16/3/11

Umberto Eco propone y hace un Elogio del Resumen

Foto: Umberto Eco

Todos hemos padecido resúmenes mal hechos o hemos sufrido por haber llegado a ciertos textos solamente a través de un resumen. Y odiamos la escuela cuando nos hacía hacer resúmenes. Sin embargo, los resúmenes son como el estudio de memoria: por sí solo no basta y hace daño. Pero cuidado con no aprender textos de memoria. Estudiar de memoria mantiene la memoria en ejercicio y permite que un texto que amamos nos acompañe por largo tiempo. Más aún, nos permite también descubrir –años después– que un texto que nos obligaron a estudiar de memoria podía y debía ser recordado.

El resumen tiene dos funciones, una para quien lo hace y otra para quien lo lee. Pienso que hacerlo es mucho más importante que leerlo. El arte del resumen es importante y utilísimo, y se aprende haciendo muchos resúmenes.


Hacer resúmenes enseña a condensar las ideas. En otras palabras, enseña a escribir. Al terminar la universidad seguí un curso en la televisión para telecronistas y nuestro adiestrador, Pier Emilio Gennatini, nos ponía frente a una pantalla en la que transcurría un trozo de noticiario, mudo. En las manos teníamos el texto correspondiente de una agencia de noticias. Como primer ejercicio, suponiendo que el trozo fuese de dos minutos, debíamos escribir un resumen de la noticia que durara un minuto y medio. Ya el segundo ejercicio consistía en decir las mismas cosas en un minuto. Y en la tercera prueba no podíamos ir más allá del medio minuto. Algo se perdía, naturalmente, pero el arte del resumen consiste también en eso, en saber qué cosa se puede pasar por alto; y en reconocer que algo que se dice en medio minuto no es por cierto lo que se ha dicho en dos minutos, por lo cual es necesario decidir que es verdaderamente importante y central. Otro ejercicio que me sirvió mucho consistía, por los años cincuenta, en escribir muchas y brevísimas fichas bibliográficas para la “Revista de Estética”. Hice centenares de ellas. Fue una experiencia que todavía hoy me sirve, incluso en este momento en el que se me pide que escriba una reflexión sobre el resumen en el espacio de dos cuartillas. Sobre el argumento se podría escribir un libro. Pero se requiere escoger.

Un tipo especial de resumen es el resumen de una novela. Claro está que no se puede resumir toda la trama. Escoger no significa solamente seleccionar los hechos, sino también pronunciar implícitamente un juicio crítico. Por lo tanto, el resumen de una novela no es nunca un caso de simple información, es un acto crítico. Una vez, Francis Fergusson dijo que el resumen de “Edipo Rey” era: “Busquen al culpable”. No está mal, se sobreentiende hasta la interpretación freudiana.

De ello se deduce, para el lector de resúmenes, que el resumen de una novela no servirá jamás para saber algo sobre la novela, sino para saber algo sobre el crítico que la resume. Aunque a veces un buen resumen pueda decir más de una novela que lo que dice un libro de doscientas páginas. Depende.

Trataré de dar ejemplos de algunos resúmenes posibles del “Ulises” de Joyce. El primero es el que aparece, en diez y seis líneas mecanográficas, como se había solicitado, entre las muestras que siguen a este artículo. Me he puesto el problema de decirle a alguien que no lo sepa, en qué sentido el “Ulises” es una novela sin detenerme solamente en la trama porque el “Ulises” es una novela en la cual la trama es en gran parte pretexto. Pero hubiera podido hacer un resumen del todo, diverso, con fines no didácticos. Por ejemplo: “Salido a la metafísica búsqueda de un hijo, judío dublines sensual y enredador, mete un amante en la cama de su insatisfecha mujer”. O en cambio: “La vida cotidiana de Dublín, ciudad universo, vista en parte desde afuera y en parte desde adentro a través de la cabeza de tres personas”. O este otro: “El mito homérico revisitado en clave pequeño burguesa, o bien nuestra épica no puede estar sino de chaqué y sombrero hongo, y no sabemos quién nos espera en Itaca”. Último: “Un joven que filosofea, un hombre que quisiera hacer el amor, una mujer que lo hará, pero mientras ellos piensan, quien de veras hace el amor es el lenguaje”. Todos letreritos de cartel de película con bolas y estrellas que, sin embargo, contienen una interpretación, una indicación de lectura, ajenas a toda charla.

