27/3/11

Oscar Niemeyer sigue creativo a los 103 años

Foto: Oscar Niemeyer

Gloria Helena Rey

Habla el diseñador de Brasilia, Oscar Niemeyer, uno de los arquitectos más importantes del mundo. Oscar Ribeiro de Almeida Niemeyer Soares Filho (1907), es uno de los arquitectos más destacados del siglo XX, uno de los nombres más influyentes de la arquitectura mundial contemporánea y de los pocos testigos privilegiados de la historia del mundo de los últimos 100 años.

Carioca de pura cepa, nacido en el tradicional barrio Laranjeiras de Río de Janeiro, cumplirá en diciembre 104 años de vida de los que, por lo menos 60 han sido de triunfos y reconocimientos a nivel mundial. Junto con el urbanista Tulio Costa hizo posible el sueño y delirante aventura de construir Brasilia, la capital de Brasil, en medio de la selva de Mato Grosso hace más de medio siglo y hoy está al frente de un gran proyecto arquitectónico de 72 mil metros cuadrados de extensión sobre el que se levantarán diez de sus obras.


El monumental complejo arquitectónico, que se construye en la costa del municipio de Niteroi, cerca de Río de Janeiro, es conocido como 'el camino de Niemeyer' y es considerado actualmente como el más grande conjunto arquitectónico en construcción de las Américas.

Además, Niemeyer espera llegar a los 107 años para inaugurar el estadio que diseña en Río para el Campeonato Mundial de Fútbol, que se realizará en Brasil en el 2014.

Sin embargo, su fama, longevidad  e inusual vitalidad no le han impedido ignorar sus límites ni disminuido su miedo de 'desaparecer' como cualquier mortal corriente. Como reconoció Eugene Ionesco, padre del 'Teatro del absurdo', en una entrevista que le hice hace años, Niemeyer admite que, pese a sus  múltiples triunfos, también aprendió los límites de la mortalidad. "Conocer esos límites, como Ionesco, ese gran dramaturgo de la lengua francesa, permite ser más modesto, admitir que la existencia es precaria, colocar de lado toda arrogancia y pretensión de importancia", afirma.

Pero, considera, al mismo tiempo, que una sola vida no es suficiente, como aseguraba el artista francés de origen bielo-ruso Marc Chagall, para quien se necesitaban dos: una para ensayar y otra para representar. "La necesidad de dos vidas nos hace pensar de nuevo en las limitaciones de la existencia humana, en la brevedad de la vida y, sin duda, de nuestros sueños y deseos, que nunca logramos realizar plenamente".

Niemeyer, sin embargo, no es pesimista. Sigue siendo un soñador. Sigue amando a su esposa Vera Lúcia, con quien se casó a los 98 años, a su trabajo, que lo mantiene en la cúspide de la fama, y afirma que si tuviera otra vida volvería a elegir la arquitectura, pero que trataría de escribir un poco más.

Sus 103 años tampoco han mermado sus pasiones ni empalidecido sus preferencias ideológicas. Es un comunista declarado, un revolucionario de corazón y un entregado admirador de Karl Marx. Fidel Castro dice que los dos son los últimos comunistas que quedan en el planeta, y Niemeyer asegura que lo seguirá siendo hasta el final. "Lo soy y continúo encontrando profundamente generoso el ideal del viejo Marx y su confianza en el advenimiento de una sociedad sin clases sociales", asegura.

Niemeyer ha sido el alumno más distinguido en las Américas del diseñador y pintor suizo-francés Charles Edouard Jeanneret-Gris, conocido como 'Le Corbusier' ('El cuervo'), que revolucionó la arquitectura moderna.

Su  audacia y creatividad no han parado de crecer, desde que en 1943 construyó la sinuosa y polémica iglesia de San Francisco, en la ciudad de Belo Horizonte, cuya arquitectura radical, en forma de serpiente, crispa de tal forma los nervios espirituales de la iglesia y los de los creyentes más recalcitrantes, que su inauguración se postergó por 16 años.

Después de eso, llegó la construcción de Brasilia en 1956. Un sueño y una utopía hecha realidad desde donde hoy se decide el destino de Brasil. En Brasilia son diseños suyos los Palacios de La Alvorada, de Planalto y de Itamaraty, actuales residencias oficiales de los presidentes, del gobierno y de la cancillería brasileña, respectivamente. También, los edificios del Congreso brasileño, los de los ministerios, el del Supremo Tribunal Federal, el de la Universidad de Brasilia y la Catedral de Nuestra Señora Aparecida, cuyas 16 columnas de hormigón la levantan como una blanca corona hacia el cielo siempre luminoso de Brasilia.

Exiliado en Francia durante la dictadura militar de 21 años que derrocó el gobierno de Joao Goulart en 1964, Niemeyer siguió creando en el exilio.

Entre 1970 y 1980 diseñó la Universidad Constantina y la mezquita de Argel en Argelia; en Francia, la sede del Partido Comunista; en Italia, la sede de la Editorial Mondadori; en Portugal, el Pestana Casino Park, y en Malasia la mezquita estatal de Penang, entre muchas otras cosas.

