2/2/11

Claudio Magris anda “A ciegas”


La editorial Garzanti acaba de publicar en Italia "Alla cieca", el último libro de Claudio Magris, nacido en Trieste. Para darles una idea de qué se trata brindamos un adelanto. En esta dramática narración sobre viajes, aventuras y mitos contados por varias voces, se suceden historias que abarcan desde 1802 hasta 1991. Los personajes son seres marginales, prisioneros de campos de concentración nazis y disidentes comunistas, cautivos del gulag de Isola Calva, en la Yugoslavia del mariscal Tito

¿Qué es la vida? A lo sumo un adverbio

Querido Cogoi, a decir verdad, no estoy seguro, aun si fui yo mismo quien lo escribió, de que nadie pueda contar la vida de un hombre mejor que él mismo. Claro, esa frase llevaba un signo de interrogación; es más, si recuerdo bien –han pasado tantos años, un siglo, el mundo a mi alrededor era joven, un alba húmeda y verde, pero ya era una prisión– lo primero que escribí fue el signo de interrogación que, después, arrastró todo consigo. 

Cuando el doctor Ross me incitó a poner por escrito esas páginas para el anuario, me hubiera gustado –hubiera sido honesto– enviarle muchas hojas con un lindo signo de interrogación y nada más, pero no quería ser descortés justo con él, a diferencia de los otros, tan benévolo y gentil. 


Además, no venía al caso irritar a quien te puede quitar un buen refugio, como la redacción del anuario de la colonia penal, para mandarte a ese infierno de Port Arthur, donde recibes latigazos en la espalda si te sientas sólo por un instante, extenuado por las piedras y por el agua gélida.

Entonces, delante de ese signo de interrogación puse la primera frase, en vez de toda mi vida, la suya o la de la cualquiera. La vida –decía Pistorius, nuestro maestro de gramática, acompañando las citas latinas con gestos redondos y calmos en ese cuarto tapizado de rojo que la noche ensombrecía y apagaba, brasa de la infancia que ardía en lo oscuro– no es una proposición ni una aserción, sino una interjección, una conjunción, a lo sumo un adverbio. De cualquier manera, no es nunca una de las así llamadas partes principales del discurso. -"¿Seguro que decía eso?"- Ah, sí, doctor, quizás no era él quien usaba esta última expresión, debía de ser la maestra Perich después Perini, en Fiume, pero más tarde, mucho más tarde.

Esa pregunta inicial no puede ser tomada en serio, porque contenía en sí la respuesta, como las preguntas que les hacen a los fieles en un sermón, levantando el tono de la voz. "¿Quién puede narrar la vida de un hombre mejor que él mismo?" Nadie, es obvio, parece oírse el murmullo de la gente que responde al predicador. Si hay algo a lo que me acostumbré, es a las interrogaciones retóricas, desde que, en las prisiones de Newgate, escribía sermones para el reverendo Blunt, que me pagaba medio chelín por cada uno y, mientras tanto, jugaba a las cartas con los guardias, esperando que yo terminara para jugar también con ellos, y así él podía recuperar ese medio chelín: nada extraño, yo estaba allí adentro porque había perdido todo en el juego.

Pero, al menos allá, en esa celda, frente a esos muros mugrientos, mientras escribía para él, era yo el que formulaba esas preguntas falsas, aun si después era el reverendo quien se desgañitaba desde el púlpito, mientras en otra parte, en todas partes, antes y después, por años y años, saecula saeculorum, me las habían gritado al oído. "¿Entonces, ese pandemonio en Islandia lo creaste tú solo, por amor de esa pobre gente, raquítica y tiñosa, sin que nadie te diera una mano para subvertir el orden de los mares de Su Majestad, no es verdad? ¿Fuiste tú quien escupió sin pensar que estabas allí en fila con los otros escuchando el discurso del nuevo comandante de la penitenciaría?", y otra vez latigazos en la espalda. "¿Entonces, no reconoces esa cara de comunista, nunca la viste y esos panfletos los encontraste en tus bolsillos por milagro?", y otra vez patadas y palos y más palos. "¿Entonces, no eres un espía, un traidor que vino, fingiendo ser un compañero, para sabotear a la Yugoslavia libre y socialista de los trabajadores? ¿Eras quizás un puerco fascista italiano que quiere reconquistar Istria y Fiume?", y de nuevo la cabeza en el hueco de la letrina o la carrera a toda velocidad entre las filas de los reclusos, que, mientras pasas, deben patearte con toda su fuerza gritando "¡Tito Partija,Tito Partija!" Pero, de dónde vienen esos gritos, ese estruendo, no oigo, de quién es esta oreja medio ensordecida y aturdida, fuera de uso, debe de haber sido un bastonazo y, si alguien lo dio, alguien seguramente se lo ligó, yo u otro. Ah, por fin, el ruido está pasando, se apaga. Esa también era una pregunta retórica: ¿es ésta mi oreja?, visto que usted, doctor Ulcigrai, se inclina hacia la otra, la izquierda, cuando me pregunta: "¿Entonces, tu verdadero nombre sería Jorgen y esto lo escribiste tú?", mostrándome el viejo borrador que había encontrado en esa librería de Salamanca Place. Usted, por lo menos, no levanta la mano, es más, es gentil, no se ofende siquiera cuando lo llamo Cogoi, no insiste con las preguntas. Si me quedo callado, pasa por alto la cosa, porque usted ya conoce la verdad o cree conocerla, lo cual es lo mismo, y, de cualquier manera, usted, cuando le contesto, ya conoce mi respuesta, y si no, me la sugiere, la pone en mi boca.

Una respuesta tajante y segura, esencial: a veces -lo admito- un poco confusa en los detalles. Pero, cómo se hace con todas estas idas y vueltas, con todas estas cosas que se superponen, años, países, mares, prisiones, rostros, hechos, pensamientos, y más prisiones, desgarrados cielos de la noche de los que sale sangre a chorros, heridas, fugas, caídas... Y la vida, tantas vidas, no se las puede sujetar todas juntas....

No sé bien qué significa contradicción, pero por cierto, de que se incurre en ella, no hay lugar a dudas. Y se desaparece, desechos tragados por los torbellinos del agua en el desaguadero: aquí, en el hemisferio austral, el agua del piletón da vueltas alrededor del agujero en contra del sentido horario, allá, entre nosotros, al revés, en sentido horario. Es una ley física, leí, la llaman las leyes de Coriolis -sorprendentes simetrías de la Naturaleza, cuadrigas en las que una pareja avanza mientras la otra retrocede, ambas inclinadas cuando les toca el turno y el baile no pierde el ritmo. Uno nace, otro muere, una línea de infantería es derribada a cañonazos, otros uniformes y otras banderas están más allá de la cima de la colina hasta que una descarga a su vez las derrumba.