26/4/11

Los miserables, hoy

 El Bosco / El jardín de las delicias
Iris M. Zavala

¿Quién hubiera dicho que en el siglo XXI –de avances científicos, de democracias laicas, de igualdad, de lo que Orwell llamó meritocracia, o democracia laica, llegáramos a tocar fondo de la opresión y la desigualdad social y civil? Sí, porque hemos tocado fondo; Europa, Asia, América…La Europa de la Revolución Francesa (1789), que marcó el final definitivo del absolutismo y dio a luz y un nuevo régimen donde la burguesía, y en algunas ocasiones las masas populares, se convirtieron en la fuerza política dominante. Esa ha desparecido, aquella del periodo histórico entre la segunda mitad del siglo XVIII y principios del XIX- en el que Inglaterra y el resto de Europa continental después, sufren el mayor conjunto de transformaciones socioeconómicas, tecnológicas y culturales de la Historia de la humanidad.

Todavía vivimos de una economía dominada por la industria y la manufactura. Porque la modernidad no trajo bienestar para todos… más bien, con la mascarada o semblante de democracia y laicismo, se escondía la más cruel de las explotaciones. Las preguntas que plantea la tradición occidental podrían simplificarse en ¿cómo hemos llegado al punto en que nos encontramos? Esta cuestión supone un enjuiciamiento político y un diagnóstico desolado de la situación que vivimos, e implica buscar una respuesta de la cual depende la supervivencia y para la cual cada vez hay menos tiempo: ¿Qué podemos hacer, qué dirección tomar?, se pregunta Giorgio Agamben.


La pobreza puede analizarse desde varios enfoques, algunos de los cuales pertenecen al campo de la ética y la moral, como la degeneración de la familia o la adicción a las drogas; otros, como los prerrequisitos para la madurez legal y la tranquilidad doméstica, pertenecen al campo de la política; y otros son del dominio de la ciencia económica. Remito a Joseph E. Keckeisen, (2001):

“Las causas de la pobreza en el tercer mundo” en Contribuciones a la economía de La Economía de Mercado, virtudes e inconvenientes. Ya sabemos que ese “tercer mundo” no se limita ahora a Africa, Asia y Latinoamérica (Bolivia, Brasil, el Caribe), sino que ha llegado al llamado primer mundo-- Europa y Estados Unidos-- con la crisis económica sin precedentes históricos que vivimos. Va desapareciendo a pasos agigantados el llamado “estado del bienestar”. Más de ¼ parte de la población en las “regiones en desarrollo” y 1/3 de la población mundial, viven en condiciones de pobreza con ingresos diarios de 1 dólar por persona. Se han hinchado los bolsillos de los banqueros—que por cierto y para deshonra, no han sido encarcelados, sino que siguen actuando—mientras los seres humanos se quedan sin hogar, siendo desahuciados por no poder pagar las hipotecas. Los bancos americanos están en crisis y las inversoras americanas en quiebra. Las inyecciones de líquido por parte del BCE (Banco Central Europeo), intentan evitar el ahogo de los bancos europeos.

Los bancos españoles están metidos hasta el cuello con el dichoso ladrillo, y hay Índices altísimos de morosidad…. En un lenguaje más cercano al de la modernidad, es posible (más bien: es necesario) hablar del trabajo de la negatividad, expresión que dice algo esencial para todo movimiento del sujeto, aunque se oriente hacia las cosas, se oriente hacia otros o, en definitiva, se oriente hacia sí.

Nuestra pregunta ha de ser ¿Cómo es nuestro tiempo?, ¿Cómo vivirlo, es decir cómo estar a la altura de su exigencia? Estamos en lo que Hegel llamó la noche del mundo: Se vislumbra esta noche cuando uno mira a los seres humanos a los ojos –a una noche que se vuelve horrible.

