24/3/11

Los trofeos del ‘Kill Team’ en Afganistán (+ fotogalería)


Iñigo Sáenz de Ugarte

La lista de atrocidades cometidas por los militares norteamericanos en Afganistán se amplía con el expediente del llamado ‘Kill Team’, un grupo de soldados que terminó convirtiendo en un deporte el asesinato de civiles afganos. La investigación de sus crímenes ha producido 4.000 fotografías y vídeos en las que los soldados posan con cadáveres. Son sus trofeos de guerra.

Resulta difícil saber qué aparece en las fotos porque la revista alemana Der Spiegel ha decidido publicar sólo tres. Es probable que haya atendido las amables peticiones del Gobierno de EEUU para reducir al mínimo la difusión de las imágenes.

Seymour Hersh, que desveló los casos de My Lai (Vietnam) y Abu Ghraib (Irak), se pregunta cómo es posible que haya soldados que acaben así.

¿Por qué se fotografían las atrocidades? ¿Y por qué compartirlas con amigos  y compañeros de otras unidades? ¿Qué es para los soldados lo inaceptable? Ningún extraño puede tener una respuesta completa a esa pregunta. Como alguien que ha estado escribiendo sobre crímenes de guerra desde My Lai, sin embargo, he llegado a tener una convicción personal: estos soldados habían llegado a aceptar la muerte de civiles, imprudentemente, como la recuperación de una inversión, o simplemente como una faceta azarosa de la moderna guerra no convencional. Esa es la sonrisa del que se sabe impune. Del que está cumpliendo su misión de una manera u otra. Han violado las normas de su Ejército, pero son coherentes con toda una serie de mensajes cuyo objetivo es deshumanizar al enemigo (son todos unos animales) y declarar como sospechosos a todos lo locales con los que se cruzan (no confíes en nadie).

Más allá de toda la cháchara sobre guerras justas, intervenciones humanitarias y resoluciones de la ONU, la guerra continúa siendo un negocio sucio. El crimen forma parte de la misión. Se envía a los soldados para que maten. No hay escrúpulos cuando se elimina a la gente desde 5.000 metros de altura o desde un helicóptero. Se encuentran todo tipo de justificaciones para explicar lo que llaman errores, se piden disculpas y se paga dinero a las familias. Vuelve a ocurrir lo mismo y el ciclo se repite.

Pie a tierra, las disculpas pierden sentido y hay que echar mano del recurso a las manzanas podridas en el cesto. ¿Qué sentido tiene esa excusa cuando el cesto está lleno de sangre?

Galería del horror