ROBINSON CRUSOE (1719), DANIEL DEFOE
Italo Calvino

Un náufrago, único que se salva, logra llegar a una isla desierta. Consigo sólo tiene tabaco y pipa. De los despojos del naufragio recupera provisiones, ron, armas, municiones (cazará aves y cabras), hacha y sierra (construirá un fortín), semillas de trigo (plantará y cosechará). Encuentra también dinero (“¿Para qué sirve?”, pero lo toma), plumas, tinta y papel; tres biblias; perros y gatos. Se hace una mesa, una silla, se pone a escribir un balance de su suerte en dos columnas, el mal y el bien que lo compensa; por lo que agradece al cielo. Todo lo hace por sí mismo; reinventa la agricultura; hace de vasijero; se viste de pieles. Posee un papagallo, sola voz amiga. Después de quince años de soledad (anhelando reencontrar a sus semejantes) un descubrimiento lo aterroriza; la huella de un pie en la arena. Hay tribus que suelen desembarcar para celebrar ritos caníbales. A tiros salva una futura víctima. El salvaje Viernes, agradecido, se convierte en su siervo: obediente trabaja la tierra; estudia el evangelio. Otras víctimas, vienen liberadas; el padre de Viernes y un blanco (pero español, es decir enemigo; otro peligro!).

Al fin desembarcan unos ingleses: llevan prisioneros atados (Viernes cree también caníbales a los blancos); son marineros amotinados. Los oficiales salvados recuperan el barco: después de 28 años Robinson deja la isla.

CRIMEN Y CASTIGO (1866), FEDOR DOSTOIEVSKI
Alberto Moravia

El Rastignac balzaciano, imitador de Napoleón, que lanza el famoso reto: “Ahora París para nosotros dos”, en la imaginación mística y sármata de Dostoievski, algunos decenios más tarde se vuelve Raskolnikoff, estudiante, pobre y desocupado que, apoyándose también él en Napoleón, se atribuye el derecho de desembarazarse de una inmunda usurera. Pero el delito queda en delito, máxime que Raskolnikoff no puede dejar de matar también a Isabel, la inocente hermana de la usurera. A partir de este momento la novela deja de describir la alterada relación entre individuo y sociedad, y se convierte en la historia de un remordimiento, es decir en la descripción de la relación de un hombre consigo mismo, y da así inicio a toda la corriente existencialista de la narrativa europea.

En “Crimen y castigo”, como en cualquier novela que se respete, hay dos historias paralelas; la de Raskolnikoff y la de Svidrigailoff, burgués ocioso y corrupto. Mientras Raskolnikoff, aquijonea dialécticamente por el sutil comisario Porfirio y moralmente por la prostituta Sonia, va hacía el inevitable castigo y hacia la inevitable conversión cristiana, Svidrigailoff, azuzado por la conciencia de la propia negatividad, va hacia el inevitable suicidio.

