27/4/11

Diversidad Cultural: ¿Es la cultura una mercancía más?


Paulo Slachevsky 

La reciente crisis sub prime que afectó con fuerza las economías de casi todos los países del mundo, puso de manifiesto una vez más que el mercado no se regula por sí solo, que el funcionamiento del sistema económico y financiero requiere a lo menos de regula­ciones, controles y leyes, que impidan, limiten, la especulación, la concentración, la colusión, el mal uso de la información, etc. Sin la acción de entidades regula­doras, el afán de lucro hace tambalear el modelo mismo en su lógica propia: económica, financiera.

No pode­mos sorprendernos entonces que sean fuerte­mente golpea­das otras áreas del quehacer humano cuando se ven subsumidas por las lógicas del mercado.


En sus características económicas, ellas son afecta­das por los mismos males de cualquier sector de la economía, que funcione sin un nivel básico de regula­ciones, como es la concentración. En sus características fundamentales, sino hay regula­ciones propias que equilibren las fuerzas del afán de lucro, simple­mente domina en muchos casos el horror. Sí, el horror; de que otra manera pode­mos llamar a la esclavitud, el trabajo infantil, las guerras por el petróleo, la matanza indiscriminada de ballenas, el aleteo de tiburones, por nombrar algunos. Si todos mira­mos el mundo solo desde la perspectiva comercial, difícilmente se habría entablado la lucha contra prácticas como las señaladas.

En la construcción de mundo, la defensa de la paz, de los derechos humanos y laborales, la protección del medio ambiente, han venido a frenar excesos y crueldades del sistema económico. La búsqueda por subordinar o al menos equilibrar, los intere­ses económicos respecto de otras perspectivas, ha sido uno de los elementos que está a la base de la lucha por mayores derechos humanos y sociales, y ha tomado un rol significativo en la construcción de una institucionalidad internacional que da lugar a organismos como la  OIT, UNESCO, FAO, OMS, la Corte Penal Internacional, etc. además de una serie de Convenciones Internacionales. No es aceptable en tal sentido que la Organización Mundial de Comercio, OMC, reine tal Zeus en el Olimpo sobre los otros organismos y trata­dos internacionales, considerándolos como dioses menores. El desa­rrollo, la justicia y la construcción de un mundo en paz requieren un trato equilibrado entre múltiples variables, de la cual la económica es sin duda relevante, pero no prima por sobre la vida, la justicia…

Y en ese contexto, la búsqueda de un mundo más humano donde las diferentes características e intere­ses busquen cierta armonía, se levantan los derechos culturales y entra al escena­rio la Convención Internacional para la Protección y Promoción de la Diversidad de las Expresiones Culturales, adoptada el año 2005 por Unesco y ratificada por Chile el año 2007.

Un mosaico de culturas diferentes

La cultura, como la educación, son a la vez medio y fin de lo humano. Como señala la Declaración de México de Unesco en 1982, “la cultura da al hombre la capacidad de reflexionar sobre sí mismo. Es ella la que hace de nosotros seres específicamente humanos, racionales, críticos y éticamente comprometidos.” “La civilización es un mosaico de culturas diferentes” señala en el informe Pérez de Cuellar, y cuando ese mosaico empieza a verse golpeado por el dominio de un tipo de cultura, es la misma civilización que entra en peligro.

Clara­mente eso ocurre en el marco de la globalización, donde las lógicas de mercado han llevado no solo al dominio de un tipo de producción cultural, sino un nivel de exclusión de lo otro, lo diferente. En tiempos en que la libertad de expresión es un valor fundamental, ¿Es posible quedar indiferentes ante la censura del mercado?

Como señala el Instituto de Estadísticas de Unesco de UNESCO, India es el país que más produce películas con 1071 el 2006, lo sigue Nigeria con 872 largometrajes. Esta­dos Unidos produjo solo 472 ese año, seguido por Japón con 417, China 330, Francia 203, etc. Pese a que la producción de película crece y se multiplica en los diversos rincones del mundo, más del 90% de las películas exhibidas en pantallas de cine y TV son de origen norte­americano, industria que produce menos del 10% de los largometrajes a nivel mundial.  Mirar la cartelera de cines en Santiago, en cualquiera de los periódicos, es un claro ejemplo. El cálculo rea­lizado en una reciente tesis da como “botón de muestra el domingo 19 de diciembre del 2010…, excluyendo las salas de Cine Arte (7 en la capital)…, 792 funciones en 19 cines, exhibiendo 15 películas diferentes, de las cuales 13 eran superproducciones norte­americanas, una era inglesa y una chilena. De las 792 funciones, 5 fueron para exhibir la película chilena, y 6 funciones para la inglesa. Es decir, en términos porcentuales, estas once funciones representa­ban un 1,4% de la exhibición total de un día. Las tres películas que más se exhibieron –“Tron: El legado”, “Harry Potter 7” y “Crónicas de Narina 3: La travesía del viajero del Alba”– copa­ron 560 funciones, concentrando así un 70,7% de la exhibición total de cine en un día en Santiago.” ¡Un 98,6% de las pantallas comerciales de la capital dedica­das al cine de Hollywood!

