8/4/11

Occidente, la ideología dominante


La modernidad occidental avanza de genocidio en genocidio, como una apisonadora que desarticula tradiciones y uniformiza las conciencias

Ahmed Lahori

Soy occidental. Un musulmán europeo, formado en el pensamiento filosófico de la modernidad, lector de Nietzsche, Bataille, Foucault, Agamben… Mi visión sobre Occidente es crítica. Me gustaría pensar que por ello es plenamente occidental. Y precisamente por ese mismo motivo, no coincide en nada con el discurso del poder, al cual considera como mera propaganda legitimadora de un estado de cosas profundamente destructivo.


Partimos pues de una distinción: aquello que mencionamos como ideología dominante no puede ser confundido con el discurso oficial dominante. Pero existe una relación orgánica entre ambos: el uno ha sido generado como cobertura del segundo.

El discurso oficial nos habla de democracia, derechos humanos, libertad de expresión y de conciencia, igualdad de género… Según este discurso, los estados occidentales serían la plasmación de estos "valores superiores”, y esa sería su razón de ser, aquello que los distinguiría de los no-occidentales. Y si determinados países aceptan estos valores, se dice que se han occidentalizado. Desde una postura crítica, diremos que este discurso institucional no es sino un embellecimiento de la verdadera ideología que vertebra las vidas de los individuos en occidente y que marca su modo de relacionarse con otras sociedades. Nadie dice que gobierna para obtener beneficios o por afán supremacista. Se dice que se gobierna por amor al prójimo, en nombre de la soberanía popular. Nadie dice que invade o bombardea países extranjeros para controlar sus recursos naturales. Se habla pues de defensa de las libertades o ayuda humanitaria. Bellas ideas que se dan en un marco anterior a ellas, que las limita y utiliza.

Algunos estudiosos de la Grecia clásica han llegado a la conclusión de que muchas de las ideas que dominaban en dicha sociedad ni siquiera eran mencionadas, pues constituían un marco, una superestructura. Recordamos una expresión de Comford: “la filosofía no escrita de nuestro tiempo”. Otro helenista, Gilbert Murray, nos habla de la existencia de un “conglomerado heredado”, del cual los sujetos no pueden escapar. También podríamos evocar el concepto de ideología, tal y como fue analizado por Althusser, como una estructura inconsciente que refleja al individuo y le permite ser un yo inserto en una masa. En este sentido, afirmamos que la democracia, los derechos humanos, la libertad de expresión y de conciencia, la igualdad de género… no son más que mitos al servicio de la ideología verdaderamente dominante, y esta es canalizada a través de la forma Estado. Se comprende que Althusser calificase como Aparatos Ideológicos del Estado a aquellos mecanismos a través de los cuales el discurso oficial dominante se divulga, evitando en todo momento el pensamiento crítico.

Esta ideología no escrita es ejercida a través de las instituciones (la religión, la academia, el aparato judicial, el aparato político, los medios de comunicación y la cultura), y es el paradigma frente al cual todo individuo debe situarse. Para Althusser la ideología es a-histórica. Es la relación fantástica (mental) de los sujetos con sus relaciones sociales. La ideología dominante es un reflejo de algo anterior a ella, de algo que está fuera de la conciencia, en la vida material de la sociedad. Para los marxistas esta ideología es la de la burguesía. Pero en realidad el marxismo también es un producto de la ideología dominante.

¿Cuáles serían las ideas dominantes en nuestra sociedad, y qué están en el fondo de nuestro comportamiento colectivo? Sin ánimo de agotar el tema, apuntaré algunas, señaladas por pensadores clave de las últimas décadas. No aquellos pensadores presentados como iconos por el sistema, sino de aquellos pensadores que nos han ayudado a comprender el funcionamiento interno de nuestra sociedad. Es decir, por los pensadores que han ejercido su cometido de pensar críticamente, más allá del control del poder de turno.

La primera de estas ideas es la creencia en la superioridad de la sociedad occidental, de la sociedad tecnológico-científica y, como consecuencia, la vitalidad paradójica de la idea de progreso. Occidente se piensa a sí mismo como un mito: la vanguardia de la civilización, un modelo de sociedad que se ha emancipado de formas arcaicas, vinculadas a la religión. Pocos ciudadanos europeos dudan de que Europa sea más avanzada (y por tanto superior) que cualquier lugar del Tercer Mundo. En esta idea subyace el llamado darwinismo social, con todo lo que representa: la superioridad del hombre científico (del hombre blanco) frente a las cosmovisiones tradicionales (incluido el pensamiento mágico). El mundo debe ser guiado por los seres más evolucionados. El darwinismo social es uno de los hijos predilectos de la Ilustración, y sigue justificando la necesidad de intervención occidental fuera de occidente, pero también la necesidad de controlar a las minorías raciales y culturales que proliferan en occidente, al amparo de los discursos oficiales. Pero tras estos discursos cada vez se deja ver con mayor nitidez la ideología dominante, y como tras la capa de los derechos humanos subyace un tribalismo refractario al pluralismo.

