9/4/11

La profecía de los mayas: Deseo de catástrofe

 
Tomás Abraham
Agradezco a mi amigo, el periodista y crítico Jorge Luna que me haya enviado desde La Paz, el texto de Slavoj Žižek: “La situación es catastrófica, pero no es seria”. El documento corresponde a la exposición ofrecida por el filósofo esloveno en el Banco Central de Bolivia el 17 de marzo del 2011. El mismo lo hizo distribuir entre los asistentes a la conferencia
Žižek rescata una frase del intercambio de telegramas en el frente de la Primera Guerra Mundial en el que los alemanes les comunican a los austríacos: “Aquí la situación es seria pero no catastrófica”, y los austríacos responden: “Aquí la situación es catastrófica pero no es seria”.
El filósofo pregunta: “¿No es ésta, cada vez más, la forma que muchos de nosotros, al menos en el mundo desarrollado, nos relacionamos con nuestros aprietes globales?” 
La frase me parece ilustrativa del modo en que se vive la información hoy en día. Pero Žižek va para otro lado. Me explico. Me han hablado de una expandida inquietud acerca de la profecía maya que anuncia el fin del mundo en 2012. Los terremotos y tsunamis de los últimos años parecen predecir una hecatombe mayor. Sólo quienes viven en sus cómodas casas pueden ser partícipes del sentimiento apocalíptico que anuncian mayas y difunden la CNN y los cientos de canales de información con sus cámaras desde los lugares del desastre planetario. Los temores mencionados son los efectos de las “emoticias”; es decir, la resonancia que producen las noticias en las emociones y que crea estas sensaciones catastróficas que para muchos, por suerte, no son serias. Esto es lo que yo entiendo acerca de esta diferencia entre seriedad y catastrofismo ante los acontecimientos, pero no Žižek. Su ponencia discurre por los sucesos mundiales para trasmitir que no hay que tener miedo a catástrofe alguna, pero no porque no puedan producirse sino porque es mejor que se produzcan ya que el riesgo vale la pena. Lo que debemos evitar, agrega, es la resignación y el nihilismo posmoderno. Sigo al filósofo. Muchas revoluciones fracasaron. No importa. Hay que comenzar de nuevo.