ULISES (1922), JAMES JOYCE
Umberto Eco

Stephen, intelectual, símbolo del exilio espiritual, ironiza la liturgia, conversa con un filisteo, contempla filosóficamente el mar. Leopold, judío pequeño burgués, símbolo del exilio carnal, marido traicionado y acostumbrado de Molly, va en la búsqueda inmediata de una paternidad insatisfecha. Come riñones, va al baño turco, sigue un funeral, pasa por un periódico, desayuna, entra en la biblioteca donde entrevé a Stephen que habla de Shakespeare, vaga por las calles, bebe en un bar, pelea en la taberna, se masturba en la playa, visita una parturienta, al fin en el burdel encuentra a Stephen y se lo lleva a su casa donde descubre que sus cajones están poblados como el mundo, del cual, en el fondo, todo el libro reproduce la estructura, representando poco a poco por medio del lenguaje, verdadero protagonista de la historia, las partes del cuerpo, los capítulos de la “Odisea”, las técnicas literarias, las ciencias, las artes, los símbolos arquetípicos.

En tanto, Molly, semidormida, fantasea con amores pasados y a lo mejor con un futuro con Stephen, de modo que se pueda finiquitar una oscura y blasfema relación trinitaria. Los hechos de la novela no cuentan tanto por lo que son, sino en cuanto aparecen y, se concatenan en el monólogo mental de los protagonistas.

LOS NOVIOS (1840), ALEJANDRO MANZONI
Viero Charto

El hilandero Renzo Tramaglino y la hilandera Lucía Mondello están por casarse, Don Rodrigo, un señorito ardiente en deseo por Lucía, procura impedir el enlace. Un fraile se mete, por lo que parece caritativamente. El matrimonio se esfuma, pero fracasa también un intento de rapto a la joven. Lucía se refugia en un convento y Renzo se va para Milán. Envuelto tontamente en un tumulto callejero, el joven huye de los esbírros y atraviesa la frontera. Don Rodrigo no desiste y por medio de un amigo, el Innombrado consigue raptar a Lucía. Pero el amigo se arrepiente y entrega la joven al cardenal Federigo. Mientras tanto irrumpe la peste, que soluciona todo. Muere don Rodrigo, Renzo regresa del exilio, se casa con Lucía, se convierte en empresario textil y luego en padre de numerosa prole. De esta manera, deja entender Manzoni, obra la Divina Providencia.

LA CARTUJA DE PARMA (1839), STENDHAL
Attlio Bertolucci

Fabrizio del Dongo, noble joven lombardo, huye de los amenos lugares de la infancia y de la tétrica familia reaccionaria (excepción hecha de la madre y de la bella tia Gina, duquesa de Sanseverina) para seguir a Napoleón en sus empresas, dignas de César y de Augusto. Pero le toca asistir, más que participar, a la derrota de Waterloo, de dónde saca heridas y desilusiones.

Vuelto a Italia en pleno reflujo, termina por refugiarse en Parma, donde su tía –la cual está enamorada de él y es a su vez amada sin esperanza por el primer ministro, el conde Mosca–, quien lo proteje. Pero sólo hasta que puede; el soberano, otro de los rechazados por la tía, con un pretexto lo mete en prisión. De allí huye con la ayuda de la tía y de Clelia, hija del director de las cárceles, de la que se enamora locamente.

Habiéndose refugiado en un convento y convertido en eminente prelado, tiene un hijo de Clelia; muertos ambos, se retira, penitente, para terminar sus días en la Cartuja de Parma donde ya «las prisiones estaban vacías; el conde inmensamente rico, Ernesto V adorado por sus súbditos».

LA DIVINA COMEDIA (1307-21), DANTE ALIGHIERI
Giovanni Mariotti

Florentino de media edad y, por lo tanto, en un período difícil como tantos de entre nosotros, el Yo narrante se interna desvariadamente en la oscuridad de una selva el día 8 de abril de 1300, y por ahí se pierde hasta ver al fin un soleado morro a cuya cima quisiera subir para orientarse, pero no se lo permiten tres feroces fieras. Se ve obligado a emprender, con la ayuda de Virgilio el poeta, una larga desviación, excesiva opinará alguno, puesto que para volver a Florencia debe bajar, a lo largo de ciertos populosos escalones, hasta el centro de la tierra, por donde queda el Infierno, y luego llegar hasta los antípodas de Jerusalén, escalar una montaña que hay allá -y que es el Purgatorio- desde cuya más alta grada se eleva, a través de los cielos, de la Luna, de Mercurio, de Venus etc., hasta el Empíreo, donde ve tres círculos multicolores que son la Santísima Trinidad.