Este es el mito de Occidente, que sigue marcando el paso, impertérrito al paso de los años. Mairet califica al mito de occidente como un “mito orgánico. El tiempo no hace mella en él. La sacrosanta “defensa” de Occidente sigue estando, para algunos, a la orden del día” (p.233). El mito del “mundo libre” laico y propulsor de los derechos humanos no es sino una actualización del mito de la Cristiandad, como el lugar que encarna la voluntad civilizadora de Dios sobre la tierra. Por eso el mito de Occidente es un mito de poder.

La construcción eurocéntrica de la historia se proyecta sobre el mundo, pretende ver una “edad media” allí donde dirige la mirada. Lo que apenas se percibe es que la propia idea de progreso implica: una concepción lineal, eurocéntrica e historicista de la humanidad, que condena a todos los pueblos a seguir las pautas de la sociedad occidental. Se nos muestra el pasado como un tiempo oscuro, imagen ante la cual debemos agradecer por vivir un presente civilizado, protegido por la tecnología y el Estado. Niega el esplendor de otras culturas, no quiere saber de las cosmovisiones vividas por “los otros” más que como piezas de museo. Todas ellas están destinadas a su exterminio: la modernidad occidental avanza de genocidio en genocidio, como una apisonadora que desarticula las culturas y uniformiza las conciencias. En cierto sentido esta ideología ha triunfado a escala planetaria, y hoy podemos decir que “todo es Occidente”, en la medida en que el mundo esta configurado por un modelo de Estado-nación que constituye el medio de dicha uniformización. Por ello la rebelión contra la ideología dominante se da hoy a escala planetaria.

La civilización occidental está basada en la idea de que la naturaleza es perversa o peligrosa, y debe ser dominada. La ruptura del equilibrio entre el hombre y la naturaleza y la destrucción del medio ambiente. Se pierden los límites de una cosmología tradicional como marco de referencia, y se da paso a la guerra de todos contra todos. De ahí surge la idea de que “el hombre es un lobo para el hombre”, y de que, por tanto, es necesario un Estado que controle nuestros instintos antisociales. El contrato social se basa en la coacción antes que en la responsabilidad compartida o en la solidaridad. La aplicación de esta ideología a la economía: el liberalismo, la idea de la lucha libre e ilimitada de los hombres entre sí como motor del desarrollo. El ser humano es reducido a la dimensión de productor-consumidor, más allá del cual no se ve la necesidad de su existencia. Un gran número de seres humanos son considerados como innecesarios para el óptimo funcionamiento del mercado, como “bolsas de población sobrante”. Esa es la explicación del hambre en el mundo, un problema de fácil solución práctica, que no es solucionado a causa de lo profundamente arraigado de la ideología de progreso.

La idea de progreso no ha desaparecido, a pesar de la crítica brutal a la que ha sido sometida. Y no ha desaparecido porque se basa en algo anterior a ella: la idea de la evangelización de todos los pueblos de la tierra, desde un centro que posee en exclusiva las claves de la salvación universal. Hoy en día la idea de progreso convive con la idea de la quiebra del progreso, como la modernidad convive con la posmodernidad, como la física mecanicista convive con la física cuántica. La concepción mayoritaria de la ciencia entre las masas sigue siendo la propia del siglo XIX. Los avances científicos de los últimos cien años no han cambiado el modo de concebir la preponderancia de la ciencia y un concepto de racionalidad cuyos fundamentos se han hundido. Pues el paradigma científico propuesto por la física cuántica choca con tanto con la idea de progreso como con una visión historicista y teleológica de la historia.