Lo mismo ocurre cuando vemos la programación de cine o series en TV cable o de películas en un avión, una y otra vez lo mismo, lo que ya ni nos sorprende, como si solo existiera ese cine.  Muchas veces no se le dedica ni un uno % a lo diferente.

¿Libertad? ¿Diversidad? ¿Pluralidad? ¿Democracia? Clara­mente esos valores no los da el mercado en cultura: ni en el cine, ni con el libro y la música. Menos aun en las artes escénicas, la plástica y otra expresiones creativas.

Y por eso mismo fue tan abruma­dor el apoyo para la elaboración, aprobación y pos­te­rior ratificación de la convención para la protección y promoción de la diversidad de expresiones culturales en Unesco, la que reconoce “la índole específica de los bienes y servicios culturales, los derechos soberanos de los Esta­dos a conservar, adoptar y aplicar las políticas y medidas que estimen necesarias para proteger y promover la diversidad de las expresiones culturales en sus respectivos territorios; fortalecer la cooperación y solidaridad internacionales en un espíritu de colaboración, a fin de reforzar, en particular, las capacidades de los países en desa­rrollo con objeto de proteger y promover la diversidad de las expresiones culturales”, la importancia de un intercambio cultural diverso, y que el derecho de los esta­dos a regular soberana­mente en materia cultural como en el ámbito del medio ambiente, no pueda quedar truncado en las negocia­ciones internacionales de libre comercio.

La experiencia de estos años hace evidente la necesidad de una acción mancomunada de la sociedad civil e instituciones públicas para lograr que toda la riqueza de las expresiones culturales no sea marginada. Y en ello tomó parte activa el movimiento de las Coa­liciones para la Diversidad Cultural, con presencia en países de todos los continentes.  En tiempos en que las tecnologías permiten, como nunca antes, la multiplicación de obras y su factibilidad de viajar más allá las fronte­ras, no es posible que tenga­mos menos posibilidad que en los años 60 de leer poetas latinoamericanos, ver cine mexicano, francés o italiano, escuchar música chilena en las radios locales.

Como ocurre con el medio ambiente, ¿será necesa­rio que siga acelerándose la desa­parición de  lenguas y culturas para que reaccione­mos? ¿Que siga incrementándose la brecha entre una cultura de masas homogeneiza­dora y toda la diversidad de las expresiones culturales? Ello, sin duda, contribuye también a la construcción de una sociedad donde la violencia y desigualdad domina. Es fundamental en tal sentido hacer explícita la tensión entre cultura y comercio; respetar en el marco de las negocia­ciones internacionales de libre comercio los compromisos suscritos en la Convención; resguardar la capacidad regula­dora del estado en materia cultural; ampliar el abanico de políticas culturales con medidas más proactivas que no se limiten a subsidios y fondos consursables; recuperar la valoración social de las expresiones culturales locales en nuestras sociedades y trabajar para construir un marco sustentable para las industrias culturales y las artes creativas de cada país, que colaboren -en particular- a reconstruir un tejido cultural en y entre los países de América Latina y el mundo.

Paulo Slachevsky nace en Santiago en 1964. Fotógrafo entre 1983 y 1989. En 1990 junto a Silvia Aguilera, funda LOM Ediciones, editorial que la fecha tiene más de mil cien títulos publicados. Fue presidente fundador de la Asociación de Editores de Chile que reúne a hoy a cincuenta editores independientes y universitarios, y de la Coalición Chilena para la Diversidad Cultural de la cual es hoy director. Fue Vicepresidente de la Federación Internacional de Coaliciones para la diversidad cultural. Condecorado como caballero en la Orden de las Artes y las Letras por el gobierno de Francia en agosto 2005.
Fuente: http://www.carcaj.cl/2011/04/diversidad-cultural-%C2%BFes-la-cultura-una-mercancia-mas/