Cita a Samuel Becket: “Inténtalo otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor”. Comenzar desde el principio y no desde la etapa anterior. Desde cero. La Revolución Francesa, la rusa, la china fracasaron, no importa, han sido “sublimes”. No olvida la reflexión de Kant que consideraba que lo que pasó en la Bastilla constituye una virtualidad permanente y un horizonte moral que concitarán el entusiasmo de los pueblos más allá de su resultado. Cita a Alain Badiou, una vez más. Los intercambios ya no entre alemanes y austríacos sino entre Žižek, Badiou, Negri, Hardt, y el acompañamiento de Laclau y a veces Agamben son frecuentes. Es una muestra del denominado revolucionarismo de la izquierda radical europea.
Badiou dice que hay revolucionarios que le tienen miedo a la victoria, a “ganar”, porque restaura un Estado, una burocracia, una concesión al sistema. Ante este temor, siempre mejor fracasar, ser un ultraizquierdista, evitar conquistar el poder porque el poder ensucia. Hay que estar en frente y destruir. Badiou denomina a esta voluntad “tentación expiatoria del vacío”. Deleuze tenía un vocabulario un poco más ordinario y decía “voluntad de demolición”. Para Badiou es necesario impedir la interiorización del nihilismo y de la crueldad sin límites que acompañan este vacío. No sabemos si se refiere al terrorismo, al trotskismo, o a su propia filosofía. Según Žižek apunta a esto último. Pero no lo condena, por el contrario, lo celebra. Dice –de acuerdo a Toni Negri– que no se trata ni de purificación ni de restauración, sino de estar alejado de los aparatos de Estado, de crear espacios substraídos del Estado.
Un revolucionario debe resistir al poder estatal y no conquistarlo. Abandonar el poder estatal y “concentrarse en transformar directamente la textura de la vida social misma, las prácticas cotidianas que sostienen el edificio social en su integridad”. No cita a Foucault que dijo lo mismo hace treinta y cinco años porque Žižek maldice a los foucaultianos. Entonces, ¿qué hacer? Žižek propone instalar formas de democracia directa. Asambleas. Soviets. Ocupar calles y plazas. Seguir el ejemplo de lo que sucede en las favelas y en la cultura digital. Imitar a las nuevas comunidades tribales de hackers. Es decir, el “que se vayan todos” universalizado; es decir, todos los poderes delegativos y representativos que son parte del teatro de las democracias occidentales. En Europa, los intelectuales de izquierda están, dice Žižek, apretados entre partidos liberales funcionales al capitalismo global y partidos populistas antiinmigratorios. O la administración post ideológica o el racismo. ¿Cómo salir de este doble cerrojo deprimente? Con la manía revolucionaria. Por eso es una buena noticia lo que sucede en Africa del Norte y Medio Oriente.
En Túnez, Egipto, Libia, Yemen, Siria, irrumpe un reclamo secular de justicia y libertad. Žižek nos dice que estos movimientos corren el riesgo de ser cooptados por la ideología liberal de Occidente que se limita a la libertad de expresión y silencia la injusticia social. Para cerrar el diagnóstico mundial y darnos un encuadre preciso, Žižek nos dice que hay cuatro antagonismos dominantes: a) la amenaza de catástrofe ecológica; b) la lucha por la creatividad del “intelecto general”. Se trata de extender el territorio ya conquistado del conocimiento organizado en nuevas formas de cooperación social, para liberar la creatividad intelectual del sojuzgamiento y el control por la propiedad privada y de la protección estatal de las patentes. Intensificar, además, las redes sociales a la manera de WikiLeaks; c) las implicancias socioéticas de los desarrollos de la biogenética; d) las nuevas formas del apartheid, los muros y las villas miserias.
Salvo el último, que corresponde a la brecha que separa excluidos de incluidos, los otros tres dominios corresponden a lo que Negri y Hardt llaman “los comunes”, la sustancia compartida de nuestro ser social cuya privatización es un acto violento. Los “comunes” de la cultura referidos al capital cognitivo; los “comunes” de la naturaleza externa amenazados por la contaminación; los “comunes” de la naturaleza interna, las mutaciones biogenéticas. Hoy en día, dice Žižek, ser comunista, es luchar contra la apropiación capitalista de los comunes que nos despoja de nuestra propia sustancia vital, parafraseando el lenguaje del joven Marx y de su maestro Fuerbach. Por eso, el comunismo no es un ideal inaccesible sino el nuevo espacio mental en el que debemos movernos. Y remata: hoy la utopía es creer que puede transformarse el mundo de a poco, con reformas modestas. La única opción realista es “hacer lo que parece imposible dentro de este sistema”. Por eso cita una vez más a Badiou, es mejor un desastre que vaciar al ser de sustancia (juego francés de palabras entre “desastre” y desêtre.
Volvamos a la diferencia entre catástrofe y seriedad. Žižek nos dice que la batalla comienza desde el principio. Cambiaron los parámetros de la lucha comunista del siglo XX. La esencia del hombre ya no es el trabajo alienado que hay que recuperar sino los tres universales despojados por el capitalismo global, y el cuarto que no es “común” porque se trata del hambre de unos y la panza llena de otros. La revolución consiste en apropiarse de la sustancia universal enajenada, hacerlo fuera de los aparatos de Estado, sin mediadores políticos, sin delegados, sin instituciones representativas, con nuevas formas de democracia directa. Termino. No quiero juzgar el texto. Necesito un tiempo más para pensarlo. Si lo tengo.
Título original: “Deseo de catástrofe”
Fuente: www.tomasabraham.com.ar