27/2/11

Marshall McLuhan a escena

Marshall McLuhan por Robert Lansdale

Iñaki Adúriz

Aprovecho la eclosión libertaria del mundo árabe -Túnez, Egipto, Argelia, Yemen, Irán, Bahréin, Libia, Marruecos, -no exenta de dolor y dramatismo, para recordar si cabe el papel de los medios de comunicación en ella y, cómo no, para rememorar así la figura de Marshall McLuhan (1911-1980), en este año en que se cumple el centenario de su nacimiento, quien vio en dichos medios algo más que meros instrumentos transmisores de información y de noticias.

Lo hago aun teniendo frescas las sensaciones generadas por la prensa escrita, la radio, la televisión e internet, mientras se iba ganando el pulso democrático en los dos primeros países citados, de férreas costumbres y de apenas intercambio y pluralidad de ideas.


Como en otras ocasiones y acontecimientos de carácter más o menos universal y global, aun esta vez con la presencia de modernos móviles e internet, es posible que la televisión se haya erigido de nuevo en emblema de las ideas del profesor e investigador canadiense. La retransmisión diaria de la masiva concentración de egipcios para el logro de sus libertades, en la plaza Tharir de El Cairo, nos volvió a decir bien a las claras el cambio cultural sufrido por el influjo de la Galaxia Marconi -sucesora de la Galaxia Gutenberg- en estos tiempos en que las nuevas tecnologías se amplían y diversifican, a la vez que cobran más protagonismo. Nos indicó, en suma, la existencia de una aldea global que, en base, en este caso, a una televisión mejorada respecto al siglo pasado -los otros medios no se han quedado atrás-, acoge en la misma mesa del ya clan o tribu mundial, donde se concitan otra vez, como en la antigua edad tribal, la extensión de lo oral (la radio) y la prolongación del tacto (la TV), eventos históricos de calado, transformaciones políticas y sociales y cataclismos, naturales o provocados, de toda índole, a falta este medio, quizás, de un mayor poder analítico y realfabetizador, como el que había proporcionado a la humanidad el origen y evolución de la cultura escrita, encaminada ésta en la actualidad hacia otra dimensión del abecedario y de lo gráfico, gracias a la revolución digital.

En fin, estado de cosas, que el crítico y sociólogo pronosticó y dejó bien sentado en su obra, al que habría que añadir otra realidad de no menos éxito, la que cifró con el lema, «el medio es el mensaje», que dice mucho -no es casualidad- no tanto de los que trabajan o ponen en acción tal o cual medio de comunicación, sino de los que lo utilizan, o sea, puesto que hablábamos de la televisión, de los telespectadores, aunque, por decirlo de alguna manera, unos y otros se retroalimenten. Y dice mucho porque modela una forma de estar en el mundo y hace surgir unos apegos hacia ese medio, que contribuyen a que incluso se lo idolatre y se lo convierta en una especie de icono divinizado, y sin el cual nada tiene sentido. Respecto a esta idea mcluhaniana, hace poco manifestaba Umberto Eco algo semejante, cuando, en la línea del tradicional 'ojo de Dios' que todo lo ve, identificaba a la televisión como 'ojo de la sociedad', en donde, además, no nos importa figurar para ser vistos y justificar nuestra vacía existencia.

Es cierto, pues, que el medio televisivo fue el paradigma en el que se incorporaban con mayor elasticidad las revolucionarias ideas de McLuhan, acerca de los 'media', a lo largo y ancho del siglo XX. Ahora bien, ¿siguen éstas latentes en los 'new media' que nos invaden ya todos los días de este inicio de la segunda década del siglo XXI? Esta es la pregunta que se hace Robert K. Logan, profesor de la Universidad de Toronto, quien colaboró durante seis años con el canadiense. La respuesta es, evidentemente, afirmativa y de lo que se trata es, en cierto modo, de actualizarlas. Sin poner en duda que la aldea global -y la globalización- es un hecho, con igual firmeza podemos señalar que los medios de comunicación de antes siguen existiendo, si bien ahora interactúan con los medios interactivos digitales actuales -proveedores a su vez de un mensaje más rico y complejo-. El asunto adquiere, pues, otra perspectiva. Acaso, el refuerzo de la idea de una mayor carga alfabetizadora, frente al debilitamiento de la misma que propugnaba el de Alberta para el futuro de una sociedad electrónica, sea una parte importante de esa nueva visión que haya que destacar.

En este sentido, no otra ha sido para mí la razón principal del paso democrático dado por los egipcios: el dominio por parte de una juventud -si bien minoría y comandada por algún grupo facilitador- hábil en el manejo de las nuevas tecnologías y, a la postre, en el uso de lo que constituye el núcleo de las mismas, es decir, la rápida comprensión y producción de los variados códigos que éstas conllevan, junto al hecho de tener una clara experiencia estratégica para sortear, con redes sociales que se leían en otras partes del mundo por personas de peso político, con mensajes de texto, fotografías y películas, con móviles multimedia, los serios impedimentos creados por un régimen inmovilista, lastrado a causa de la falta de brío y sintonía con los nuevos hábitos de una población deseosa de cambios y libertad.

Aún está por ver el resultado democrático del proceso iniciado y, mucho más, las consecuencias en otros de los países árabes citados al comienzo de este artículo, pero es evidente el papel de 'instigador' positivo de las libertades y de los derechos humanos más elementales que poseen las revueltas, exitosas o no, provocadas por los 'new media'. ¿Será capaz el sistema -o muchas de las empresas que comandan el entramado de internet, prósperas, por ejemplo, redes sociales-, de digerir el camino reivindicativo que está tomando a su manera el pensamiento y la palabra de sus más diestros practicantes? Quizás, según algunos que desdeñan interesadamente el papel primordial de estas nuevas herramientas digitales, predomine sobre estas últimas la valentía y determinación mostradas por la población insurgente. Con todo, no se puede negar su influencia en el nuevo escenario de progreso y libertades que poco a poco se va construyendo.