19/4/11

El fantasma de John Maynard Keynes

Foto: John Maynard Keynes

Manuel M. Navarrete

Una de las características más sorprendentes de la modernidad es la de generalizar y hacer coherente la paradoja. Un ejemplo de paradoja coherente con el sistema sería el siguiente: los reformistas son utópicos y los revolucionarios, pragmáticos. De ese modo, la posición revolucionaria constata que los neoliberales tienen razón, pero, sin embargo, es completamente falso que decir esto suponga “hacer la pinza” con la derecha. ¿Por qué?

Los socialdemócratas defienden que “hay una salida de izquierdas a la crisis” actual, sin romper con el sistema necesariamente. Los marxistas, en cambio, consideran dos cosas: 1) que la crisis es inherente al sistema, pues la tasa de ganancia tiende a decrecer ya que, dada la progresiva mecanización del trabajo que impone la competencia, el desempleo aumenta y, por tanto, el consumo disminuye, de modo que las cosas no pueden venderse a un precio que genere beneficios; y 2) que la crisis no es un problema, sino una solución para el sistema, pues reinicia el ciclo de acumulación tras un estancamiento, permitiendo además que los grandes monopolios se impongan a la competencia de otras empresas menores, al incrementar enormemente su producción para incrementar así la masa de ganancia, aunque disminuya la tasa.

Así, para el marxismo no hay una “salida de izquierdas” a la crisis o, para ser exactos, la única salida a la crisis es salir del capitalismo, ya que la socialdemocracia, como argumentan los neoliberales, es sencillamente una utopía irrealizable. ¿Por qué, si tras la II Guerra Mundial, durante 30 años, el keynesianismo fue una realidad que hizo un poco mejor la vida de una buena parte de la humanidad? Porque ahora el capitalismo es un sistema-mundo. En la época keynesiana, existían la URSS y la República Popular China (como realidad socialista), además de numerosos movimientos de liberación nacional en el Tercer Mundo. Por tanto, una enorme porción de la clase obrera estaba fuera del alcance del capital (por no hablar de la existencia de una alternativa ideológica potente para la clase obrera residente en el campo capitalista).

Hoy día, con un capitalismo globalizado, la enorme oferta de mano de obra hace disminuir su precio (es decir, su salario), con lo cual cae la demanda y viene la crisis, que hace crecer el paro. La socialdemocracia quiere solucionar esto aumentando los sueldos para reactivar el consumo. Pero, como ha señalado Miren Etxezarreta, la movilidad del capital hace que la socialdemocracia se vea totalmente impotente. Si un gobierno incrementa los impuestos directos o decreta una reforma laboral beneficiosa para la clase obrera, las empresas, simplemente, se deslocalizan y se van a otro país donde encuentren condiciones más ventajosas. No hay que olvidar que el propio José Luis Rodríguez Zapatero quiso aplicar políticas socialdemócratas, con el Plan E por ejemplo, hasta que fue amenazado por los poderes fácticos y comenzó a hacer políticas netamente neoliberales.

La socialdemocracia fue posible porque existía una correlación de fuerzas (y no a nivel nacional o estatal, sino internacional) que ya no existe, y volverá a serlo en la medida en que dicha correlación de fuerzas se recupere. Aunque fuera posible, ¿sería el objetivo? No. Obviamente, no estoy diciendo que haya que renunciar a las reformas, cosa que sería un disparate. En Reforma o revolución, Rosa Luxemburgo no niega la necesidad de luchar por reformas, sino que habla de ellas como medios para llegar a un fin, que sería el socialismo y del que Bernstein había renegado. Lenin, por su parte, en La revolución proletaria y el renegado Kaustky, expone la incompatibilidad entre capitalismo y democracia, pues bajo el capitalismo una minoría  de personas, no elegidas por nadie, toman decisiones cruciales para toda la sociedad (como qué producir, cómo hacerlo, dónde, etc.) y, además, lo hacen empleando como criterio su ganancia y acumulación, en lugar de la satisfacción de las necesidades sociales. Por si fuera poco, como señala Jacques Gouverneur, la reactivación del crecimiento y del consumo no resolvería ni el problema del paro, ni el problema ecológico, ni el problema del subdesarrollo del Tercer Mundo.

