26/5/11

Hannah Arendt, pensadora judía antisionista



Durante la Guerra de 1948, Arendt denunciaba la masacre de Deir Yassin y los asesinatos de Jaffa y Haifa, como medidas deliberadas para expulsar a las poblaciones árabes de Palestina
Hannah Arendt (1906-1975) fue una filósofa y teórica política alemana, hija de padres judíos laicos. Tuvo maestros como los filósofos Martin Heidegger (1889-1976), Karl Jaspers (1883-1969) y Walter Benjamin (1892-1940). Sus aportaciones sobre la naturaleza de la política en el siglo XX siguen siendo de referencia por su originalidad, su honradez y su falta de retórica propagandística.
En uno de sus libros denuncia la perversa manipulación del factor antisemita por el sionismo:
«No menos peligrosa, y en total acuerdo con esa tendencia general, fue la única contribución de  la filosofía de la historia que los sionistas aportaron con sus nuevas experiencias: “Una nación es un conjunto de personas... que se mantienen unidas por causa de un enemigo común” [Herzl], una absurda doctrina que contiene tan sólo esta pequeña verdad: que muchos sionistas están, ciertamente, convencidos de que ellos son judíos para los enemigos del pueblo judío. Por lo tanto, estos sionistas concluyen que sin antisemitismo el pueblo judío no podría haber sobrevivido en los países de la diáspora; y por eso ellos se oponen a cualquier intento en gran escala para liquidar el antisemitismo. Por el contrario, ellos declaran que nuestros enemigos los antisemitas “serán nuestros más confiables amigos y los países antisemitas nuestros aliados” [Herzl]. El resultado sólo puede llevar, verdaderamente, a una tolal confusión en la que nadie podrá distinguir entre el amigo y el enemigo, en la que el enemigo se convierte en el amigo y el amigo en el enemigo escondido y, por lo tanto, en el más peligroso» (Hannah Arendt, The Jew as Pariah, Grove Press, Nueva York, 1978, p. 148).
Acaba de aparecer un libro que reúne ensayos y artículos inéditos de Hannah Arendt donde la filósofa y politóloga realiza críticas contundentes al sionismo. Se trata de “The Jewish Writings”, Schocken Books, Random House, Nueva York, 2007. Entre ellos figura su sobresaliente ensayo de quince mil palabras “Zionism Reconsidered” (El sionismo reconsiderado), publicado por primera vez en Menorah Journal (Nueva York, octubre de 1944), fue escrito como respuesta al congreso de la sección estadounidense de la Organización Sionista Mundial celebrado en Atlantic City, que exigía un Estado judío que «abarcara toda Palestina, sin mermas ni divisiones». Arendt captaba con llamativa claridad los conceptos deshumanizados e imperiales del sionismo:
«Este es un punto de inflexión en la historia del sionismo, porque significa que el programa revisionista, durante tanto tiempo repudiado a ultranza, se ha alzado finalmente con la victoria. Las resoluciones de Atlantic City van más allá del Programa Biltmore (1942), en el que la minoría judía concedía derechos políticos a la mayoría árabe. Esta vez, a los árabes no se les menciona en la resolución, lo que evidentemente se les deja en la necesidad de elegir entre la emigración voluntaria o la ciudadanía de segunda clase» (Hannah Arendt, “Zionism Reconsidered”, The Jewish Writings, p. 343).
En otro extenso artículo escrito durante la Guerra de 1948, Arendt, denunciaba la masacre de Deir Yassin y los asesinatos de Jaffa y Haifa, como medidas deliberadas de terror del ala revisionista del sionismo para expulsar a las poblaciones árabes de Palestina. Arendt consideraba la construcción de una economía judía independiente, que había sido motivo de orgullo para la corriente dominante del laborismo sionista, una maldición que hacía posible la expulsión de los árabes, «casi el 50 por 100 de la población del país» sin que ello ocasionara pérdidas a los judíos (Hannah Arendt, “Peace or Armistice in the Near East”, The Jewish Writings, pp. 444-448). El recién creado Estado de Israel iba a ser una tierra «bien diferente de la que ha soñado el judaísmo mundial, sionista o no sionista»; una sociedad armada e introvertida, en la que el «pensamiento político se centraría alrededor de la estrategia militar», degenerando en «una de esas pequeñas tribus guerreras sobre cuyas posibilidades e importancia, la historia nos ha documentado suficientemente desde los días de Esparta», dejando a los árabes como «exiliados sin hogar y convirtiendo el problema árabe en el verdadero problema moral y político de la política israelí» (Hannah Arendt, The Jewish Writings, pp. 235, 396-397, 451).
