26/2/11

El color de Chesterton

Gilbert Keith Chesterton
Leonardo Rodríguez

Lo imagino gordo y de negro, con el pelo revuelto y el ademán burlón, predicando con paradojas en un pub de Londres. Disparatado y discretamente pedagógico, Gilbert Keith Chesterton (1874-1936) tiene un don casi imposible para aunar sensatez, poesía, pugnacidad y humor. No es extraño que Alfonso Reyes lo haya traducido, Borges, reverenciado y Fernando Savater, mimado.

Leo El color de España (publicado en 2007, con millones de erratas, por Renacimiento, España), uno de los tantos mimos editoriales que ha recibido el creador del Padre Brown por estos pagos, no solo en los últimos años.

Chesterton es venerado entre periodistas anglófilos e intelectuales católicos, entre borgianos impenitentes igual que entre amantes del ensayo. Harold Bloom lo considera el crítico literario par excellence. Para otros (acaso sobre todo en Inglaterra) es poco más que un mueble literario de museo, una antigualla graciosa, un continuador brillante del biografismo, esa frívola demencia anglosajona. (También Renacimiento viene publicando sus ligeras, demenciales, maravillosas vidas de poetas: la de Chaucer, la de Blake, la de Robert Browning. Por su parte, la editorial Juventud editó en el 2005 su hermoso libro sobre San Francisco de Asís).

Paladín de las buenas costumbres y antagonista de los lugares comunes, Chesterton le da tanto pie a sus críticos como a sus más entusiastas lectores. El color de España es un libro sobre herencias. La tradición -y es una de las ideas fundamentales de su escritura- es la materia de la que están hechas esas formas de la memoria que son la literatura, la historia y la costumbre. No es un peso sino un lujo. Es también un reto profundamente cívico, por aquello tan eliotiano de que la tradición es la democracia de los muertos. El pasado es como un amplio, poblado y complejo vecindario en el que hasta las piedras tienen memoria. Tal vez por ello sus biografías son tan penetrantes y logradas: sus biografiados tienen mucho de vecinos.

Chesterton fue demócrata con los muertos y monárquico entre los vivos. Sus retratos de reyes ingleses  poseen tanto realismo como ecuanimidad. Chesterton escruta virtudes y comprende debilidades: los trata como personajes, casi como símbolos, y también como personas. Ese elemento ceremonial, casi de ficción política, es lo que convierte a la realeza en una institución a sus ojos necesaria. Es parte de una convención sin la cual los europeos caerían en el fanatismo. Fascinante argumento monárquico: sin ficción (sin fe en lo imaginario) el fanatismo asedia. Dice: "Sólo hay dos cosas capaces de unir a los hombres: la convención y el credo. Si no bastara con una sana convención, Europa entonces necesitará tener un credo, y la llegada de un credo sin duda será un terrible asunto". Lo dramático es que no le faltaba razón. El siglo XX -Chesterton no conoció sino la primera, casi cándida parte- fue un siglo de credos. (Un argumento parecido, sin el énfasis tory, con mayor ironía antropológica pero menor humor mundano, se puede encontrar en La ruina de Kasch, de Roberto Calasso).

Su defensa de lo novelesco en la historia y de lo histórico en los mitos resulta tan apasionante como discutible, condición esta última que está en el núcleo de su pensamiento. Por momentos parece que entabla un coloquio entre diplomáticos ávidos de llegar a mínimos consensos. Por España y Francia tuvo simpatías especiales, y eso se debe en parte al vínculo latino que reclamaba para su nativa Inglaterra. Sobre la primera llega a reconocer que su color representativo es el negro, el color, precisa, no de la melancolía sino de la vida. El color que da sentido a todos los colores. ¿Alguien quiere mejor piropo para la España de la leyenda oscura?

Varios de los artículos de El color de España tienen como motivo un viaje, pero ese viaje viene precedido y continuado por una reflexión por lo general tan imaginativa como sagaz. Incluso cuando se refiere a Inglaterra, donde casi siempre está, hace constantes viajes en el tiempo. Eso, sin perder el sentido de la hora. (El periódico, no el libro, fue el destino inicial de estos textos).

Ninguna época le resultaba tan fascinante como la Edad Media. Acaso, como una crítica a la exaltación dogmática (y por eso falaz) del Hombre Nuevo, tan caro a todo progresismo. La Edad Media, sin embargo, le parecía atractiva no por su tópica oscuridad, crueldad e intolerancia, sino -aquí aparece el Chesterton malabarista- por su culto a la lógica y a la fantasía, algo así como un cuento cristiano contado por Lewis Carroll. No es una opinión en el aire, aclara: las piedras lo corroboran. "Desde el Renacimiento hasta la época ruskiniana --escribe-- se ha hablado de la Edad Media como de una época ignorante y bárbara. Sin embargo, todas las aldeas inglesas le contradicen terminantemente mediante un contraste colosal”. No sólo en Inglaterra, por cierto. ¿Qué hay en una piedra?

Al intento de canonización crítica de Bloom, hay que añadir que Chesterton fue tanto un articulista perdurable (increíble que sus artículos de ocasión se puedan leer con tanto placer después de más de medio siglo) y un irónico de calado. Fue, sí, un escritor feliz con talento (según Borges) para la pesadilla. Cada uno de los ensayos de El color de España se parece a una cerveza Guinness, tan noble como democrática. Al día siguiente uno puede sentir un poco de resaca, pero cada cierto tiempo habrá que volver.