30/4/11

EE UU como superpotencia está en declive


Tras un siglo de hegemonía, en 2016 dejará de ser la mayor economía del mundo, lugar que ocupará China; la deuda crece y preocupa

Cuando se recorren algunos kilómetros para alejarse de la geografía y, sobre todo, del clima de isla política de esta ciudad, la persistencia de la dificultad económica se impone hasta en el paisaje.

Por un lado, los carteles que hablan de las viviendas en desalojo, como un drama sin fin. Por el otro, más lejos, los barrios que pierden habitantes en Detroit, cuna de una industria automotriz que pide oxígeno y licua empleos.

Sobre esa geografía amarga, una cascada de malas noticias parece poner de nuevo en la mira a la economía de los Estados Unidos.

Depresión interminable; desempleo persistente; desequilibrio fiscal digno de vértigo; deuda inatajable; acuerdos tan agónicos como misteriosos para evitar que el gobierno federal se paralice por falta de fondos, mientras las agujas se acercan peligrosamente al tope de lo que el Congreso autoriza para emitir deuda.

Si eso fuera una ruleta, lo que el mercado acaba de hacer es gritar su primer "no va más" al gobierno del presidente Barack Obama.

Por lo menos, a eso suena la advertencia de la calificadora Standard and Poor's (Samp;P), en el sentido de que, si las cosas no cambian, es posible que rebaje, en un futuro, la nota máxima que ahora concede a los bonos de deuda de los Estados Unidos.

Es la primera vez en la historia que la perspectiva de evolución para la calificación de deuda de esta potencia se baja de "estable" a "negativa". Y eso fue lo que sucedió el pasado lunes 18.

Si bien es verdad que las agencias de calificación quedaron bastante desacreditadas luego de la crisis de 2007, su advertencia sirve de excusa para poner en revisión lo que pasa en la primera economía del mundo. Eso, junto con el creciente vaticinio de que, en un plazo incierto -pero no muy amplio si las condiciones no se alteran-, podría perder ese sitial a favor de China y generar así el giro económico más relevante de comienzo de siglo. "Esa es la duda de mayor impacto para el futuro cercano", recuerda el historiador económico Kevin O'Rourke.

Lo primero son las reacciones. Al día siguiente del anuncio de S&P, nada pareció cambiar de sitio. Sí es verdad que el anuncio de la mala nota fue secundado por una corriente vendedora que hizo bajar la cotización de los títulos de la deuda estadounidense. Así, la tasa de interés de los bonos a 10 años subió hasta 3,447%, señal de una baja en la demanda. Horas después, todo volvió a la normalidad: el rendimiento de los bonos bajó a 3,372 por ciento.

"Si todos hubieran seguido a pie juntillas el aviso de S&P, tanto los bonos como el dólar habrían caído. Y sin embargo ambos subieron", subrayó el análisis de la consultora Ramsey King Securities. Hasta el premio Nobel Paul Krugman se rindió ante la evidencia. "La calificación de S&P se ha convertido en un «no episodio» para el mundo financiero", ironizó en su blog.

El sarcasmo de Krugman llegó, en efecto, luego de comprobar que lo que se suponía que era una dura advertencia para EE.UU. -y para el mundo financiero- no causó, siquiera, variaciones en la tasa de interés. "El aviso no ha tenido ninguna importancia", concluyó.

La Casa Blanca, al ataque

No es secreto para nadie lo que la Casa Blanca siente por las calificadoras. No en vano les reprocha su ceguera ante el fraude que alimentó la invasión de "papeles basura" en que cimentó la "burbuja inmobiliaria", cuyo estallido provocó la peor crisis financiera en la historia de este país. Crisis que le tocó atajar al presidente Barack Obama.

Pero, aun con ese desprecio, ni siquiera el sabor de lo históricamente inédito caló hondo en el optimismo de la administración demócrata, que, lo primero que hizo, fue apelar al reconocido recurso de matar al mensajero.
"La agencia se equivoca al subestimar la capacidad de los líderes políticos norteamericanos de unirse para superar la situación", sostuvo Mary Miller, del Departamento del Tesoro, al relativizar la advertencia de la calificadora.

Con las horas, el secretario Timothy Geithner, primero, y Obama, poco después, se sumaron a la consigna del "no pasarán" y, casi a coro, dijeron que "jamás" permitirán que ocurra una baja en la calificación de deuda, si bien ni uno ni otro niegan la gravedad de la situación.