La quiebra de la idea de progreso se deja sentir en una forma aún más total de nihilismo: la aceptación de un devenir ciego. El sistema de producción actual es una máquina autónoma iniciada hace ya muchos años con unos fines que han sido superados. La irracionalidad de la búsqueda del beneficio a toda costa es incompatible con la consideración del hombre como una criatura trascendente, cuyo fin último es la salvación a través de la adoración del Creador de los cielos y la tierra. La religión no escrita de nuestro tiempo amenaza de muerte a todas las cosmologías tradicionales, y al hacerlo las une y las incita a tomar partido. Sólo quiere conservar de ellas su envoltorio, las imágenes folclóricas, pero no su contenido: esa es la "libertad religiosa" que propone. Su modo de operar es el desarraigo generalizado, el arrancar la memoria propia, de la propia historia, de la conciencia de que nuestros ancestros siguen vivos en nosotros. Se trata de aplicar a todos los pueblos una idea historicista propia de la cultura occidental, el intento de sumar a todos los pueblos al proyecto civilizador de la modernidad occidental. Se apela a los derechos humanos, a la igualdad de género y a la democracia, cuando en verdad lo que se exige es occidentalizarse: abandonar la propia memoria colectiva y los propios referentes (como son los libros revelados y las cosmologías tradicionales), para entrar en la rueda de la economía de mercado. El método es el colonialismo cultural, la cara de la predicación del Evangelio a todos los pueblos de la tierra.

Este nihilismo se muestra en todos los campos: política, ciencia, economía, medicina. El neo-liberalismo ha hecho de la crisis la misma esencia de su evolución. Nos está siempre anunciando su final desde el momento en que nos damos cuenta de que se trata de una máquina autónoma y no de un sistema de vida consciente. Se ha eliminado de las esferas de gobierno toda posible decisión, toda razón, toda misericordia. Se trata de un sistema auto-convulso, que funciona por reacción primaria. Los políticos (los que son elegidos) no deciden nada. Se adaptan como pueden a un guión que nadie sabe quien ha escrito, ni que finalidad persigue. Proliferación de medios sin un fin, representaciones de representaciones de representaciones, análisis de análisis de análisis. Se nos dice que vivimos en una sociedad racionalista, pero en realidad el único valor que perdura es el de la eficacia, sin una reflexión verdadera sobre los objetivos, sobre el sentido del deseo. Esto nos ha llevado a destruir el planeta. ¿Qué racionalidad hay en ello? El estar atento únicamente a su necesidad de acumulación hace imposible ninguna visión de futuro, y ésta queda relegada al ámbito donde la maquina es la soberana. Sólo las grandes multinacionales tienen la capacidad de planificar y el espacio en que moverse, la posibilidad y los medios para desplegarse. Pero ellas también están sujetas a la lógica que las ha creado: el beneficio a toda costa. Cualquier acto que realicen aparentemente en otro sentido es mera estrategia encaminada a perpetuar su hegemonía. De ahí que hayan ocupado también el ámbito de la cultura, financiando think tanks, grupos de presión encargados de demonizar (o de fagocitar) todas aquellas opciones vitales que puedan hacer sombra a su expansionismo.

Estas ideas se articulan en lo Foucault ha llamado la sociedad panóptica, en la cual el control del ser humano por un poder central, omnipresente e invisible (como lo retratara Orwel en su novela 1984) está convirtiéndose en una realidad planetaria. La manipulación de las masas se ha hecho omnipresente. La democracia es ya poco más que una excrescencia, a pesar de lo cual sigue siendo el referente de todos los discursos. Los verdaderos gobernantes no son elegidos: todo gobierno está en manos de los poderes financieros, y las políticas de los estados democráticos son elaboradas por tecnócratas al servicio del capital. Se deja un escaso margen para que los gobernantes elegidos den la impresión de que gobiernan. Se establecen debates parlamentarios y se discuten abiertamente temas secundarios, mientras el poder del capital no deja de crecer. Hablar de democracia en estas condiciones es hacer burla del concepto. Cualquiera puede darse cuenta de que democracia y capitalismo son incompatibles, de que el pueblo carece por completo de poder de decisión. Los partidos políticos necesitan del poder mediático y financiero para conseguir poder político, se deben a esos poderes antes que a los electores. En engaño funciona a tumba abierta.

En su obra La sociedad del espectáculo, Guy Debord calificó al espectáculo como “la reconstrucción material de la ilusión religiosa”. Sólo tenemos que ver los anuncios, la publicidad que inunda nuestras vidas para comprender estas palabras, ver como se nos promete una felicidad paradisíaca, sin esfuerzo, donde los valores trascendentes se han convertido en mercancía: “conduzca x, sienta el poder...”, “compre x, su vida cambiará”. O como la prensa califica como dioses, estrellas, ídolos o divas a actores, cantantes, deportistas. La posesión conduce al paraíso fetichista de los mass media. Si la Iglesia ofreció la salvación a través de sus productos (bautismo, confesiones, sacramentos), la economía de mercado se ha apropiado del invento, sin cambiar prácticamente nada de los métodos. La idea de la mediación (representación de Dios sobre la tierra) que la Iglesia Católica puso en el centro de la vida de Occidente ha triunfado plenamente, en una forma aparentemente anti-religiosa, pero que conserva lo esencial de la doctrina, lo que los teóricos llaman la superestructura. Entre conceptos como evangelismo, progreso, modernidad, colonialismo y liberalismo existe una conexión interna, como ideas que pregonan la salvación universal y aspiran a la totalidad, recusando el mundo natural (lo primitivo) como un valle de lágrimas que debe superarse. Vivimos en una sociedad teocrática.

