24/3/11

Moscú, el desfile que no fue

Despedida a la Division Azul, Madrid,1941

Alejandro Gallo

Si algo tuvo de bueno la trilogía Millennium de Stieg Larsson es que enterró definitivamente la novela policial (o negra o detectivesca o como quieran llamarla) y nos mostró por qué el género no se estudia en las universidades: le importa más la plata que la literatura. La masa de escritores que se apuntaron a la moda -llegué a contar hasta 112 investigadores de ficción en el mercado, desde policías a abogados, pasando por frailes, periodistas, juezas pijas y peluqueros- han comenzado a cambiar de tercio. Y el argumento predominante que parece sustituir a los sabuesos y rellena los escaparates de nuestras librerías es el de la historia reciente de nuestro país -más en concreto desde 1931 a 1982-, en un proceso de construcción, reconstrucción y deconstrucción de la época, como si se tratase de una asignatura pendiente.

Aunque Jorge M. Reverte también creó su personaje de ficción criminal, el reportero Gálvez, del que ha escrito cinco novelas y con el que debutó en 1979 con Demasiado para Gálvez, siempre ha mantenido esa otra línea de narración sobre nuestro pasado reciente, creo que desde Soldado de poca fortuna en 2001. Ahora llega con La División Azul. Rusia, 1941-1944, que se enmarca dentro del rasgo citado de la reconstrucción. Digo esto, pues si de algo se ha escrito en abundancia de aquella etapa histórica ha sido de la División Española de Voluntarios. Los ángulos desde los que se ha enfocado varían desde el poético o épico (si la pluma era de un falangista), al de cruzados (si escribía un nacional católico), pasando por el de almogávares modernos (si era un militar franquista que había leído Raza)? Y así hasta un número infinito de remakes. 

La obra de Jorge M. Reverte es un viaje en el tiempo y en el espacio, cruzado por sentimientos de pasión y decepción. Una travesía que comienza en Madrid, en 1941, cuando tres gerifaltes del régimen -Dionisio Ridruejo, Ramón Serrano Suñer y Mora Figueroa- desayunan en el Hotel Ritz mientras reflexionan sobre las tensiones entre el Ejército y Falange y el transcurrir de la II Guerra Mundial. Sus conclusiones -Alemania ganará la guerra y hay que recuperar la iniciativa de Falange frente al Ejército- marcarán el destino de cuarenta mil hombres entre todos los reemplazos durante tres años. El avance de Rommel en el norte de África y la invasión alemana de la Unión Soviética les hacen presagiar el victorioso desenlace. 

A partir de ahí, comienza el proceso de formación de una división de infantería ligera que se sume a las fuerzas de la Wehrmacht y jure fidelidad al Führer (una diferencia con los italianos, que juraron lealtad al fascismo). Los cupos de entusiastas falangistas se cubren en casi todas las provincias -menos en las de Cataluña, el País Vasco y con dificultades en Asturias-. En los reemplazos posteriores, los falangistas y su entusiasmo comienzan a fallar y son sustituidos por nacional católicos, reemplazos de soldados o por presidiarios que han de limpiar su pasado o el de su familia ante el régimen. Pero en el primer envío, la clase de tropa y un tercio de los suboficiales serán de Falange, de ahí hasta el general que los manda serán militares de carrera. Y todos saldrán de España para saldar la deuda de sangre contraída con Hitler por su ayuda en la guerra civil bajo la soflama de Ramón Serrano Suñer: «Rusia es la culpable». A la que añadirán la suya: «Rusia es cuestión de un día para la infantería española». Y alentados por Franco, vestidos de azul mahón por la Falange (al llegar, los alemanes le obligaron a quitarse ese uniforme) y bendecidos por la Iglesia española emprenderán el camino con una misión y unos enemigos claros: «Contra los bolcheviques, los masones y los judíos. Y, de paso, los maricones» (pag.48). 

