6/5/11

Confucio y el pensamiento (re)emergente


Manuel Pavón Belizón

La inauguración hace unos meses de una gran estatua de Confucio al norte de la plaza de Tian’anmen revistió una enorme carga simbólica en China en cuanto que podía interpretarse como una ‘rehabilitación’ oficial de su pensamiento, tras décadas de olvido y denuesto por parte de las autoridades del PCCh. Sin embargo, la figura de Confucio sigue generando cierta incomodidad entre determinados sectores intelectuales e ideológicos; la fulgurante retirada de la estatua hace unas semanas fue interpretada por algunos como síntoma de este debate latente.

La filosofía confuciana había sido denostada por el maoísmo como sinónimo de atraso, feudalismo y contrarrevolución en épocas como la Revolución Cultural.


Por ello, los nueve metros de bronce que componían su imagen en Tian’anmen, corazón simbólico del país, eran quizá la materialización más contundente de un proceso de recuperación o, al menos, de redescubrimiento del filósofo que más ha marcado a la civilización china y asiática en general. Así parecen indicar también otros hechos de los últimos años, como la restauración y reapertura del templo confuciano de Guozijian en Pekín hasta el éxito de ventas en China del libro ‘Confucio desde el corazón’, de la profesora Yu Dan, que propone una reinterpretación de su pensamiento en clave de autoayuda para la vida cotidiana.

Además, en enero, el Ministerio de Asuntos Civiles anunció una enmienda legal que obligaría a los hijos adultos a visitar a sus padres ancianos de forma regular o, de lo contrario, sus progenitores tendrán derecho a presentar una denuncia por dejadez, una legislación que parece inspirarse en la idea confuciana de ‘Piedad Filial’ (, xiào).

Mucho se ha hablado y escrito ya sobre la supuesta existencia de una estrategia más o menos premeditada por parte de las autoridades chinas para recuperar los valores tradicionales llevándolos a su propio terreno. Conceptos de raíz confuciana como el respeto a la autoridad, la ‘Armonía’ (, hé) o la ‘Civilización Espiritual’ (精神文明, jīngshén wénmíng) llenan hoy los discursos de los líderes chinos con el fin, según algunos académicos, de legitimarse en un contexto social y económico tan diferente como la China actual, mediante una vuelta a unas raíces que, a pesar de los tumultos de la historia china contemporánea, se han mantenido relativamente intactas en la conciencia colectiva. Lejos de las interpretaciones políticas y estratégicas de estas diatribas, a un nivel mucho más sencillo y a pie de calle, muchos chinos consideran natural recuperar esta parte de su pasado y su tradición y no ven en ello ninguna problemática: los chinos, más que pensar el confucianismo, simplemente lo viven.

Sin embargo, en las latitudes académicas, no son pocos los estudiosos que vuelven a preguntarse si es posible (y necesario) mantener esas ideas y, si es así, de qué forma y en qué sentido. Este debate entorno al conflicto entre tradición y modernidad podría leerse, en cierta manera, como una continuación del que se inició en 1919 con el Movimiento del Cuatro de Mayo.

Curiosamente, Confucio encuentra hoy su mayor oposición en dos grupos diametralmente opuestos: por una parte, los sectores ideológicos conservadores del PCCh, que consideran que la recuperación del confucianismo va contra el legado de Mao Zedong; y en el otro lado, los defensores de una mayor convergencia de China con los valores ‘occidentales’, y que consideran que algunas ideas confucianas no son compatibles con dichos valores.

En diciembre pasado, el periódico ‘Nanfang Zhoumo’ albergó en sus páginas un debate entre dos académicos chinos, Du Weiming y Yuan Weishi, profesores de historia y filosofía, bajo el título: “¿Cómo debemos tratar la cultura tradicional china?” http://www.infzm.com/content/53024 . Ambos académicos personificaban la esencia de la oposición entre los defensores de una ruptura total con la tradición y los que consideran que hay elementos en el pensamiento tradicional que siguen intactos y en pleno vigor.

Du, profesor de Harvard y más cercano a ésta última visión, lo resumía diciendo que no tomar en consideración los elementos positivos de la tradición sería como “arrojar el barreño con el agua sucia del baño y tirar al niño dentro también”. En efecto, muchos intelectuales chinos llaman a reconsiderar los valores confucianos y verlos bajo una nueva perspectiva. Sin dejar de reconocer que existen algunos puntos discutibles que no son totalmente compatibles con la contemporaneidad –por ejemplo la idea de la “sumisión del siervo a su superior, del padre al hijo y de la esposa al marido”-, creen que en el pensamiento confuciano hay muchos elementos muy válidos y dignos y rechazan la tendencia entre algunos intelectuales a idealizar la tradición occidental como ‘avanzada’ y ‘contemporánea’ y criticar la china como ‘atrasada’.

Podría considerarse que este proceso intelectual resulta especialmente oportuno para una China en pleno ascenso mundial, en busca de una tarjeta de presentación ante el mundo y una filosofía sobre la que asentar su potencia y fundamentar su ‘poder blando’. En ese sentido, algunos intelectuales más escépticos, como Yuan Weishi, antiguo profesor de la Universidad Zhongshan, opinan que en los últimos años el confucianismo y la tradición está siendo objeto de una excesiva glorificación o ‘estetización’ (美化měihuà) e incluso advierten de las potenciales derivas nacionalistas.

Aunque este debate suele estancarse excesivamente en la manida, demagógica y a veces absurda dialéctica de oposición entre Oriente – Occidente, hay algunos puntos de vista esperanzadores que nos hacen descubrir la existencia de lugares comunes entre las tradiciones filosóficas de China y Europa y sugieren puntos de encuentro y universalidad de algunos valores. El debate sigue abierto y quizá en los próximos años se alcancen conclusiones prometedoras que, de alguna forma, contribuyan a crear una mejor comunicación y comprensión intercultural.