14/3/11

Tambores de guerra


Miguel Manzanera  / Especial para Gramscimanía

Los medios de comunicación en las democracias avanzadas, auténticos instrumentos para la manipulación de la opinión pública, han desatado una campaña de propaganda contra Muammar al-Kadhafi, con el objetivo de justificar una invasión en Libia. La situación es tan confusa que muchos observadores internacionales, situados más o menos entre la izquierda, han dado por buenas las acusaciones al gobernante libio sin exigir una investigación que esclarezca los hechos. Y eso a pesar de la experiencia reciente. ¿Tal vez se han olvidado las mentiras que se propalaron en la prensa occidental como excusa para la invasión de Irak? ¿No resulta evidente que los motivos de esa campaña de prensa no son humanitarios, sino crematísticos? 

Cuando oigo las críticas hacia Kadhafi, tengo la certeza de que la intención oculta es defender la hegemonía de ‘occidente’ en el mundo.

Las mentiras de la política internacional han quedado suficientemente al descubierto en la última década; así que muchos tenemos derecho a dudar de una información que nos llega desde los medios de comunicación. 

No es que Kadhafi sea un hombre simpático; es que los criminales que gobiernan el mundo son auténticos monstruos a la hora de violar los derechos humanos de los pueblos y las personas; los gloriosos ejércitos humanitarios de la OTAN tienen un largo historial de crímenes contra la humanidad a sus espaldas.

No quiero defender a Kadhafi, todos sabemos lo que ha hecho estos últimos años. Sus fotografías con los grandes líderes occidentales han recorrido abundantemente las redes de comunicación. Pero, sobre todo, no quiero caer en la torpeza de considerar que occidente representa algún valor superior, por encima de los intentos -más o menos fallidos o afortunados-, de las ‘otras’ naciones y culturas por superar la sumisión impuesta por los ejércitos coloniales e imperiales de la civilización europea.

Creo firmemente en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, y todo el derecho internacional que se ha creado en el último medio siglo. Creo en ellos sin la ingenuidad criminal de las masas occidentales adormecidas por la propaganda oficial, que duermen el sueño de los justos y están llenas de buenas intenciones. Precisamente porque quiero encontrar instrumentos para que esa legislación se haga realidad, me doy cuenta de que esas declaraciones actualmente apenas son algo más que una ideología al servicio de la OTAN. Hay que lavarse la conciencia para cometer impunemente crímenes contra la humanidad, cuando los derechos humanos se esgrimen como argumentos contra los líderes díscolos de las ‘otras’ naciones. Sepulcros blanqueados, terroristas disfrazados de hermanas de la caridad.

No defiendo a Kadhafi. Los hechos acaecidos en Libia durante estas últimas semanas deben ser esclarecidos ante un tribunal internacional y ante los tribunales libios. Tal vez entonces sepamos si es este hombre es un criminal o una víctima. Pues Kadhafi ha proclamado suficientemente su inocencia de los crímenes que se le imputan y todo ser humano tiene derecho a la presunción de inocencia; parece que alguno de nuestros preclaros defensores de los Derechos Humanos no conocen bien en qué consisten esos derechos.

Si Kadhafi es culpable merece que se le condene. Pero a mi me gustaría también que, al mismo tiempo que se juzgan esos hechos libios, se juzguen las invasiones de Irak y de Afganistán y a quienes las provocaron, el genocidio del Kivu, los crímenes de Israel contra el pueblo Palestino, los de la monarquía hachemí de Marruecos contra los saharauis y contra el pueblo marroquí, el Estado terrorista colombiano, los golpistas hondureños, las dictaduras latinoamericanas de los años 70, etc., etc., etc. En este país donde vivo, todavía hay crímenes contra la humanidad que no han sido juzgados desde hace más de 60 años. Es mucha la ignominia que soportamos, para que ahora vengan con unas calumnias interesadas a convencernos de que nuestros ejércitos deben continuar cometiendo crímenes contra la humanidad para castigar a supuestos criminales.

