7/3/11

El FMI y la crisis económica


Manuel Jaén

Joseph Stiglitz, premio Nobel de economía, que fue vicepresidente y economista jefe del Banco Mundial, primo hermano, y vecino en la calle 18, del Fondo Monetario Internacional (FMI) ha comentado reiteradamente en muchos de sus libros y artículos la mala praxis del FMI en sus intervenciones para hacer frente a las diversas crisis económicas que se han sucedido en diferentes lugares del planeta a partir de los años 80 y 90. El FMI ha sido siempre especialista en visitar los países con grandes problemas para decirles cuál es la receta que tenían que aplicar para salir de ella. Esta receta, única, era lo que se ha conocido posteriormente como Consenso de Washington entre los economistas y fundamentalismo de mercado por parte de todos.

La receta consistía en la reducción del papel del Estado, la desregulación y la rápida liberalización y privatización de empresas públicas. Es decir disminuir la intervención del Estado en la economía dejando muchos servicios públicos en manos del sector privado, preocuparse porque no se produjeran déficits en las cuentas públicas aunque eso supusiese disminuir el gasto en educación o sanidad o en las ayudas públicas a las familias con mayores problemas económicos o en la eliminación de las subvenciones a los alimentos básicos en poblaciones con elevados índices de pobreza.


Desregular la economía eliminando cualesquiera reglas que fuesen una cortapisa al libre funcionamiento de las empresas dejando a éstas al libre albedrio del mercado y de sus dirigentes aunque eso tuviese unas consecuencias nefastas, por ejemplo en el caso de los monopolios que podían elevar sin limites los precios de productos o servicios básicos, para los consumidores. Liberalizar la economía permitiendo la libre entrada y salida de capitales, la libre exportación e importación de bienes y servicios, la entrada en el país de la banca extranjera. Privatizar las empresas públicas aunque éstas fuesen rentables, prestasen un buen servicio y estuviesen bien gestionadas. Los programas del FMI, obligatorios para los países en crisis que querían acceder a sus préstamos o a los de los bancos estadounidenses, empeoraron las crisis del Este asiático y las de Latinoamérica y la terapia de choque que impulsó en la antigua Unión Soviética y sus satélites desempeñó un importante papel en los fracasos de esos países hacia una transición democrática creando con las privatizaciones aceleradas y el capitalismo salvaje inducido una clase oligárquica con prácticas de negocio y empresariales cercanas a lo mafioso mientras se empobrecía a la mayor parte de la población.

Por todo ello no es extraño que el FMI no fuera capaz de prever la crisis económica y financiera de 2007/08 en la que todavía seguimos inmersos. Lo que sí es llamativo es que el FMI haya publicado un “mea culpa” en el que pone de manifiesto la multitud de errores que ha cometido, algo que no ha hecho con ocasión de las anteriores crisis. El informe deja claro que no sólo no funcionaron las señales de aviso sobre los problemas del sistema sino que, muy al contrario, el mensaje que se lanzaba era un mensaje optimista de mercados funcionando perfectamente, de condiciones económicas inmejorables y baja volatilidad macroeconómica. En el caso de Estados Unidos y el Reino Unido, el FMI alabó las innovaciones financieras que se estaban realizando, entre otras la titulización de los préstamos hipotecarios basura, pues posibilitaban un rápido crecimiento económico. Además nunca se pensó que las economías avanzadas, EE.UU y la UE, pudieran entrar en una situación de crisis económica.

El propio FMI se pregunta cómo pudo estar tan ciego y la respuesta que se da a sí mismo no tiene desperdicio. En primer lugar, en el FMI existe un alto grado de pensamiento grupal.

Es decir, una institución con 1.200 economistas está imbuida de un pensamiento único, el fundamentalismo de mercado, que impide disentir y pone en peligro el futuro profesional de aquéllos que se atrevan a ello siendo más perdonable cometer errores dentro del pensamiento generalizado que disentir aunque se esté en lo cierto. Esto lleva a la captura intelectual de los economistas que trabajan para el FMI impidiéndoles ver con claridad la situación, haciéndoles imposible poner sobre aviso a sus compañeros o a sus jefes de una posible crisis pues esto era impensable en su ámbito y haciendo inservibles todos sus sofisticados instrumentos analíticos. En segundo lugar, la falta de incentivos para trabajar conjuntamente las diferentes unidades que lo componen, la frágil gobernanza interna y la imposibilidad de defender puntos de vista contrarios a los establecidos así como la falta de procesos de revisión o, vuelvo a insistir, el seguimiento del punto de vista principal han impedido una visión clara y conjunta de la situación.

A esto hay que añadir, desde mi punto de vista, la dependencia del FMI y el BM de las grandes potencias económicas. Es sabido que existe un consenso por el cual el director gerente del Fondo es un europeo mientras que el presidente del Banco es norteamericano y todas las decisiones en los dos organismos se toman de acuerdo con las indicaciones del Tesoro (Ministerio de Economía y Finanzas) estadounidense o sea del Gobierno de Estados Unidos.

El informe del Fondo viene a reconocer el fracaso de ese pensamiento económico único que ha llevado tanta miseria a los países en desarrollo de África, Asia y América del Sur y que, finalmente, ha hundido a aquéllos, EE.UU y la UE, que lo defendían con más ahínco. Durante más de treinta años, y sobre todo desde la caída del muro de Berlín, el fundamentalismo de mercado ha sido la corriente principal, el pensamiento único de la gran mayoría de los economistas con un desprecio absoluto hacia los que no compartíamos la idea de que los mercados funcionaban perfectamente por si solos, que no era necesaria ninguna intervención del gobierno sino que, al contrario, la intervención de éste sólo podría empeorar las cosas. Con cierta amargura, ahora podemos decir cuan equivocados estaban y están los que defienden esas ideas de manera radical, sin las necesarias matizaciones. Lo curioso del asunto es que esas grandes corporaciones bancarias y financieras que pedían incesantemente la desaparición de cualquier tipo de regulación, las que pedían más mercado y menos estado, han sido las primeras que han hecho cola para recibir elevadas subvenciones públicas que salvasen sus negocios y la mayoría de ellas a fondo perdido. Con la excusa de que sin esos negocios la economía se hundiría sin remedio los gobiernos han acudido en masa al rescate y nos hemos encontrado con que se han socializado, se han pagado con dinero público, las pérdidas derivadas de los arriesgados negocios de los ricos. El colmo, vamos.