16/3/11

Los fracasos de Juan Pablo II


Slavoj  Žižek

La reacción del Papa Juan Pablo II ante La Pasión de Cristo de Mel Gibson es bien conocida. Inmediatamente después de ver la película, murmuró: “¡Así es como fue!” –a continuación su declaración fue retirada con rapidez por los funcionarios del Vaticano. De este modo, el vislumbre de la reacción instintiva del Papa fue reemplazado por la postura “oficial” neutral, corregida para no ofender a nadie. Esta retirada, y su connivencia con la sensibilidad liberal, traicionó lo que era el mejor aspecto del Papa fallecido: su postura ética insoslayable.

Hoy en día, en nuestra era de la ultra-sensibilidad respecto al “acoso” del Otro, es cada vez más habitual oír quejas sobre la “violencia ética”, sobre aquellas prescripciones éticas que nos “aterrorizan” con sus imposiciones brutales. En su lugar, estos críticos preferirían ver una “ética sin violencia”, una especie de (re)negociación permanente de las normas éticas. Justo en este punto, la crítica cultural más elevada coincide inesperadamente con la psicología popular más ínfima.

El ejemplo por excelencia es John Gray –autor de Los Hombres son de Marte, las Mujeres de Venus–, quien, en una serie de shows televisivos de “Oprah”, llevó esta postura hasta su extremo lógico. Ya que en última instancia “somos” las historias que nos contamos sobre nosotros mismos, argumenta Gray, la solución a nuestros traumas psíquicos reside en “reescribir” creativamente las narrativas de nuestro pasado, dándoles un giro positivo. Lo que Gray tiene en mente no es sólo la terapia cognitiva estándar –es decir, cambiar las “falsas creencias” negativas por la actitud más positiva de la certeza de que uno es amado por los demás y de que es capaz de alcanzar logros creativos. Gray defiende la idea más “radical”, pseudo-freudiana, de retroceder a la escena de la herida traumática primordial.

Gray acepta la noción psicoanalítica de un trauma acaecido en la primera infancia que marca para siempre el desarrollo posterior del sujeto, imprimiendo a este desarrollo un giro patológico. Propone que, tras retroceder a esta escena traumática primordial y oponerse directamente a ella, el sujeto, bajo la dirección de un terapeuta, debería “reescribir” dicha experiencia en una narrativa más “positiva”, benigna y productiva. Por ejemplo, si la escena traumática que persiste en tu inconsciente, deformando e inhibiendo tu actitud creativa, es la de tu padre gritándote: “¡No vales nada! ¡Te odio! ¡Nada bueno saldrá jamás de ti!”, habría que reescribirla simplemente en un guión donde un padre sonriente y benévolo te dice de forma alentadora: “¡Eres bueno! ¡Confío plenamente en ti!”. Llevando este juego al extremo, en el famoso caso del "Hombre de los Lobos" de Freud –cuya escena primordial traumática fue la visión del coitus a tergo de sus padres– la solución aparente de Gray sería reescribir la escena, de tal modo que lo que él viera fuese simplemente a sus padres en la cama, su padre leyendo un periódico y su madre una novela sentimental.  

El problema reside en que esta exageración satírica está teniendo lugar realmente. Hoy en día, muchas minorías étnicas, sexuales o raciales reescriben su pasado de forma más positiva y auto-asertiva: por ejemplo, algunos afroamericanos afirman que, mucho antes de la modernidad europea, los antiguos imperios africanos ya habían desarrollado una ciencia y una tecnología avanzadas. En la misma línea, es posible imaginar una reescritura de los Diez Mandamientos: ¿algún mandamiento es demasiado severo? ¡Retrocedamos a la escena del Monte Sinaí y reescribámoslo! “No cometerás adulterio –salvo si es emocionalmente sincero y sirve al objetivo de tu autorrealización plena”. Aquí resulta ejemplar The Hidden Jesus de Donald Spoto. En esta lectura “liberal” y New Age del cristianismo, podemos leer a propósito del divorcio:

Jesús denunció claramente el divorcio y los nuevos casamientos. […] Pero Jesús no fue más allá de esto, y no dijo que los matrimonios no pudieran romperse. […] En ninguna parte de sus enseñanzas hay situación alguna en la que él diga que una persona deba estar encadenada para siempre a las consecuencias del pecado. Todo su trato de las personas consistía en liberar, no en legislar. […] Es simplemente obvio que algunos matrimonios se rompen de hecho, que los compromisos se abandonan, que las promesas son violadas y el amor traicionado.

Por comprensivas y liberales que sean estas líneas, implican la confusión fatal entre los altibajos emocionales y un compromiso incondicionalmente simbólico que se supone debe mantenerse precisamente cuando ya no se basa en emociones directas. “No debes divorciarte –salvo cuando tu matrimonio se rompa de hecho, cuando lo experimentes como una carga emocional insufrible que frustra tu vida entera”: en pocas palabras, ¡salvo cuando la prohibición de divorciarse haya recobrado justamente su significado pleno (ya que, ¿quién se divorciaría cuando el matrimonio aún se encuentra en su apogeo?)!

Aunque el tópico moderno de los derechos humanos se basa en última instancia en el concepto judío del amor al prójimo, en la actualidad tendemos a establecer un lazo negativo entre el Decálogo (los Mandamientos divinos traumáticamente impuestos) y los derechos humanos. Es decir, dentro de nuestra sociedad post-política, liberal y permisiva, los derechos humanos se han convertido, en última instancia, en los derechos a desobedecer los Diez Mandamientos. “El derecho a la intimidad” es el derecho de cometer adulterio en secreto, sin que nadie tenga derecho a entrometerse o investigar. El “derecho de perseguir la felicidad y la propiedad privada” es el derecho de robar y explotar a otros. La “libertad de expresión” y la “libertad de prensa” son el derecho de mentir. “El derecho de los ciudadanos libres a llevar armas” es el derecho de matar. Y, por último, la “libertad de creencia religiosa” es el derecho de adorar a falsos dioses.