No seamos ingenuos. Esa proclamada invasión tiene varios objetivos importantes a cubrir. En primer lugar, apoderarse del petróleo y el gas libio, que suministran el 15% de la energía que se consume en Europa, y que son absolutamente necesarios para que la economía europea salga de la crisis económica en la que se ha metido en los últimos dos años. Si el precio del petróleo sigue subiendo, como lo ha hecho en el último mes, los pueblos europeos tendrán más problemas. En primer lugar, el Estado portugués, con grandes dificultades para sortear la crisis, podría entrar en bancarrota, como le ha pasado ya a los Estados griego e irlandés, los cuales podrían volver a hundirse a pesar de los planes de rescate. Ni que decir tiene, que el siguiente en la lista es el Estado español, y que eso significaría un serio varapalo para la Unión Europea por su tamaño e importancia.

Me extrañaría que alguien usara este argumento económico para justificar la invasión. No serán los líderes occidentales quienes lo hagan: sus argumentos son humanitarios. Estoy seguro, sin embargo, de que ése es la principal causa, por la que Zapatero ha enviado a Libia a un alto cargo del Ministerio de Defensa para hablar con la oposición armada contra Kadhafi. Con permiso de Obama, claro.

Pero en segundo lugar, hay un motivo tan fuerte como éste para promover la guerra contra Libia. Tras las dudas que la crisis financiera ha traído entre las poblaciones de las democracias liberales, las revoluciones en el mundo islámico crean una situación de inestabilidad peligrosa para el orden mundial. El fracaso del sistema capitalista, por la crisis financiera y por la gestión neoliberal de la crisis, amenaza la credibilidad del orden social en Europa. En esas circunstancias, la receta de la derecha consiste en una guerra que refuerce espíritu patriótico de los europeos, cohesione a la sociedad liberal en la defensa del estatu quo, y demonice a los otros pueblos, cargando sobre ellos el debe de la crisis. La política europea y norteamericana de nuestros días, cada vez más escorada hacia la derecha, podría compararse, salvando las distancias, con aquella Dictadura Argentina de los años 80, que provocó la guerra de las Malvinas para aliviar la tensión interior; sólo que ahora no es una guerrita aislada, sino un conflicto de grandes dimensiones: una guerra de civilizaciones.

¿Está el mundo preparado para aceptar y consentir tal política desfachatez? ¿Se resignarán Rusia y China, Brasil y Sudáfrica, las naciones africanas, americanas y asiáticas, a soportar las necesidades europeas de petróleo?, ¿sacrificarán su futuro en aras del bienestar de los países civilizados? ¿Pueden maniobrar las corruptas monarquías árabes para conceder la venia de la invasión al amigo americano, mientras contienen las revueltas de sus pueblos? ¿Hasta qué punto la OTAN está dispuesta a forzar la coyuntura histórica?, ¿hasta qué punto lo necesita? ¿Está dispuesta la decadente hegemonía ‘occidental’ a jugarse el todo por el todo en una prueba de fuerza en Libia? Las incertidumbres dominan el actual momento histórico.

A pesar de todo el jolgorio mediático por la próxima aventura militar -las declaraciones de Cameron y Sarkozy, los guiños de ojos de Merkel y Clinton, las fotografías de cadáveres tirados por las calles y los depósitos de petróleo en llamas-, los militares se muestran más prudentes que los políticos. Abrir un nuevo frente en la guerra de civilizaciones puede ser inviable, aumentaría los peligros de forma directa. Kadhafi ha amenazado con aliarse con al-Qaeda. Habría que movilizar a la sociedad liberal –que parece dispuesta a hacerlo, todo hay que decirlo; el petróleo es muy importante-. Pero es que las masas de occidente, que todavía sueñan con el progreso eterno, no saben con quien se enfrentan. No estoy hablando ahora de Kadhafi, hablo del mundo, de la humanidad.

Pues en efecto, una tal acción militar sobre Libia tendría que contar con el beneplácito de la ONU y de la Liga Árabe. Pero por lo visto, ni la una ni la otra parecen dispuestas a acceder a los deseos de la OTAN. La ONU es hoy en día una entidad donde la ‘potencia hegemónica’ no es ya dominante, ni goza del consenso de otrora. El desprestigio del neoliberalismo y la globalización como gestión de la economía mundial, alcanza alturas que eran insospechadas hace tan sólo un lustro; mientras tanto las alternativas son cada día más fuertes y plausibles. Por su lado, los estados de la Liga Árabe tienen que lidiar con sus pueblos en estado de alerta, y con las organizaciones integristas dispuestas a emprender acciones violentas contra occidente y sus aliados. Los musulmanes han aprendido la lección de Irak y desconfían de la bondad humanitaria de los ejércitos de la OTAN. Tal vez sea ése es el motivo por el que al día de hoy la Liga Árabe no ha concedido derechos de invasión a los europeos.

