29/4/11

Arthur Koestler: Una vida entre dos hogueras


José Luis Pardo

Las Memorias de Arthur Koestler son una verdadera mina a propósito de las causas y los mecanismos psicológicos del fanatismo

En 1932, tras perder su empleo en la prensa alemana al divulgarse su afiliación al comunismo, Arthur Koestler, que entonces tenía 26 años, se preparaba para emigrar desde Berlín hacia la URSS en busca de la tierra prometida. Gracias al Partido había firmado un contrato con una editorial soviética para escribir un libro titulado Rusia vista por un burgués, en el que un periodista liberal, al conocer los formidables resultados del Plan Quinquenal, se convertía sinceramente al comunismo y se hacía un acérrimo defensor de la Unión Soviética.

Como luego fue notorio, el resultado terminó siendo, a la larga, exactamente el contrario. Koestler comenzó su viaje pertrechado con una inflexible coraza ideológica y emocional de fidelidad a la utopía marxista, y fue acumulando una formidable cantidad de experiencia, en un viaje a lo largo y ancho del territorio estalinista, sobre la realidad del país, del Estado, del Partido, de la sociedad y de la organización política que había ido a conocer, una experiencia que contradecía frontalmente sus convicciones y sus propósitos y que, tras múltiples avatares (su militancia antifascista le llevaría primero a prisión franquista en Sevilla y luego a un campo de concentración nazi en Francia).

Foto: Arthur Koestler en su estudi
Esta situación haría de él un testigo incómodo en un medio intelectual que, en su inmensa mayoría y con honrosas excepciones como Orwell o Víctor Serge, se había impuesto un pacto de silencio cómplice con las atrocidades del Komintern. Además de su obra literaria propiamente dicha, las Memorias de Koestler son una verdadera mina a propósito de las causas y los mecanismos psicológicos del fanatismo, porque nos muestran que los resortes que mantienen viva la ceguera a propósito de todo aquello que contraviene nuestros deseos y expectativas no son patrimonio de mentalidades excepcionalmente planas o violentas, sino que pueden perfectamente florecer en el espíritu científico y ser compatibles con la sofisticación intelectual, que pone al servicio de esa ceguera los recursos más insospechados. Al principio de su inmersión en el aparato del Partido Comunista berlinés, Koestler capta perfectamente el dispositivo de simplificación que dicta los principios de la lucha política: los dirigentes de las células "no sabían ni creían que el canciller democristiano Brüning fuera un verdadero opositor a Hitler, o que existiera alguna diferencia entre un tory inglés y un nazi alemán. Para ellos, la democracia era una forma camuflada de la dictadura de la clase dirigente capitalista, y el fascismo su forma abiertamente declarada (...) En el amplio panorama de la historia, los matices no importaban, y sólo el telescopio dialéctico revelaba la verdad esencial".

Como Hannah Arendt distinguió tempranamente, lo políticamente decisivo de esta ceguera intelectual es negarse a admitir el término "totalitarismo". Pues mientras por "totalitarismo" se entienda únicamente una artimaña propagandística con la que el capitalismo etiqueta todo lo que se resiste a su expansión ilimitada (una posición que aún hoy defienden neocomunistas de salón como Alain Badiou o Slavoj Zizek), la contraposición dominante seguirá siendo "capitalismo/comunismo", y cualquier infamia del segundo quedará justificada con tal de mantener la pugna contra el primero. Por el contrario, si la contraposición real es la que se da entre democracia y totalitarismo, no solamente se esclarece que el Estado mismo se vuelve imposible allí donde la ciudadanía se ha convertido en funcionariado, sino que además se manifiestan los isomorfismos entre los regímenes fascistas y los comunistas, como nos enseña Koestler cuando capta inmediatamente el parentesco entre el desprecio nazi por la "inteligencia" de los judíos, comparada con el "instinto" de la raza aria, y el desprecio comunista hacia los intelectuales pequeño-burgueses frente a la "corrección natural" de la conciencia de la clase obrera. Como quizás ocurra con toda fe inquebrantable, la confianza en el "sistema" en mitad de las arbitrariedades y las injusticias no depende únicamente de que sus fieles dispongan de una explicación lo suficientemente elástica como para legitimar cualquier cosa, sino ante todo de la complementación de esa fe con una "filosofía privada y secreta cuyo fin no es explicar los hechos, sino dejar de explicárselos".

Aunque Koestler se presenta como "el caso histórico típico de un miembro de la clase media instruida centroeuropea nacido a principios del siglo XX", el epílogo añade un matiz importante a ese tipismo: se trata de un panfleto de la SPD con dos viñetas; en la primera, fechada en 1933, Goebbels lanza a la hoguera un libro de Koestler bajo la mirada aprobatoria de Hitler; en la segunda, referida a 1952, el presidente de la República Democrática Alemana arroja a otra hoguera un libro de Koestler en presencia de un satisfecho Stalin. Y él, que escribía contra los nazis en la Rusia de Stalin y contra la Unión Soviética en el París ocupado por Hitler, reconoce su singularidad: "Que le quemen a uno dos veces en su vida es, después de todo, una rara distinción".