La grandeza de Juan Pablo II fue que él personificó el rechazo a la fácil solución liberal. Incluso quienes respetaban la postura moral del Papa solían acompañar su alabanza con la advertencia de que seguía siendo desesperadamente anticuado, medieval incluso, anclado en los viejos dogmas, alejado de las exigencias de los nuevos tiempos: ¿cómo se puede ignorar hoy en día los anticonceptivos, el divorcio, el aborto? ¿No son éstos simplemente hechos de nuestra vida? ¿Cómo podía el Papa negar el derecho al aborto cuando una monja quedaba embarazada por una violación (como fue efectivamente el caso de las monjas violadas durante la guerra de Bosnia)? ¿No está claro que, aunque uno esté en contra del aborto, en tales casos extremos debería consentir algún tipo de compromiso?

Podemos ver por qué el Dalai Lama es un líder mucho más apropiado para nuestros tiempos postmodernos y permisivos. El Dalai nos presenta un espiritualismo hedonista sin ninguna obligación específica. Cualquier persona, hasta la estrella de Hollywood más decadente, puede seguirle mientras continúa con su estilo de vida promiscuo y egoísta. En completo contraste con lo anterior, el Papa nos recordaba que hay un precio a pagar por mantener una actitud ética apropiada. Su obstinadísima insistencia en aferrarse a los “viejos valores”, su ignorancia de las demandas “realistas” de nuestro tiempo, aun cuando los argumentos contra él parecieran “obvios” (como en el caso de las monjas violadas), fue lo que hizo de Juan Pablo II una auténtica figura ética.

Dicho lo anterior, sin embargo, ¿estuvo siempre Juan Pablo II a la altura de esta tarea? Consideremos que la Iglesia Católica tiene su propia “mafia blanca”, el Opus Dei, una organización (semi)secreta que de alguna manera encarna la Ley pura más allá de cualquier legalidad positiva. La regla suprema del Opus Dei es una obediencia incondicional al Papa y la determinación implacable de trabajar para la Iglesia, con todas las demás reglas (potencialmente) suspendidas. Por regla general, sus miembros, cuya tarea es penetrar en los círculos políticos y financieros más elevados, se mantienen en secreto o minimizan su identidad como Opus Dei. Como tales, ellos son efectivamente “opus dei”, la “obra de Dios” –es decir, se imaginan a sí mismos perversamente como el instrumento directo de la voluntad divina.

Consideremos también los abundantes casos de acoso sexual a niños por parte de sacerdotes. Estos casos están tan extendidos, desde Austria e Italia hasta Irlanda y Estados Unidos, que de hecho puede hablarse de una “contracultura” articulada dentro de la Iglesia, que tiene su propio conjunto de reglas ocultas. Y existe una conexión entre los escándalos de pederastia y el Opus Dei, porque este grupo coopera con la Iglesia con el fin de silenciar tales casos.

La reacción de la Iglesia ante los escándalos sexuales demuestra el modo en que aquélla percibe su papel: la Iglesia insiste en que estos casos, por muy deplorables que sean, constituyen un problema interno de la iglesia, y muestra una gran renuencia a colaborar con la policía en sus investigaciones. En efecto, en cierto modo la iglesia tiene razón. El acoso de niños es un problema interno de la iglesia –es decir, es un producto inherente de su organización institucional y de la economía libidinal sobre la que dicha organización se apoya. Obviamente, estos escándalos no son simplemente causas penales particulares referentes a individuos particulares que por casualidad son sacerdotes. El problema es sistémico.

Por lo tanto, la respuesta a la renuencia de la iglesia no debería ser sólo que se trata de causas penales y que, si la iglesia no coopera totalmente en las investigaciones, debería ser considerada como cómplice de los hechos. Más allá de esto, la Iglesia en cuanto tal, como institución, debería ser investigada en lo que respecta al modo en que produce sistemáticamente tales delitos. Ésta es también la razón de que no se puedan explicar los escándalos sexuales de los sacerdotes tal como sugieren los opositores al celibato –que tales abusos ocurren porque los impulsos sexuales de los sacerdotes no encuentran una salida legítima y terminan así explotando de un modo patológico. Permitir que los sacerdotes católicos se casen no solucionaría el problema. No tendríamos a sacerdotes que hicieran sus trabajos sin acosar a chicos jóvenes, porque es el propio clero el que genera la pederastia debido a su apartheid sexual (la exclusividad masculina).

Y es precisamente en este punto donde el Papa ha fracasado. A pesar de sus declaraciones públicas de dolor y preocupación, Juan Pablo II no logró oponerse a las raíces y consecuencias de los escándalos de pedofilia. Bajo su reinado, el Opus Dei se hizo más fuerte que nunca. El portavoz del Papa, Navarro Valls, es un miembro del Opus. Incluso elevó al fundador del grupo, José María Escrivá de Balaguer (un antisemita y protofascista declarado), a la santidad –un acto que contradice flagrantemente y en consecuencia anula su petición de perdón a los judíos por los siglos de crímenes cometidos contra ellos por el cristianismo. Ésta es la razón de que Juan Pablo II haya sido un fracaso ético –fue una prueba palpable de que incluso una postura ética sincera y radical puede convertirse en una pose falsa y vacía si no tiene en cuenta sus propias condiciones y consecuencias.