28/2/11

Claudio Magris y Trieste

Trieste es una ciudad que un viajero definía como bellísima a principios del siglo pasado, pero en la que se tenía la sensación de no estar en ningún lugar. La Trieste recreada aquí tampoco es un lugar, sino más bien la hipótesis, la nostalgia, la profecía, la ficción de un lugar: es un arca que recoge, recompone y salva los añicos del gran sueño que fue, sepultado bajo el diluvio de la historia. El arca navega, traslada aquel lugar fluctuante. Entre la ciudad y el espacio que la escenifica está el espejo de Alicia; la muestra, el país de las maravillas, está al otro lado del espejo. Se entra y se ve –al revés, solo al revés– la verdad de aquel no lugar.
La provincia de Trieste se extiende a lo largo de una pequeña franja de tierra en la extremidad sudoriental de Italia entre el Mar Adriático y la frontera con Eslovenia. La peculiaridad del ambiente, los tesoros históricos y artísticos y el carácter centroeuropeo convierten a esta zona en un destino extraordinario, que en el pasado encantó e inspiró a importantes escritores como Rilke, Joice, Svevo. En el trecho costero se abre el golfo que acoge a la ciudad de Trieste con su puerto con bahías, pequeños puertos e impresionantes escolleras, con castillos sobre el mar, como el de Miramare.

Algunos momentos recrean mi vida, a las personas y las cosas que he amado, mis intentos de expresar este amor y de disimular las incertidumbres y las oscuridades que suelen acompañarle. Evidentemente, aquellos paisajes, aquellas figuras, aquellas historias de Trieste son mi rostro, al igual que aquellas provincias, reinos, montañas, bahías y personas son, en una famosa parábola de Borges, la imagen de su pintor. Quizá, en la pequeña parte que a mí se refiere, aquellos paisajes y aquellas figuras de Trieste sean también mi pueblo Potemkin, aquel escenario que Potemkin, el poderoso favorito de la zarina que gobernaba Rusia, había construido y colocado como un bastidor de teatro ante la realidad, para ocultar a la zarina la miseria de aquella realidad, de su Imperio. Aquella grandeza de Trieste, por la que me deslizo como un paseante entre la multitud, se convierte así para mí en un escondite, un biombo, una lente de aumento que dilata mi medida. Me siento un poco falsario en cuanto artífice, aunque sea subordinado y colateral, de este reino en el que me escondo.