Todo esto sucede, ni más ni menos, en el curso de la desviación y durante una semana, sin que al fin se nos diga nada de la última etapa del recorrido, es decir del “nostos” o regreso, que debería conducir al protagonista a su casa y a su ciudad. Pero en el fondo esto no importa tanto pues el viaje ha sido largo e interesante, el poema se ha terminado y, en resumen, como dicen las guías francesas de ciertos restaurantes y monumentos insignes, “Trinité vaut le détour”, “La trinidad merece una desviación”.

EN BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO (1913-27), MARCEL PROUST
Giovanni Raboni

Swan, rico amador del arte que frecuenta a los aristócratas, entre ellos a los Guermantes, se enamora de una cocotte, Odette de Crécy, y se casa con ella. Marcel, joven achacoso y sensible, se enamora de Gilberte -la hija de aquéllos, y luego de Albertine, en la cual sospecha tendencias sáficas. Uno de los Guermantes, el barón de Charlus, se enamora del músico Morel. Atormentadas pasiones, marcadas por los celos y por la imposibilidad de conocer a quien se ama.

Cottard en un médico famoso; el ídolo de las mujeres, Saint-Loup, es homosexual; Odette y la ridícula Madame Verdurin llegan a emparentarse con los Guermantes.

Sólo en el tiempo, y en la memoria que recompone su fluir, eso que en el presente está perdido recupera realidad y sentido; a tal reencuentro Marcel, convertido en escritor, dedicará la vida.

¡MENOS PALABRERIA!
Italo Calvino

Umberto Eco hizo un “Elogio del resumen”, y siete escritores resumieron siete libros famosos (quince líneas mecanográficas era el límite fijado). Me parece un argumento que no se debe pasar por alto, que puede tener implicaciones sustanciales, bien sea como propuesta de un modelo estilístico (ejercicios de concisión, de economía de palabras, de carga semántica concreta, son más que nunca necesarios para cualquier escribiente o aspirante a la escritura que quiera defenderse de la peste verbal que nos rodea) o bien sea como método pedagógico.

Pedagógico para quien hace el resumen más que para quien lo lee, como oportunamente precisa Eco, el cual reivindica la insustituible utilidad de dos prácticas escolares de otros tiempos, hoy caídas en desuso; el aprendizaje de memoria (otro argumento sobre el cual valdría la pena insistir) y el resumen. Eco escribe con acierto que “el resumen de una novela no es nunca un caso de simple información; es un acto crítico”. De hecho resumir significa escoger aquello que es indispensable decir y lo que se puede omitir, y esto equivale a “pronunciar implícitamente un juicio crítico”.

Dicho esto, quisiera introducir aquí otras reglas del juego que para mí son esenciales y que se pueden formular (resumir) en una norma general; el resumen debe elaborarse con enunciados, pensamientos y en lo posible con palabras contenidas en la obra que se resume, o sea debe tender a dar cuenta también del aspecto formal, estilístico, resaltando el espíritu que aquella determinada forma expresa. En fin, no debe ser un discurso sobre la obra, un comentario, una definición de su significado en lenguaje crítico-teórico, pues de lo contrario se convertiría en un breve ensayo crítico. Este último es otra cosa, tal vez preferible si se lo compara con un ensayo largo y recargado (no se acaba de enseñar suficientemente que el laconismo y la agudez son los mejores medios para segurar al pensamiento la capacidad de comunicar e imponerse), pero no tiene nada que ver con lo que el resumen pretende.

