25/3/11

Japón, lecciones de una tragedia


Jorge Larraín

El país mejor preparado del mundo con parte de su territorio reducido a escombros

Difícilmente podría encontrarse otro país mejor preparado para enfrentar catástrofes de la naturaleza que Japón. Su enorme capacidad de previsión, su organización social y política alta­mente cohesiva, su altísimo nivel científico y tecnológico, su cultura del orden y el respeto por la normas y por los demás siempre garantiza­ron las respuestas mas efectivas a los desafíos propios de un territorio reducido en extensión y escaso en recursos naturales aunque terrible en sus frecuentes cataclismos. Y sin embargo los vemos ahora sufriendo una devastación inimaginable después de un terremoto seguido de un tsunami y de un accidente nuclear de proporciones gigantescas.

Es casi increíble para un país tan desa­rrollado contemplar que cientos de miles de sus ciudadanos no tienen electricidad, ni gasolina, ni comida, ni remedios, ni calefacción mientras nieva, lo han perdido todo o han tenido que huir de sus casas y ciudades por la radiación atómica.

Se trata de algo que nos debe hacer reflexionar porque a menudo hemos creído que los seres humanos pode­mos controlarlo todo si nos prepara­mos bien y que si hemos sufrido más de la cuenta en muchas partes del mundo por las fuerzas desata­das de la naturaleza, es por la pobreza, el subdesa­rrollo y la falta de previsión. Pero ahora le ha tocado a un país que sí estaba preparado, que es comparativa­mente muy rico y desa­rrollado. Súbitamente lo vemos inerme frente a una combinación de cataclismos que sobrepasa­ron todo el poder de la riqueza, la ciencia y la organización. Un recuerdo oportuno acerca de nuestra vulnerabilidad aun en medio del más gigantesco desa­rrollo científico y tecnológico que se haya conocido. En pocos minutos pode­mos volver a las condiciones propias de sociedades muy atrasa­das. Es una lección de humildad muy necesaria, una advertencia que no es posible tener una fe ciega en la tecnología como resguardo absoluto de nuestras vidas.


La competencia entre las fuerzas de la naturaleza y las fuerzas crea­das por el ser humano

Pero además, esta horrible tragedia, nos muestra la conjunción de dos tipos distintos de fuerzas difíciles de preveer y controlar: las fuerzas de la naturaleza y la fuerza atómica creada por el ser humano. Esto nos permite también comparar­las en su poder de devastación y en sus terribles efectos. Sin duda el espectáculo de un terremoto grado 9 o de un tsunami gigantesco nos deja sin aliento por su poder destructivo, por la vastedad gráfica y palpable de su impacto en todos nuestros sentidos. No solo nos da vuelta el mundo en un instante, sino que pode­mos verlo y sentirlo mientras lo hace, como en una película de terror, pero real. Frente a esto el desastre producido por una central atómica de generación eléctrica parece disminuido en su grandiosidad: está muy confinado a un espacio más pequeño, solo muestra un poco de humo y la destrucción de dos o tres edificios. Sin embargo, esta apariencia benigna oculta un poder destructor enorme y extendido en el tiempo.

En muchos sentidos, aunque no parece un cataclismo de la magnitud de un tsunami, la radiación atómica fuera de control tiene efectos más terribles. Un terremoto o un tsunami ocurren en minutos y una vez que termina permite al ser humano recuperarse, reconstruir, volver a la normalidad en plazos razonables y dentro de los mismos territorios afecta­dos. Una catástrofe nuclear como la de Chernobyl y, quizás, la de Fukis­hima, deja un territorio inhabitable por décadas y es capaz de afectar a otros territorios lejanos. El cesio y yodo radio­activos de Chernobyl cayó en los campos de Gales en Gran Bretaña y los corde­ros y las vacas lo comieron del pasto y esto empezó a ser ingerido por los británicos en la leche y la carne, con la consecuente elevación de las estadísticas de cáncer décadas después. El efecto de la radiación en la leche y las verduras ya se ha verificado en Japón y ha significado perder no solo alimentos sino también la tierra necesaria para producirlos por mucho tiempo hasta que se pueda hacer una descontaminación, que es difícil y cara, o se degraden los elementos radioactivos.

Todavía no hay claridad sobre que hacer con los des­hechos nuclea­res, cuya degradación radio­activa puede durar miles de años. La paradoja que surge de esta comparación es que en varios sentidos el poder destructivo que los seres humanos hemos creado es peor que el de las fuerzas naturales que hemos conocido hasta ahora. En ninguna otra fuente de energía los residuos del combustible usado son casi tan peligro­sos como el combustible mismo y hasta el momento solo se sabe refrigerar­los o aislar­los en cavernas profundas, pero no aminorar su letalidad.
  
El estoicismo de la identidad japonesa versus la falta de transparencia

En estos días numero­sos comenta­rios y columnas en la prensa y la televisión han resaltado los rasgos estoi­cos de la identidad japonesa, su orden y cohesión. Nada de vandalismo ni pillaje, nada de aprovechamiento de las circunstancias caóticas para obtener ventajas personales. Creo que sin llegar a pensar que todos los japoneses actúan del mismo modo, hay que reconocer que su orden, su disciplina, su cohesión y disposición colectiva es notable y muy ejemplar. Pero mirando los numero­sos videos y el desa­rrollo del problema nuclear uno se da cuenta que en muchos sentidos son también parecidos a nosotros: compartimos una misma humanidad con todas sus debilidades y un sistema capitalista con una democracia no siempre muy transparente en el que intere­ses priva­dos pueden a veces dañar el bien común. Los videos muestran la mesura general pero también los gritos de espanto y llantos de angustia, incluso más de algún japonés impávido o incrédulo, habiéndose bajado de su auto en vez de alejarse a un lugar más alto, contempla el tsunami que viene, sin apreciar la precariedad de su posición. Me recordó aquellos turistas en el tsunami de Tailandia que cuando se retiró el mar, en vez de huir, entra­ron felices a sacar peces del fondo marino, absoluta­mente ignorantes de lo que se les venía.

Igual­mente, empieza a saberse que la compañía dueña de las centrales y posible­mente también el gobierno japonés oculta­ron información acerca de la gravedad de la situación. Tampoco era conocido por el público en general que esas centrales más antiguas concebidas por la compañía General Electric se habían diseñado más con la preo­cupación de ahorrar costos en su construcción que de la seguridad. Se ha resaltado que estas centrales Mark I son más seguras que las rusas por tener más estructuras de contención, lo que es cierto, pero no habían pensado mucho en las fallas de la refrigeración ni en que el hacinamiento de varillas de combustible usado en piscinas diseñadas para refrigerar muchas menos podría causar una catástrofe de proporciones parecidas a una fusión del núcleo que rompe sus contenedores. Ahora recién uno se informa a través de la prensa norte­americana de que todas estas críticas al diseño son muy antiguas, pero poca gente las conocía. El poder nuclear en manos de compañías priva­das que buscan el lucro puede resultar tan letal como aquel en manos de un estado socialista que por el prestigio del modelo ocultó también la verdad de la tragedia que se desa­rrollaba. ¡Cuán importante es profundizar la democracia para que la gente común no solo esté informada en forma transparente de lo que ocurre, sino que además pueda participar en la toma de decisiones en asuntos de tanta importancia como la energía nuclear, decisiones que jamás pueden ser solo “técnicas” o “económica­mente convenientes”!