27/2/11

Roland Barthes: De la sintaxis al discurso amoroso


 Querer escribir no viene de la nada, o de algo del todo indefinible, querer escribir viene de la lectura enamorada y es ese deseo enamorado el que, como el amor humano, está llamado a provocar otros libros a través de la escritura 

Rogelio Salazar de León  

Barthes cita a Balzac, quien alguna vez dijo: “La esperanza es una memoria que desea”. Creo que cuando un libro está por escribirse, así se lo desea, con la memoria incompleta y sin terminar de alguien que sabe, que nunca concluirá la tarea.

Al leer un libro bello o, sencillamente, al leer algo que impresiona pensamos: “por qué no lo habré hecho yo mismo”; cuando se desea que un libro salga de nuestra pluma es porque queremos agregarnos a lo bello que nos ha impresionado y que por más que volvamos sobre ello, una y otra vez, siempre lo contabilizamos como una falta, como algo ausente, como el deseo de una memoria que espera, como el deseo de una memoria esperanzada.

Se puede escribir por muchas razones: puede ser por obligación, por el cumplimiento de un deber, por servicio a una causa, por solidaridad gregaria, para distraer, para pertenecer, para educar, para cobrar, etc., aunque todo esto puede parecer cierto yo desconfío de que lo sea, aunque todo esto pueda parecer encomiable yo sigo desconfiando, me parecen sólo coartadas, justificaciones y excusas; si se intenta ser sincero hay que decir que se escribe para sosegar un deseo, un deseo fuerte, salvajemente fuerte.

Nadie es alguien y en esa cuenta yo tampoco soy quien para hablar del deseo, puedo tener claro que éste es un tema que me rebasa con mucho, nunca seré un especialista sobre esto; sin embargo puedo ver que el deseo es un tema equívoco y difícil, puedo ver que un deseo siempre aparece como un escondite de otro: que, por ejemplo, un hombre desea tener muchas mujeres no por las mujeres en sí; que una mujer, por ejemplo, desea siempre ser la más bella no por la belleza en sí.

¿Quién soy yo, un perdido en el deseo, para hablar de ese amo, de ese regidor, de ese opresor?

Lo más lejos que puedo llegar al buscar un origen del deseo, al buscar una génesis del deseo, es al placer; para mí y mi miopía el punto de partida localizable del deseo es el placer.

¿Entonces, deseo escribir porque me causa placer?
Pues, dicho lo dicho, parece ser que sí
¿Sentir la alegría al escribir es posible, entonces?

Esto puede ser cierto, pero para serlo debe cumplirse con una vuelta, con un rodeo, con un doblez: se escribe porque se ha leído; hace un momento se decía: cuando se desea que un libro salga de nuestra pluma es porque queremos agregarnos a lo bello que nos ha impresionado; la felicidad, la alegría, el goce, el júbilo de ser un lector ha suscitado la esperanza de escribir, ha suscitado el salvaje deseo esperanzado de escribir.

Y esta felicidad, alegría goce, júbilo de leer no tiene mucho que ver con la sintaxis, con el análisis ni con la explicación ni con el desmenuzamiento ni siquiera con el comentario; tiene que ver con la conmoción, con el sobrecogimiento, con el arrebato, con la arritmia del latido, con una especie de predilección y de cariño; el texto me produce un efecto de complacencia, por eso vuelvo a él incesantemente y me lo produce cada vez que lo leo y lo releo, casi puede decirse como el cumplimiento de un deseo amoroso, y no es que esto sea mucho decir ni una exageración, porque el texto me acaricia, como sucede en el amor que ha llegado hasta nosotros de entre otros muchos posibles, como resultado de una elección.
El libro escogido ha llegado acoplarse a mí entre muchísimos otros posibles, como en el amor, alguien entre muchos otros llega a adaptarse a mi deseo.

Yo sé que, desde la seriedad, esto puede ser condenable, desde la gravedad académica es un pecado grave enamorarse del objeto de estudio, es como caer en una trampa o en una falta, pero bien entendidas las cosas

¿Quién no ha cometido algún pecado de amor, quién ha podido lanzar la primera piedra…?

Con los libros sucede lo mismo que con el amor, al ser el deseo diseminado entre la diversidad de lo posible el que halla, el que encuentra, el que escoge; por eso querer escribir no viene de la nada, o de algo del todo indefinible, querer escribir viene de la lectura enamorada y es ese deseo enamorado el que, como el amor humano, está llamado a provocar otros libros a través de la escritura.

Para que un hijo salga de mí es necesario que yo me haga otro en otra, que las entrañas de otra me hagan otro.

Para que un libro salga de mí es necesario que la obra de otro se transfiera a mí y se desfigure en mí; que yo, por amor, la tuerza de tal forma para que sea otra; a lo mejor puede decirse: que la deposite en mis entrañas para que allí se hornee, hasta llegar a ser otra.

Tal vez aquí se habla de algo tan viejo como lo que Virgilio hizo con Homero, lo que Dante hizo con Virgilio y como lo que Cervantes hizo con las novelas de caballería y amor cortés.

II

Declinar la invitación de los contemporáneos puede ser la mejor muestra de actualidad, quizá todo aquél que quiera olvidar a su tiempo está más en él que quien vive para citarlo o presentarlo.

