9/4/11

La crisis del principio democrático


Eneko Goenaga
Abraham Lincoln definió la democracia, en su famoso discurso de Gettysburg del 19 de noviembre de 1863, como el "gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo", en la que seguramente sea la definición más expresiva jamás pronunciada. Permítanme que dude que el expresidente del Gobierno Felipe González, el proclamado uno de los presidentes más importantes y significativos de la "democracia" en España, compartiera y comparta esta definición, durante el tiempo en que tuvo en su mano, según ha declarado él mismo, "liquidar" a toda la cúpula de la banda terrorista ETA, y ahora, 20 años después, cuando todavía le surge la duda.
 Y podría seguir enumerando hechos en una interminable lista. Porque España ha sido el país que ha declinado, no una sino dos veces, dos propuestas de nuevos estatutos políticos propuestos por las comunidades autónomas de Euskadi y Catalunya, y aprobadas en ambos casos con mayorías absolutas respectivos parlamentos, con el portazo al primero y con la "modificación" íntegra al segundo.
Porque son los dos partidos políticos nacionales mayoritarios, los que mantienen la Ley de Partidos, a la que califican, de nuevo en nombre de la democracia, como el instrumento para excluir de las instituciones a "aquellos que no cumplan las reglas del juego". Las actuaciones de los propios protagonistas delatan que esta ley no es más que una farsa para "amañar" resultados electorales en pro de conseguir mayorías institucionales que logren calmar los reclamos nacionalistas, hecho que no dudan en manifestar públicamente.
Porque es en las cárceles españolas donde a cada detención se denuncian torturas, y en los tribunales de justicia en las que ni siquiera se admiten a trámite.
 Porque es en España donde, en nombre de la democracia y los "principios constitucionales", el Tribunal Constitucional cierra la puerta a que, nada más ni nada menos, se celebre el que es el mayor ejercicio democrático que se pueda celebrar jamás: una consulta ciudadana no vinculante para tratar de abrir la vía para la resolución al conflicto político y proceso pacificador en el País Vasco. Porque si los poderes emanan del pueblo, ninguna institución debería estar facultada para quitar la palabra a esta.
 Ya en 1931 decía el lehendakari José Antonio Aguirre que "ciertamente, es curioso observar la coincidencia que entre las fuerzas de izquierda y derecha monárquicas españolistas de nuestro pueblo, se produce cuando el pueblo vasco se levanta por su libertad. Entonces las coincidencias negativas son lícitas, fluyen naturalmente. Toda clase de pactos destructivos son justificables". El famoso historiador británico Eric Hobsbawm añadía que en general (a la democracia) se la usa para justificar las estructuras existentes de clase y poder: Ustedes son el pueblo y su soberanía consiste en tener elecciones cada cuatro o seis años. Y eso significa que nosotros, el gobierno, somos legítimos aún para los que no nos votaron. Hasta la próxima elección no es mucho lo que pueden hacer por sí mismos.
 Ciertamente, es muy preocupante cómo en pleno siglo XXI, tras más de 30 años de democracia, repetidas actuaciones de las instituciones estatales, "fluyan naturalmente, sean justificables y justificados". Ciertamente, hace pensar que no hayamos avanzado tanto, o realmente no hayamos avanzado nada.