De regreso a Brasil, con el restablecimiento de la democracia en la década de los ochenta, pone en marcha seis proyectos entre los que se destacan el Memorial JK en Brasilia, los sambódromos de Río de Janeiro y de São Paulo y el Memorial de América Latina, que es la escultura de una mano herida, como la de un Cristo, de cuya llaga sale ensangrentada la región.

Ha recibido muchos premios internacionales, entre ellos el Lenin de la Paz (URSS, 1963); el Pritzker de Arquitectura (EE.UU., 1987), el más prestigioso del mundo en el sector; el Príncipe de Asturias de las Artes (España, 1989); el Caballero Comendador de la Orden de San Gregorio Magno (Vaticano 1990); el Unesco de la Cultura, 2001; el Imperial de la Asociación de Artes de Japón, y otras distinciones en Brasil, España, Cuba, Chile, Francia, Rusia y Venezuela, entre 2001 y 2009.

¿A qué le tiene miedo hoy Oscar Niemeyer?

A desaparecer... Creo que es un sentimiento  o preocupación que compartimos todos.

¿Cuál es el sueño que no ha realizado aún?

Ver concluido 'el camino de Niemeyer', en el municipio de Niteroi, cerca de Río de Janeiro.

De ese proyecto, que congregará el mayor número de obras suyas después de Brasilia, están en funcionamiento el Museo de Arte Contemporáneo (MAC), en forma de platillo volador y que es considerado por algunos como una de las 'siete maravillas del mundo'. También 'La Estación de las barcas de Charitas', la Plaza JK, el Memorial Roberto Silveira, el Teatro Popular, El Centro Petrobrás de Cine y la Fundación Niemeyer. Faltarían una Torre Panorámica de 60 metros de altura, el Centro de Convenciones y otras edificaciones.

Pese a toda su pasión arquitectónica, ¿qué es lo mejor y lo peor de la vida para usted?

Lo mejor tal vez se encuentre en la mujer, en el amor, en la posibilidad de cultivar buenos amigos. Lo peor es ver partir tanta gente querida, a nuestros padres, hermanos y amigos más próximos.

La historia de América Latina y del mundo estuvo marcada en el siglo XX, especialmente por cinco grandes revoluciones: la industrial, la mexicana, la rusa, la de la India de Gandhi y la sandinista. ¿Cuál cree que valdría la pena repetirse por los triunfos logrados para la mayoría?

Debería agregar a su lista la Revolución Cubana. Desde mi punto de vista todas las revoluciones promovieron algunos avances en el sentido de llegar a un modelo más justo y fraternal de sociedad. Tal vez la Revolución Rusa alcanzó el éxito más expresivo porque permitió emancipar al pueblo ruso de la miseria extrema y transformar un país de mujiques (campesinos) en una potencia mundial de primer orden.

Pero por qué, pese a eso y a los avances científicos y tecnológicos alcanzados en el siglo XX, América Latina sigue siendo la región de 'Las venas abiertas', de la miseria, de la explotación. ¿Cree que habrá una salida? ¿Cuál?

Confío en que nuestro continente supere esos problemas con una mayor integración entre las naciones latinoamericanas y una verdadera colaboración entre ellas, que permita a nuestros pueblos beneficiarse también de los avances de la ciencia y la tecnología.

¿En qué falló la aplicación de la ideología comunista? ¿Cómo sería viable el comunismo en el siglo XXI? ¿Cree en una tercera vía?

Siempre es mejor aguardar los acontecimientos. La ideología socialista no puede ser despreciada. Se impone de modo inevitable e impostergable el combate a las perversiones del capitalismo, tal vez mucho más profundas en este contexto de globalización hegemónica.

En su opinión, ¿cuál es la principal enfermedad social de nuestra época? ¿Tiene cura?

El individualismo exacerbado, que asume, no raras veces, la cara de un comunismo exagerado, predatorio. Las personas son cada vez más indiferentes a las tragedias del mundo. Sobre todo a la falta de  condiciones para una vida digna. La salida está en que unamos fuerzas para reaccionar y modificar ese estado de cosas.

¿Qué es lo que más alimenta su espíritu y su mente?

Lo que más me entusiasma es el trabajo, el interés por la creación arquitectónica y a eso se suma otra fuente vital: la presencia constante de mi esposa, Vera Niemeyer.

¿Cuántos amores ha tenido en su vida? ¿Fue correspondido?

Amé mucho en esta vida, pero tenga la seguridad que la persona más importante y a la que más amo es a Vera, mi esposa, y estoy seguro de que soy correspondido.

¿Cómo ve el futuro de la arquitectura en el mundo? ¿Cuál es el gran reto?  ¿Quién podrá sucederlo?

La conquista seguirá siempre el progreso técnico y social. Reconozco que en la actualidad hay muchos arquitectos de gran talento atentos a eso. Nunca me preocupé por dejar sucesores, tampoco en formar profesionales que dieran seguimiento a esa arquitectura más libre y tan personal que ejerzo hace más de 60 años. Cada arquitecto debe tener su arquitectura y seguir, sin miedo, su intuición creadora.

¿Oscar Niemeyer ríe con frecuencia?

Con relativa frecuencia, pues la vida, todo el tiempo, es una sucesión de risas y de llanto.