Después de haber intentado decir que escribir es como tratar de diseñar la estructura vacilante y fragmentaria de un discurso amoroso vale la pena tomar esto como un nuevo punto de partida.

De modo que creer en lo contemporáneo sería tanto como creer en mí, en mi razón, en mi potencia; creer en lo contemporáneo podría convertirme en más cartesiano de lo que soy o, al menos, podría significar ese riesgo.

Por decirlo de algún modo, y para continuar con cosas que han sido sugeridas,  ni Virgilio ni Dante ni Cervantes creyeron en sus contemporáneos; Virgilio recupera a Eneas, quien llega de la mano de un poeta del pasado y ciego de nombre Homero, Dante se deja guiar por el propio Virgilio, sin importar que la geografía que van a recorrer sea más conocida por el pasajero que por el conductor, y Cervantes hace girar a su personaje por rutas aventuradas, pero que en realidad re-citan y re-calcan aventuras anteriores.

Dejarse guiar es tal vez como curarse un poco de sí mismo, como curarse de esa enfermedad que, con simpleza, llamamos vanidad, dejarse guiar es, de alguna manera, una saludable separación, ruptura, divorcio consigo mismo, es como una búsqueda de solidaridad con algo que no soy yo en estado puro, dejarse guiar puede ser como un desvío de la enfermedad que, en definitiva, soy yo para mí mismo.

Por esa vía, ser un confeso arcaico es, tal vez saludable, sano, asintomático y, paralelamente, sentir la inadecuación con lo presente puede ser la mejor manera de ser actual, declinar la invitación de los contemporáneos puede ser la mejor muestra de actualidad, quizá todo aquél que quiera olvidar a su tiempo está más en él que quien vive para citarlo o presentarlo.

El mejor y más grande favor a nuestro tiempo, posiblemente, se lo hace quien quiera desentenderse de la técnica y desdeñar la vocación por oprimir botones marcados con números y colores, por ejemplo.

Si se toma el tiempo suficiente para pensar algunas cosas se verá que el cultivo de las letras está erosionado y que, hoy por hoy, sale mal parado porque entre otras cosas puede verse: que ahora lo único que cuenta es aquello que puede traducirse a lucro, que la actual convicción generalizada es aquella que elude cualquier tiempo pasado y, también, que la ilusión dominante de la mayoría es aquella que ridiculiza y tilda de decadente cualquier sofisticación que busque la forma o el estilo por sí mismos; salvo algunas pocas voces desmarcadas y desprestigiadas, como las de aquellos profesores revoltosos de mayo de 1968 que, en las calles de París, clamaron por la soltura del significante, entre ellos aquél que nos habla de su fragmentario discurso de amor.

En una época en la que ya no hay estilo porque todo se transmite por vía abreviada y electrónica, en una época en la que ya no hay retórica porque se ha liquidado el arte del decir, en una época en la que se ha perdido el sagrado derecho al secreto porque el password es vulnerable, en una época en la que sorprenderse y conmoverse es patético, habría que aconsejar a quien quiere escribir que lo piense dos veces, o bien que haga algo que se ha hecho siempre: ver hacia el pasado, que piense más, que en la práctica de quienes escriben, en algo que ha existido siempre: la voluntad de escribir, o como dirían los griegos: que piense menos en la escritura como techné y más en la escritura como telos; que piense en la escritura como una cosa de supervivencia, antes que en la escritura como vitrina o como cosa de mercado; escribir como si la respiración dependiera de ello y no como si el peinado dependiera de ello.

Vivir como si todo el mundo estuviese hecho para llegar a la palabra puede ser entendido como una especie de heroísmo, vivir con el propósito de terminar con el hábito de ceder y con el propósito de ser alguien más, de ser otro distinto del que se divisa desde afuera y por quien quisieran tomarme; ejercitarse en la soledad y en el hábito de ser desagradable, en quedarse sentado cuando todos se paran, en salir cuando todos entran, en dormir más de la cuenta para evitar la luz eléctrica y la televisión; afincarse en una parcela demasiado parecida al exilio.

Vivir resoplando el oxígeno que entusiasma a los contemporáneos como el peor de los venenos, estar excluido de lo contemporáneo con una fuerza biliosa, como si la historia de quien escribe fuese otra y no la de todos, otra y no la que ha traído  las cosas al mundo de hoy y a sus maneras.

El gusto del pasado y el sabor de la historia es otro muy particular en la boca de quien escribe, este es un sabor más cercano al de un mundo que termina que al de uno que comienza, más cercano a la fractura; un sabor para quien ha sentido que el sin sentido de la historia se roba el alma.

Poder responder a la pregunta de qué mundo sería adecuado para quien quiere escribir podría ser muy satisfactorio, pero bien entendidas las cosas, tal vez sea una pregunta absurda, porque para escribir lo más probable es que haya que sentirse inconforme, incompleto, interrumpido.

Querer construir un estilo o un lenguaje propio es, como se ha dicho, duro, porque se lo siente como un exilio, o más bien dicho, quizá con menos exageración, se lo siente como una condena de los contemporáneos, como una suerte de excomunión.