La sección final comprende cinco textos centrados alrededor de la controversia provocada por “Eichmann in Jerusalem” [Eichmann en Jerusalén: un estudio sobre la banalidad del mal, Trad. Carlos Ribalta, 2ª. edición, Lumen, Barcelona, 1999] (1) , entre ellos su famosa réplica a Gershom Scholem (2).
Más inesperadas son las respuestas, inéditas hasta ahora, a unas preguntas previamente formuladas, aparentemente por la revista “Look” en 1963, sobre la reacción a su libro; podrían haber sido escritas en la actualidad, en el contexto de las hordas proisraelíes confabulándose en contra de cualquier opinión que se aparte del Decálogo Sionista:
«No me sorprendió la “sensibilidad de algunos judíos”, pero como yo misma soy judía, pienso que tengo todas las razones para no alarmarme por ello. Sin embargo, la violencia y la unanimidad de las opiniones expresadas por las organizaciones judías, con pocas excepciones, me ha sorprendido mucho. La conclusión a la que llego es que no lastimé simplemente la “sensibilidad” sino intereses creados, y eso no lo sabía antes» (Hannah Arendt, The Jewish Writings, p. 477).
Notas
(1) El libro expone varios temas que no suelen ser tratados, entre los cuales destacan dos, ambos muy controvertidos: 1) ¿Hasta qué punto llegó la colaboración de las autoridades sionistas? ¿por qué no se rebelaron al Holocausto?, ¿por qué apenas hubo reacciones de resistencia? Eichmann fue uno de los principales interlocutores nazis del movimiento sionista, con quien se estudió la posibilidad de facilitar la emigración judía a Palestina y la creación de un estado judío en el Este de Europa, antes de la puesta en marcha de las deportaciones masivas y la adopción de la Solución Final. De acuerdo con los fines del sionismo, Arendt cuenta cómo parecía más importante salvar de la Alemania nazi los capitales judíos, permitiendo el desarrollo de su empresa, que las vidas de los judíos pobres, o ineptos para el trabajo o para la guerra, lo que hubiera supuesto una carga. El proceso de Eichmann descubrió los mecanismos de estas connivencias, de estos intercambios entre judíos sionistas útiles para la creación del Estado judío (personalidades ricas, técnicos, jóvenes aptos para el ejército, etc.) y una masa de judíos menos favorecidos, abandonados en las manos de Hitler. En compensaclón por su reconocimiento oficial como únicos representantes de la comunidad judía, los dirigentes sionistas se ofrecieron para romper el boycot que pretendían realizar todos los antinazifascistas del mundo. Hasta qué punto llegó la colaboración entre Eichmann y los sionistas, unidos por ciertos fines comunes, es uno de los aspectos más tenebrosos del libro. Eichmann es asimismo el artífice de la creación de los Judenräte, consejos judíos que colaboraban en las deportaciones facilitando la identificación de los habitantes de los guetos, confeccionando la lista de personas a deportar, inventariando sus bienes, etc. Para el que no conozca la existencia y papel jugado por estos consejos, el libro supondrá una tremenda sorpresa. Arendt demuestra cómo casi todos ellos traspasaron el límite entre “ayudar a huir” y “colaborar en la deportación” de sus representados, sin que la excusa del mal menor pueda ser admisible, dado la raquítica cifra de sobrevivientes (de acuerdo con la autora, en Hungría se salvaron 1.684 judíos gracias al sacrificio de 476.000 víctimas).
(2) La respuesta de esta filósofa-polítologa a uno de los críticos de su tesis sobre la banalidad del mal, el filólogo, historiador y teólogo israelí Gershom Scholem (1897-1982), fue la siguiente: «Actualmente, mi opinión es que el mal nunca es radical, que sólo es extremo, y que no posee ni profundidad ni dimensión demoníaca. Puede invadirlo todo, es cierto, y arrasar el mundo entero precisamente porque se propaga como un hongo. Desafía el pensamiento, como dije, pero porque el pensamiento trata de alcanzar la profundidad, de tocar las raíces, y desde el momento en que se ocupa del mal, se ve frustrado, porque no encuentra nada. En esto consiste su banalidad. Sólo el bien tiene profundidad y puede ser radical».