Por el contrario, en los países musulmanes incluso se está contrarrestando la campaña contra Kadhafi, quien sale en la televisión turca negando los crímenes que la prensa occidental le ha imputado estos días. Después de las mentiras a las que estamos acostumbrados, las declaraciones de Kadhafi, sean o no verdaderas, son más creíbles que las noticias de la prensa europea.  Pues, ¿quién podría pensar, a estas alturas de la historia, que la intervención de la OTAN en Libia tiene intenciones humanitarias?  ¿Bernard Henry-Lévy y sus refinados colegas de la inteligencia liberal se atreverán a defender esa intervención como lo hicieron en la guerra de los Balcanes?

Cierto que en Europa se sigue despertando la ilusión de una intervención en Libia, pero esa ilusión es una apuesta profundamente reaccionaria y peligrosa, que acabará volviéndose en contra de los políticos y los Estados que la están utilizando. Un fruto de la decadencia y la desesperación de un capitalismo en crisis.

Dudo que la OTAN emprenda una acción militar contra Libia sin contar con el apoyo internacional y sus aliados árabes, porque eso supondría enfrentarse al resto del mundo. Cierto que ese enfrentamiento ya existe, pero se mantiene dentro de los límites de una guerra de baja intensidad en puntos ‘calientes’ del globo: el centro África donde hay coltán, el golfo Pérsico y el mundo islámico por el petróleo, Colombia por su interés estratégico, etc. En cambio, atacar Libia puede suponer generalizar la ‘guerra de civilizaciones’, intensificar la ‘guerra contra el terrorismo’, e incrementar las tensiones a nivel mundial. ¿Está occidente preparado para una tal eventualidad?

Dudo por otra parte que la diplomacia occidental consiga convencer al resto de los países para consumar una agresión a Libia. Las consecuencias de una tal decisión, tras los actuales acontecimientos en Túnez y Egipto, seguidos de una ola insurgente en todo el mundo islámico, podría aumentar la inestabilidad a lo largo de todo el trópico de Cáncer. Esas movilizaciones a favor de la democracia no han nacido para apagarse por una intervención militar más o menos afortunada. Y hay muy pocas probabilidad de que la OTAN pueda ganar una confrontación con los países islámicos sin el apoyo internacional.

Algunos piensan que estas revoluciones son liberales y toman como modelo las sociedades occidentales; la prensa europea quiere compararlas con las revoluciones de terciopelo que viene acaeciendo desde hace dos décadas en los antiguos países del ‘socialismo real’. La medios de comunicación difunden esa imagen; parece que también al-Jazeera. No me cabe duda de que hay gente entre los revolucionarios que tienen esa perspectiva –algunos puede que hasta sean agentes de la CIA-. En Irak mismo hay un gobierno liberal, que es un títere de la Alianza invasora del país, y en el que nadie parece tener mucha confianza acerca de su capacidad para controlar su propio territorio. Esa solución política es un recurso para apoderarse de las riquezas del país. Además seguro que hay ladrones de guante blanco conspirando para quedarse con la fortuna de la familia Kadhafi, que pertenece al pueblo libio, pero que nunca se les será devuelta tras un conflicto armado, que someta el país a los dictados de las transnacionales petrolíferas. Los tiburones han olfateado el color del dinero y se dirigen a toda prisa hacia la presa. 

Algunos creen que los musulmanes responden al estereotipo racista y xenófobo que predomina en Europa. Algunos, tal vez muchos, están dispuestos a ir a una guerra para divertirse un poco. Otros apoyarán a éstos para seguir disfrutando de nuestro nivel de vida a costa de los pueblos del mundo. Hay gente que vería en la guerra un remedio contra la frustración económica y la desesperación política. La propaganda fascista hace furor entre los ciudadanos civilizados como otrora. La historia se repite, decía Hegel. Y Marx añadía, la primera vez como tragedia y la segunda como comedia. ¡Ojalá que esta agitación belicista entre las masas europeas no pase de ser una historia bufa!

Pero sea como fuere, todo ello no hará sino acelerar la descomposición de un mundo que ya pertenece más al pasado que al futuro.