En resumen, los socialdemócratas ni son socialistas ni son demócratas. Además, no han aprendido absolutamente nada de la historia, ya que el actual desmantelamiento del Estado de bienestar nos muestra que el capitalismo no puede domesticarse, que su lógica expansiva lo convierte en un cáncer y que, si sobrevive una sola célula, se reproduce devorándolo todo. No en vano, Keynes diseñó su modelo como un medio para salvar al sistema capitalista en una época de revoluciones socialistas y no -de ningún modo- como un instrumento para combatirlo. Todo esto es algo que deben comprender los teóricos del “socialismo del siglo XXI”, que, desgraciadamente, se parece más bien a la socialdemocracia del XX.

Por todo ello, no estoy de acuerdo con el planteamiento de Manel Márquez en el sentido de que los antineoliberales también deben tener cabida en los medios de comunicación anticapitalistas. Pienso, más bien, que los anticapitalistaspodemos utilizar y publicar textos de individualidades antineoliberales, como el brillante profesor Vicenç Navarro (autor de obras tan importantes como El subdesarrollo social de España: causas y consecuencias), si así nos conviene puntualmente, ya que coincidimos en determinados objetivos. Pero no hay que olvidar que existen serias diferencias entre las posiciones del profesor Navarro y nuestros planteamientos, diferencias que Manel ha obviado completamente. Sin ir más lejos, el declarado apoyo de Navarro al tripartito catalán (véase, por ejemplo, “En general, el tripartito catalán lo ha hecho bien”), que para mí fue sencillamente mi enemigo de clase, o su ambigüedad en relación al PSOE, cuyo declive “será negativo para el país” según Navarro. Ni siquiera existe en el Estado español una masa social de ideas socialdemócratas, como le gustaría imaginar a algún líder de Attac, eventualidad que podría justificar quizá cierta mano izquierda con la cuestión, pero cuya inexistencia la hace aún más absurda si cabe (por no hablar de que los pueblos del mundo no luchan por “otra globalización” como Attac, sino precisamente por lo contrario: por su soberanía).

No podemos desgañitarnos criticando la degeneración socialdemócrata de Izquierda Unida para, inmediatamente después, convertir en referente a alguien que, por muy respetable y brillante que sea, simpatiza con el tripartito y piensa que el declive del PSOE es negativo, teniendo, por tanto, serias discrepancias ideológicas, totalmente respetables (insisto a fin de no ofender a nadie) pero incoherentes con el mínimo de línea editorial exigible para un medio de comunicación anticapitalista (lo que, a su vez, mancha de incoherencia la acertada postura que dicho medio adopta ante el tripartito, el PSOE, Izquierda Unida, CCOO-UGT, etc.). Por tanto, una cosa es publicar los interesantes análisis del profesor Navarro, cosa que me parece perfecta, y otra muy distinta cargar violentamente contra quien, como Cristóbal García Vera, los someta a crítica, ya que dicha crítica es justa y necesaria para quienes tratamos de resucitar una izquierda combativa, que hable de clases y luchas de clases (no de “ciudadanos”), que hable de contrapoder (y no de elecciones), que hable de propiedad de los medios de producción (y no de I+D+I) en el Estado español, ya que sólo así cobra sentido ese manido lema que, con razón, nos recuerda que “otro mundo es posible”.

Espero, por último, que estas palabras no me conviertan a ojos de nadie en miembro de esa izquierda “autoritaria y viejuna” que coincido con Manel Márquez en criticar, pues debemos superar sus planteamientos. En realidad, no hay nada tan viejuno (o al menos tan viejo) como el revisionismo. Espero, asimismo, que a nadie le suene autoritario, porque debemos decirlo: unidad sí, pero entre las diversas familias del anticapitalismo, el comunismo, el anarquismo, el sindicalismo combativo. Unidad sí, pero bajo Marx y Bakunin, no bajo Keynes y Montilla.