En paralelo a la formación de la División Azul, el autor intercala testimonios y análisis de las alcantarillas del régimen: los equilibrios de Franco para mantenerse en el poder; los acuerdos del conde de Mayalde con Himmler para que la Gestapo se mueva con libertad por tierras hispanas (hay campos de concentración en la península supervisados por los nazis); la promesa de un futuro botín compuesto por el Marruecos francés, Gibraltar y el Oranesado; una prensa nacional a nómina de Berlín , en una línea pro nazi y antisemita para que España se sume al bando del III Reich; y unos generales pagados bajo mano por Inglaterra para que disuadieran a Franco de que se uniera a Hitler 

En la Estación Norte de Madrid, a 40º C, la División Azul comienza el sendero hacia tierras rusas. Al pasar por Tours, el convoy es apedreado por exiliados republicanos. Llegan a Alemania y son bien recibidos. Comienza el periodo de instrucción -en el que el autor coloca a un Ratzinger y a un Günter Grass con uniforme de las juventudes hitlerianas identificando a los españoles que osaban galantear con las jóvenes alemanas-, la jura de fidelidad al Führer y, por fin, la marcha hacia la línea de combate con el Ejército Rojo.

Ahí comienzan a comprender que algo no es como se les prometió, pues han de recorrer casi mil kilómetros a pie. Por el camino no verán bolcheviques ni masones, pero sí judíos colgados. No dirán nada. Y seguirán caminando deprisa a golpe de tragos coñac y el cántico de La Parrala. Hitler dijo que Rusia caería en cuatro meses y Goebbels lo rebajó a ocho semanas, y ellos tienen aprensión por llegar después de la caída de Moscú y que no puedan desfilar en sus calles. Luego vendrán la batalla del lago Ilmen contra el frío y la famosa derrota de Krasni Bor (el bosque rojo) en la que casi cinco mil voluntarios se desplomaron heridos o muertos (pag. 461) a una velocidad de cien caídos cada sesenta minutos en las primeras veinticuatro horas. Toda una crónica que sigue escrupulosamente la Hoja de campaña de la división. 

Mientras unos capítulos se ocupan de la historia, otros lo hacen de historias. Así, iremos viendo cómo hubo dos divisiones, la de los que morían en las trincheras y la de los que permanecían en la retaguardia, pero recibían honores y alguna que otra medalla. Además intercala la crudeza en la línea defensiva de Leningrado con un Sartre estrenando Las Moscas o un Albert Camus publicando El extranjero o Walter Benjamín vagando en el limbo de los mártires o Bertolt Brecht escribiendo su mejor obra desde el duro exilio o André Malraux en la Resistencia. Todo ello bajo el peso de que les engañaron, de que «Rusia no era para un día». Y eso lo piensan cuando las Noches Blancas se despliegan sobre la otrora San Petersburgo y mueren de frío y metralla mientras se derrumba el Afrika Korps y se termina el cerco a Stalingrado. Los augurios de los videntes Ridruejo, Serrano y Figueroa en el Ritz se han demostrado una entelequia. 

Regresarán sin desfilar por las calles de Moscú, sin implantar el Nuevo Orden y sin tomar Leningrado. La División Azul resultaba ya una carga para Franco, por lo que su vuelta se hace sin fanfarrias ni pífanos. Han comprendido: la guerra era un despropósito, una guerra criminal en la que no han localizado masones, ni judíos vivos, los bolcheviques que encontraron les hicieron recular y si había algún maricón, no lo distinguieron detrás de las bocachas de los fusiles. Al final, ellos eran menos que nada en un frente con más de tres millones de soldados -por cada bando-, tal vez un mísero 0,3% del total que los hacía prescindibles para los planes futuros de Franco, en peones de políticos de salón, en un juego sangriento en el que habían sido cómplices de matanzas -tres de sus jefes directos en la Wehrmacht fueron condenados por crímenes contra la humanidad en Nüremberg-. Regresaron sin saber a quién sirvieron, qué impulsos les guiaron, qué daño causaron ni cuál recibieron. Y lo hicieron en silencio. Era abril de 1944. 

El capítulo que más me entusiasmó es el titulado «Diálogo con un monstruo» (pág. 225-229). En él se reproduce una entrevista de Víctor de la Serna a un niño soviético de trece años, el cuál sabe trigonometría, maneja la tabla de logaritmos, resuelve todas las incógnitas que se le presentan en los triángulos, define a Carlos V como un tirano alemán que fanatizó Europa, defiende que Dios es un invento burgués, que la España de Franco es un estado fascista, pero no sabe quién fue Isabel la Católica. Un monstruo rojo, concluye el director de Informaciones.