Con un déficit fiscal equivalente al 10,6% del producto bruto interno en 2010 y con una deuda bruta nacional de 91,6% del PBI, es obvio desde hace tiempo que las finanzas de Estados Unidos están en problemas.

Por eso se sumó al coro el Fondo Monetario Internacional (FMI). Su economista jefe, Olivier Blanchard, sostuvo que EE.UU. "carece de un plan creíble a mediano plazo para reducir su déficit presupuestario". Para Blanchard, "hay razones para preocuparse" porque si bien "la orientación Obama es la correcta", lo cierto es que "aún no se han tomado las decisiones concretas".

Otros opinan que los mercados dan muestras de una paciencia hacia EE.UU. que ya no tienen hacia los países europeos más endeudados.

Para quienes están todos los días en el mercado, las cosas no son tan terribles. "La verdad es que Estados Unidos no está encontrando problemas para acceder al crédito" pese a lo de S&P, dijo a La Nación Nigel Gaulter, de IHS Global Insight.

Geithner lo explicó a su manera: "Hay confianza en la capacidad de nuestra economía para crecer, para hacer que podamos cumplir nuestros compromisos y obligaciones. Se nota en el precio al que tomamos crédito diariamente", dijo a Bloomberg TV.

En rigor, el debate que hay por debajo es otro, de más largo alcance, y apunta a determinar hasta qué punto EE.UU. seguirá siendo la primera economía del mundo y qué podría significar, por ejemplo, ceder el podio a favor de China.

"A veces me asusta pensar que seguimos creyendo ser los número uno del mundo y no somos capaces de dar dimensión a los desafíos que hay por delante", reflexionó recientemente en las páginas de Time el escritor y periodista Fareed Zekaria, autor del taquillero ensayo The Post American World. Desde su punto de vista, el hecho de ser la economía más grande del mundo, de acunar las empresas tecnológicas más dinámicas y el pujante ánimo emprendedor que caracterizó lo mejor de su historia ya no es suficiente.

China, a la caza de EE UU

El reciente informe de Perspectivas Económicas del FMI constata que China va a superar a EE.UU. La noticia, en todo caso, está en cuándo. De acuerdo con las proyecciones del organismo, el PBI chino "en paridad de poder adquisitivo" será el primero del mundo antes de lo que nadie pensaba: en 2016.

"Un cambio en la cabeza de la economía mundial es un evento raro que suele venir acompañado de convulsiones", recordó el historiador O'Rourke. Estados Unidos desbancó al Reino Unido hace un siglo, y ese avance estuvo vinculado a conflictos y a varias sacudidas económicas.

"Esta vez no es diferente: la crisis que dio comienzo en 2007 -"causada por blancos de profundos ojos azules", según el ex presidente brasileño Lula da Silva- dejó heridas en el sistema financiero y en el sector inmobiliario norteamericano. Los daños están aún a la vista y pesan en el ánimo colectivo.

Otros, en cambio, cultivan el optimismo que para muchos es religión en esta tierra. David Von Drehle, autor de The Fire that Changed America, suele retrucar que, en momentos como éste, si uno se esfuerza por reunir suficientes síntomas, puede llegar a diagnosticar que el país está enfermo. "Pero que eso no significa, de ningún modo, certificado de defunción", subrayó.

La historia, en todo caso, no es una ciencia exacta. "El final de la hegemonía estadounidense ya se anunció dos veces en el siglo XX", recuerda Tom Mayer, economista del Deutsche Bank. Primero fue Rusia, luego Japón: el fiasco fue total en ambos casos. "Y tampoco China tiene el panorama despejado", subrayó.

Más difícil es entrar en el día a día y tratar de diseccionar la inabarcable musculatura de la primera economía del mundo. En todo caso, lo primero son los hábitos.

Es verdad que la recesión frenó la demanda, motor del crecimiento norteamericano. Pero eso no es lo mismo que volverse frugales; de hecho si bien es cierto que el consumo cayó, también lo es el hecho de que su gasto sigue siendo de los más altos. Las estadísticas de la Reserva Federal revelan que los norteamericanos tienen una deuda acumulada por gastos de vivienda, auto y consumo seis billones de dólares más alta que la que tenían hace una década. O sea, muy lejos aún del ajuste de cinturón.

Puede que haya reactivación en algunos sectores, pero la cascada no riega a todos. Hasta el gobierno borra con la mano lo que escribe con el codo. Tras pasarse dos años pontificando sobre la necesidad de expandir el gasto para generar empleo, Obama ahora va por lo contrario y se ha convertido en un sacerdote del recorte.