen por un reconocimiento de Camus o Magris.

Respecto de sus ideas políticas, no es mucho lo que puede agregarse a lo que ya se escribió. Quienes no lo han conocido o no han sido sus contemporáneos, deberían leer sus ensayos porque allí están expresados sus puntos de vista. Y están expresados con mucha claridad y, me atrevería decir, con anticipada lucidez. Ernesto Sábato siempre estuvo comprometido con la política. Lo hizo desde su primera juventud , como anarquista y como comunista. Participó de una de las experiencias más interesantes de la izquierda de aquellos años, como fue el grupo Insurrexit. Un tipo difícil y exigente como Jorge Abelardo Ramos -por ejemplo- lo apreciaba y, sin dejar de criticarlo, le reconocía valores intelectuales y morales.

Su relación con la política siempre fue conflictiva pero persistente. Sábato se pensó siempre como un intelectual comprometido. Curiosamente, quienes le reprochan haberse esforzado por representar el sentido común de la pacata clase media argentina, deberían tener en cuenta a la hora de formular juicios tan lapidarios que Sábato fue uno de los primeros intelectuales de izquierda en impugnar al socialismo real, sin desconocer los aportes de Marx al conocimiento y la crítica social de su tiempo. Esa crítica a la izquierda, a la izquierda dogmática, los intelectuales de izquierda no se la perdonaron.

Se equivocó más de una vez, pero a diferencia de muchos tuvo el coraje de reconocer sus errores. En esta Argentina y en este mundo que nos tocó vivir en el siglo veinte, nadie puede arrojar la primera piedra a la hora de juzgar aciertos y errores políticos. Sábato asistió a la reunión con Videla, pero después fue uno de los intelectuales que más críticas hizo a la dictadura. Él no llegó a los derechos humanos en 1983 y, mucho menos, en el 2003.

A un amigo muy joven, a un muchacho que en 1976 era un niño, le explicaba que el 24 de marzo de 1976 la dictadura militar podía ser criticable, pero nadie, ni siquiera quienes fuimos detenidos ese mismo día, imaginaba los centros de detención clandestina, los vuelos de la muerte, la torturas en la ESMA y todo el horror de un régimen que llevó al terrorismo de estado a su máxima expresión.

Cualquier político o intelectual progresista de aquellos años, sabía que el golpe de Estado no era nada bueno, pero al mismo tiempo existía la certeza de que el régimen de Isabel Perón era insoportable. En ese contexto es que Sábato decidió asistir a la reunión con Videla. ¿Se equivocó? Los hechos demostraron que no fue la decisión más correcta que tomó en su vida, pero de allí a considerarlo cómplice de los militares hay un largo trayecto, un trayecto que incluye una buena dosis de mala fe y resentimiento ideológico.

Después está el personaje, el hombre que yo no conocí, pero que varios amigos trataron con frecuencia. Lo que destacan es la presencia de un hombre intelectualmente abierto. Sábato, a diferencia de muchos escritores -y de escritores que están muy por debajo de él- era generoso con los jóvenes, los escuchaba, los alentaba y, en particular, los leía. Era chinchudo, “neurótico”, como se decía entonces, pero también sabía ser agradable, ocurrente y, sobre todo, sabía escuchar.

Escribo esto y no olvido que en esa suerte de partidos rivales imaginarios en lo que se enredó la literatura nacional en cierto momento, siempre estuve más cerca de Borges que de Sábato. Sin embargo, hoy prefiero estar con los dos. Hace unos días volvía a releer las charlas que en 1974 sostuvieron y que fueron publicadas por Emecé. Allí se puede apreciar que tantas diferencias no tenían y se puede descubrir a un Sábato afectivo, un Sábato que en más de un caso desestructura algunos prejuicios de Borges y -esto es lo curioso- Borges acepta esas objeciones.

Eran diferentes, nunca llegaron a ser amigos porque, a decir verdad, ser amigo de Borges no era sencillo, pero quiero creer que en algún momento se respetaron, más allá de las ironías escritas en un libro donde nadie se salva, ni siquiera William Faulkner y Henry James. Justamente en el libro de 1974 se cita un texto de Sábato sobre Borges que me parece una excelente referencia acerca del afecto o el respeto que hubo entre estos dos hombres.

Dice Sábato en ese prólogo, que recuerda por su tono al que escribió Borges para referirse a Leopoldo Lugones: “Las vueltas que da el mundo Borges, cuando yo era chico, en años que ya nos parecen pertenecer a un especie de sueño, versos suyos me ayudaron a descubrir melancólicas bellezas de Buenos Aires en viejas calles de barrio, en rejas y aljibes, hasta en la modesta magia que en la tardecita puede contemplarse en algún charco de las afueras. Luego, cuando lo conocí personalmente, supimos conversar de esos temas porteños, ya directamente, ya con el pretexto de Schopenhauer o Heráclito de Éfeso. Años más tarde el rencor político nos alejó; y así como Aristóteles dice que las cosas se diferencian en lo que se parecen, quizá podríamos decir que los hombres se separan por lo mismo que se quieren. Y ahora, alejados como estamos (fíjese lo que son las cosas) yo quisiera convidarlo con estas páginas que se me han ocurrido sobre el tango. Y mucho me gustaría que no le disgustaran. Créamelo.”

Era generoso con los jóvenes, los escuchaba, los alentaba y, en particular, los leía. Era chinchudo, “neurótico”, como se decía entonces, pero también sabía ser agradable, ocurrente y, sobre todo, sabía escuchar.

No era un hombre lo que se dice, divertido; no era la carcajada el rasgo dominante de su personalidad. Tampoco tenía la obligación de ceñirse a ese rol, pero me impresionó como un tipo convincente un tipo que creía en lo que decía.