Como sostiene Lacan, se cotiza el tiempo en una zona euro y zona dólar...No es llamativo que en estas condiciones todo el mundo esté enfermo, que haya malestar en la cultura. Ya ni eso, porque todo está en crisis…Es decir, asistimos a la caída, el derrumbe del capitalismo, al que aludía Marx.

El malestar en la cultura (1930, 1935), texto profético de Freud, nos sumerge en el desasosiego. En ese testimonio desgarrador nos muestra el punto peligroso: cómo el ser humano intenta satisfacer su necesidad de agresión a expensas de su prójimo, de explotar su trabajo sin compensación (reflexión marxista), de utilizarlo sexualmente sin su consentimiento, de apropiarse de sus bienes, de humillarlo, de infligirle sufrimiento, de martirizarlo, de matarlo. Pero estaba el arte como posibilidad sublimadora, como fuente de desafío….

¿Ha muerto definitivamente el arte occidental? ¿Podrá salir algún día del pozo sin fondo en el que parece encontrarse? Giorgio Agamben habla de Arte y Terror, y lleva a cabo una fascinante relectura del origen del “buen gusto”, de la separación entre el artista y el espectador, para decirnos que “mientras el nihilismo gobierne secretamente el curso de la historia de Occidente, el arte no saldrá de su interminable crepúsculo”. Pero no es éste un texto apocalíptico o predecible.
El secreto del impacto estético no sólo está en captar la perfección de la forma, ni tampoco en la satisfacción que tal perfección propor­ciona, sino en el encuentro con una palabra que nos permite captar la contin­gencia.

Encontramos entonces cosas muy singulares: que toda obra de arte pone en obra la verdad, que nos induce plantearnos seriamente el mal, el “mal radical”, y afrontar su enigma. Tampoco he de repetir que la lectura responsable ha de implícita­mente poner en tela de juicio el fondo de creencia -ideología cotidiana- que constituye el orden de lo comúnmente aceptado, o, como dice Lacan “los itinera­rios estableci­dos”. Tampoco repetiré cómo intencionadamente hemos de establecer siempre conexiones que induzcan al lector a percibir al mismo tiempo todos los elementos del plano general, de forma que no nos quedemos encerrados y nos ahoguemos “en la prisión de comprensio­nes estereotipadas”, como escribe Bajtin en su póstuma Estética de la creación verbal.

Y hoy, ¿cómo negar que el malestar en la cultura existe? Pero, ¿cómo nombrarlo ahora, si la cultura ya no es vínculo, y es la que nos produce mayor malestar? Esa carencia, esa falta, será, parece entonces, ser posmoderno. ¿Y qué quiere decir cultura? Retomo a Lacan: cultura es discurso, vínculo social. Parecería entonces que estamos ante un giro, y el vínculo social, el modo de habitar la lengua, ha sufrido mutaciones, y heme aquí sin brújula. Será otro el vínculo, ahora, ¿cómo nombrarlo? Lo veo emerger como un objeto Sade: la descarnada verdad de la falsa alteridad, la degradación de la vida social, el monstruo que llevamos dentro, el objeto patológico kantiano, con su fuerza aterradora de desterritolización, que disuelve los vínculos simbólicos tradicionales y marca todo el edificio social con un desequilibrio estructural irreductible. Y ese objeto Sade que la sociedad oculta como secreto de los secretos, el punto negro, la invisibilidad de lo invisible, nos invade, haciéndome perder el norte, el criterio, mi orientación en el mundo.