Quisiera que ésta fuera una ocasión para subrayar una distinción en cuanto género literario, en cuanto método, en cuanto lenguaje; o es un resumen o es un comentario Mi impresión es que la escuela de hoy tiene una función de deseducación literaria porque tiende permanentemente a sustituir la obra del poeta o del escritor con un discurso en términos intelectuales abstractos, como si las dos cosas pudieran ser de alguna manera equivalentes. Mientras que la utilidad del resumen está precisamente en el hecho de que debería obligar a buscar entre los mismos elementos que constituyen la obra aquellos más esenciales, sin recurrir a una terminología ideológico profesoral. Para hacer esto, o sea para hacer realmente del resumen un acto crítico y creativo es ciertamente necesario como primera medida exorcizar el espectro del mal resumen, plano, insípido, falsamente objetivo, de la más tediosa tradición escolar; y hacer implícita en la operación selectiva nuestra intención, sea ésta de indiferencia, de ironía, de valorización, o tal vez de inversión del punto de vista.

Estoy convencido de que Eco comparte mi punto de vista aunque su “Elogio”, hacia el final, deje la duda de que el resumen ideal pueda ser un microensayo de comentario a la obra; y también el ejemplo con el cual él participa al certamen de los quince renglones (el resumen del “Ulises” de Joyce) sería un modelo perfecto si en un par de frases no se desviara hacia el metalenguaje crítico. Del “Ulises” Eco propone también micro resúmenes de tres renglones, algunos de los cuales corresponden a mi idea de resumen; mientras otros son ensayos críticos en miniatura.

Un microensayo que contiene un resumen es el que hizo Moravia de “Crimen y Castigo” porque está construido como un comentario aunque todos los personajes y los hechos principales estén allí. Otro tipo de trabajo es el que hace Giovanni Mariotti con “La Divina Comedia” al que encuadraría en un género muy significativo de la literatura de hoy el libro paralelo, la relectura-paráfrasis. Diría, por lo tanto, que estos ejemplos se alejan, unos más, otros menos, de lo que debería ser un resumen.

Ya siento venir la objeción; tú eres muy bueno para hablar pero te escogiste la novela más fácil para resumir que exista, “Robinson Crusoe”, que en gran parte se reduce a un solo personaje y posee una trama muy reducida. Responderé que lo escogí para ver cómo las características de aquella obra pudieran ser expuestas con el mínimo de palabras; el proceder por elencos, inventarios, enumeraciones, y la mezcolanza de crueldad mercantil y contrición religiosa. Quería dar cuenta de todo esto usando sólo términos concretos y sobrios como, es el estilo de Defoe. Mi idea es que un buen resumen debería siempre incluir algún detalle que aunque parezca inesencial sea un cambio necesario para representar la sustancia expresiva del libro. Pero con este sistema se termina fatalmente por sobrepasar el límite de las quince líneas.

Que un verdadero resumen se pueda también hacer una obra vasta y complicada lo prueba Giovanni Raboni, que se escogió la tarea más difícil; la Recherche de Proust. Desde el punto de vista del método me parece un óptimo ejemplo, así como el Stendhal de Bertolucci. “Los novios” de Chiara son un ejemplo de resumen desnudo y crudo en el cual no hay ni siquiera una frase de intervención crítica; pero hay una intervención crítica escondida en el lenguaje indiferente y reductivo que no deja filtrar nunca la voz de Manzoni. En un buen resumen la atmósfera estilística debe al menos sugerirse.

En fin, me he convencido de que hacer verdaderos resúmenes es un ejercicio saludable tanto para los muchachos que van a la escuela como para los profesionales de la escritura, porque nos obliga a abstenernos de las facilidades del léxico intelectual, y a observar los textos desde dentro.

Fuente: Libros y Artes: revista de cultura de la Biblioteca Nacional (Perú). 2003. Nº 4, p. 24-26 - http://letras.s5.com/he140311.html
Traducción de Bárbara Lombana