2/5/11

La batalla por el puerto de Misrata marcará el futuro de Libia

La batalla por Misrata

Alberto Pradilla

“Si cae el puerto, Misrata está perdida”. Mohammed, trabajador del embarcadero de la villa rebelde, explica así la principal preocupación de la población insurrecta. Muammar al-Gadafi ha cambiado de estrategia en la ciudad sitiada y ha colocado al puerto como principal objetivo, amenazando con cortar su única vía de comunicación. 

Si las continuas embestidas del Ejército libio tienen éxito, no podrán evacuar heridos ni recibir ayuda humanitaria. Aunque, en realidad, el mayor temor para los sublevados es que se corte el grifo de las armas y la munición que llegan desde Bengasi. Por eso, perder el control que mantienen sobre el muelle supondría la defunción de facto para el islote rebelde, convertido en el principal foco bélico en Libia. 

La batalla por el puerto es la guerra por Misrata. La ciudad será clave para el futuro del conflicto. Los rebeldes aseguran que si el régimen se hace con ella, estará en disposición de dividir el país. Al mismo tiempo, tratan de ocultar que la distancia entre Misrata y Bengasi aumenta conforme el frente se estanca en el este. Lo que podría terminar convirtiendo a esta anomalía insurrecta en el principal problema, también para el bastión de los sublevados.

«Hemos colocado barricadas en la carretera que llega desde la playa», relataba el martes Mohammed, que se había desplazado al hospital Al Hakima para buscar periodistas a quienes mostrar los efectos de la ofensiva gadafista. Los tanques del coronel se metieron casi hasta la cocina y tuvo que ser la intervención de la OTAN la que salvó una vez más a los insurrectos.

Resulta extraño comprobar lo desprotegido que se encuentra el puerto si se tiene en cuenta su vital importancia para Misrata. El miércoles, cuando el barco de la OIM embarcaba a un millar de inmigrantes, sus defensas se reducían a dos pick-up con artillería pesada. También varios hombres armados, pero estos son a veces más un problema que una solución. Los mejores están destinados en el campo de batalla, alejado unos 15 kilómetros del puerto, y muchos de los que empuñan un arma en la entrada del muelle se dedican más a entorpecer el acceso de vehículos que a realizar ninguna acción útil.

No obstante, esto no implica que exista dejadez en la defensa de la ciudad, sino que los frentes se multiplican para una milicia compuesta únicamente por vecinos que se organizaron para defender sus calles. «El resto de combatientes están en el centro de la ciudad», explicaba uno de estos rebeldes el miércoles, al mismo tiempo que los Grad lanzados por las fuerzas de Gadafi se acercaban progresivamente. A las 13.00 horas (que es cuando suelen iniciarse los bombardeos en una guerra con horario de tarde), únicamente podían escucharse, aunque cada vez con mayor intensidad. Tres horas después, las columnas de humo provocadas por las explosiones ya eran visibles a una distancia de aproximadamente dos kilómetros. Muy cerca de la inmensa humareda que revelaba el punto donde, 24 horas antes, los aliados habían abatido los carros de combate gadafistas.

Era evidente que Gadafi iba a por el puerto. Lo que los miembros del Consejo Nacional de Transición se preguntan es por qué la OTAN ha permitido que esto ocurra. La dinámica durante esta semana ha sido siempre la misma. Primero, bombardeo de las fuerzas del régimen. Después, a media tarde, respuesta de la alianza. El hecho de que los gadafistas se refugien a varios kilómetros no es excusa para personas como Ahmed, uno de los chavales que pone su coche a disposición de los periodistas. «¿Por qué esperan hasta que las tropas de Gadafi están a las puertas de la ciudad?», denuncia. Lo cierto es que, sin la participación de los aliados, los leales al coronel ya estarían apostados en el puerto. Durante los últimos días lograron acercarse lo suficiente para minar el embarcadero, inutilizándolo durante 48 horas. Y todo apunta a que seguirán hostigando este muelle en el que cada vez más contenedores aparecen destrozados como consecuencia del impacto de los proyectiles.

Con su cambio de estrategia, Gadafi ha ganado terreno en el principal foco bélico de Libia. No cabe duda de que la obstinada resistencia de Misrata es su mayor dolor de cabeza. Una anomalía rebelde entre Trípoli y Sirte, su principal feudo, que impide que el verde del régimen sea homogéneo en casi la totalidad del oeste. Como indica Mahmud, un joven de Bengasi, mientras toma un café en el lujoso hotel Ozo, «Gadafi quiere conquistar Misrata porque así podrá dividir el país». No es el primero que opina algo así. El estancamiento del frente este y el tradicional choque entre Trípoli y Bengasi (más antiguo que Gadafi) ha reavivado el debate sobre la continuidad territorial de Libia.

En realidad, Misrata no es solo problemática para el régimen. Su progresiva desconexión del resto de villas rebeldes puede terminar convirtiéndola también en una dificultad añadida para Bengasi. «La gente del este no hace más que hablar. Aquí somos diferentes». Said, un miliciano que guarda una de las posiciones rebeldes junto a la calle Trípoli, se burlaba así de la presencia de habitantes del bastión insurrecto en la ciudad sitiada. «Aquí todo son problemas, no confían en nosotros». Mohammed Yihad, un joven residente en Bengasi que se había desplazado a Misrata para tratar de ayudar a la rebelión, se lamentaba en el centro de medios después de darse cuenta de que las manos que venía a ofrecer no eran tan bien recibidas como esperaba. Vivir bajo las bombas no puede compararse a la tranquilidad de Bengasi, donde sólo las marchas diarias en la plaza de los Juzgados recuerdan que se trata de una ciudad en guerra. Por eso, el día a día marca una agenda cada vez más diferenciada. Aunque, por ahora, ambos mantienen sus puertos. Y estos siempre constituirán un lazo entre las dos principales ciudades rebeldes. A no ser que Gadafi logre quebrarlo.