Todo ello se halla asociado a una sexualidad amorfa, que se complace en la representación y en la tragedia. Una sexualidad convertida en espectáculo: reflejo de pulsiones, huida de los valores de la ternura y del encuentro, capaces de transformar nuestra conciencia. Es necesario ver la representación de la sexualidad en el cine de masas, una ficción que bordea lo grotesco. Gemidos de cachorro, desgarros de hiena. Hacer el amor ha dejado de ser un camino para re-conocerse en el amante, no tiene ya nada que ver con la búsqueda del conocimiento, sino con la satisfacción de los instintos. También la acumulación parece la panacea en este campo: se valora la promiscuidad por encima de la profundización en una relación. La exacerbación de las pasiones es en esencia represiva: pretende acumular libido y encaminarla hacia un producto: el cuerpo de la mujer, el televisor, el coche. No hay verdadera satisfacción sexual en los mass media, tan sólo una pantomima de la sexualidad humana.

Sociedad de control, sociedad penitenciaria, sociedad del espectáculo o del nihilismo consumado. Hablamos de cosas muy concretas, de farmacéuticas que crean enfermedades para vender remedios, de medicinas que no curan y que generan dependencias, de fabricantes de armas que promueven guerras que provocarán miles de muertos y de desplazados, hablamos de fósforo blanco lanzado contra los niños en Gaza o en Faluja, hablamos de la destrucción de culturas y países que luego serán “asistidos” por cascos azules y multinacionales de la solidaridad encargadas de establecer el nuevo status quo, hablamos de empresas privadas que gestionan cárceles y promueven el crecimiento de la población reclusa, comprando a políticos para que endurezcan las leyes, hablamos de patentes de medicamentos que matan multitudes, de patentes de semillas que ponen las vidas de millones de campesinos en manos de un puñado de multimillonarios del primer mundo, del aumento brutal de la miseria en todo el mundo, de la esclavitud de pueblos enteros, de tiranías promovidas desde Occidente que endeudan a sus países, unas deudas astronómicas que no benefician a los ciudadanos y que estos deberán pagar con su pobreza, hablamos de la burla de la separación de los poderes, de sistemas judiciales corruptos, de torturas y asesinatos en nombre de la democracia, de la desaparición acelerada de las lenguas y de las minorías, de la manipulación y la mentira de los medios, de la alineación de las conciencias, de la prostitución de menores a plena luz del día, del tráfico de mujeres y de niños, para ser usados como esclavos sexuales, de las talas de árboles, de la destrucción sistemática e irracional del medio ambiente, por usura, para beneficio siempre de unos pocos, hablamos de la corrupción abierta de los líderes, de la proliferación de campos de concentración de inmigrantes en la Europa del siglo XXI, del concepto de ciudadanía como regla de exclusión, de millones de personas convertidos en seres humanos ilegales: “todos los seres humanos son iguales, pero unos son más iguales que los otros”. Hablamos de gobiernos con apariencia democrática que privatizan sus economías y las entregan a sus amos del primer mundo, hablamos de partidos políticos al servicio del capital y en contra de la vida, hablamos de la mentira institucionalizada, de la uniformización del mundo, de la ceguera de los corazones, de tratados de libre comercio entre países míseros y grandes potencias, firmados para acelerar la destrucción de sus culturas, vendidas por las élites a cambio de migajas, hablamos de esa gran estafa que constituye el terrorismo, un terrorismo creado y financiado por esos mismos centros de poder que dicen combatirlo, hablamos de la traición a todo lo noble y bello, de la degradación del ser humano, de la negación de la inmediatez de Al-lâh y del rechazo de la revelación, rechazo de la posibilidad de una comunicación directa entre el Creador y la criatura, una negación llevada a cabo incluso (y muy especialmente) desde posturas “religiosas”. Hablamos de la demonización y la banalización de toda alternativa, de la represión de toda disidencia, de detenciones arbitrarias, de guerras, torturas y asesinatos en nombre de la democracia y la justicia, de la manipulación de las palabras, de la mentira generalizada, de la alienación de las conciencias y de la destrucción del ser humano como criatura trascendente. Estamos hablando de Occidente.