No es accidental que los monstruos aparezcan en toda ruptura que anuncia una nueva época del capital: El Bosco, Goya... En La ética del psicoanálisis Lacan nos los formula con precisión como pregunta actual: lo desconocido temible: los monstruos obsesionaban intensamente a quienes daban todavía un sentido a la palabra Naturaleza. ¿Y qué es un monstruo ahora?, ¿qué mundos de enigmas nos abre?, ¿cómo descifrar este Real en las obras de arte del mundo occidental desarrollado, colonizadas hoy día por las nuevas tecnologías de la era digital?, ¿cómo distinguir las diferencias en lo Real en esas sociedades y colectividades antagónicas?, ¿es que sólo el estatuto artístico colonizado por las nuevas tecnologías se puede considerar arte moderno? Nuestras preguntas tienen un sentido terriblemente actual. Volveré sobre ello para distinguir, aunque sólo sea mediante líneas de fuga a Goya y Picasso maestros de la modernidad. Permítaseme proseguir mis digresiones, que tocan ese punto que se llama angustia, que siempre dice una verdad. Pensemos uno de esos puntos, ¿no nos aterran aquellas ciudades fantasmagóricas de Chirico, o aquellos monstruos de El Bosco, o las ciudades utópicas del pintor haitiano Préfête Duffaut, o esos paraísos de su contemporáneo, H.R. Brésil, el Edén del que un día fuimos arrojados, donde el brillo de lo sublime kantiano nos vincula la mirada con el desasosiego de la angustia?

La pintura -escribe Lacan- incluye una función subjetivadora, que tiene el poder de hacer o conformar o transformar a los sujetos, también la literatura añado. De esta función Lacan deduce que la pintura no trata esencialmente de la representación, y que la historia de la plástica es la secuencia de las variaciones de la estructura de subjetivación. Esta reflexión nos debiera llevar lejos, y de manera directa a los intentos de cercar lo Real, abordado de manera directa por los grandes modernistas. ¿Y cómo se socava la consistencia de la realidad en nuestro mundo contemporáneo, si con el neoliberalismo y el capital sabemos que no es necesario combatir las doctrinas, sino esperar a que se pasen de moda, y hacer pactos y chapuzas y la metáfora del dinero hace del arte moneda falsa?

Pero, moderno, posmoderno, ¿qué significan? Estructuras lineales y cronológicas que ocultan las paradojas y el sinsentido. En una lectura sintomática, ambos se cruzan como las flechas en el aire. Moderno es, palabra moderna: Rousseau hizo una torsión al establecer nudos con el torbellino de la urbe, la urbe y sus cartografías de miedo. El mundo del capitalismo, la división del sujeto, su paranoia y neurosis, que el neologismo bajtiniano dialogía recoge; y ese Real que se cerca, ese goce, que persigue Freud en una de las obras maestras del modernismo, Proyecto de una psicología para neurólogos de 1895, el mismo año que El torno al casticismo, de Unamuno. El texto de Freud es moderno, atrevido, de forma inherente; busca perturbar los cimientos de nuestras vidas sin ofrecernos como recompensa nada mejor, y pone en tela de juicio -como los grandes artistas modernistas- la cuestión de nuestra herencia cultural común.

Retomo la pobreza. Lo fundamental es la pobreza, siempre ha habido, pero además escuchemos la voz de pobreza en el siglo XIX, el Un día más de la ópera Los Miserables, muy actual, muy posmoderna: 

Un día más
Es el destino el que decidirá
Este Calvario nunca cesará
Un día más que se atreven a juzgar
Seguro estoy que volverán
Un día más
Hacia el campo de batalla
¿O debiera combatir?
A las tropas acudir
¿Seré digno de luchar?
Lucharemos hasta el fin
El día llegó, hay que triunfar
Un día más La revolución se acerca,
cuando llegue la ocasión
A esos chicos mataremos
sin ninguna compasión
Ratas a correr,
no se escaparán
Como presa fácil se van a rendir
Uno por aquí, otro por allá
Muchos de ellos morirán, ¿y qué más da?
Se acerca un nuevo día,
la bandera es libertad
Todo hombre será rey,
todo hombre será rey
Hay un mundo qué vencer,
nuevo mundo por ganar
Todo por la libertad

Si, somos los miserables de la tierra una y otra vez… nunca hay escapatoria, y nunca seremos iguales, siempre habrá unos más iguales que otros….