14/2/11

Así se llama la aurora

Miguel Manzanera Salavert  /  Especial para Gramscimanía

Estamos viviendo unos años de cambios extraordinarios, que anuncian una nueva fase de la humanidad. La grave crisis económica provocada por la irresponsabilidad del sistema bancario, ha traído una depresión profunda en la actividad productiva, que está destruyendo el Estado democrático liberal, reformado por la socialdemocracia. Nos enfrentamos a la perspectiva de una situación política dramática en los próximos años en Europa y los EE.UU. El agotamiento de la riqueza natural de la tierra, nos trae ahora otra consecuencia tremenda: la subida de los precios de los alimentos y el fantasma del hambre en los países más pobres. Esa parece ser la causa de lo que está pasando en el norte de África contaminando al resto de los países musulmanes con una revolución que amenaza con trastocar todas las previsiones estrategias militares y diplomáticas de los think tanks que dirigen la política imperialista.

De diferentes lugares nos llegan señales de alarma, los observadores críticos se han puesto de acuerdo en augurar una catástrofe próxima: ayer en La Vanguardia, Rafael Poch, un inteligente diplomático, nos decía que cuando los financieros pueden saquear a su antojo los bienes públicos es el final del Estado de derecho; y acababa avisando del peligro de un nuevo al fascismo. Manolo Monereo, bien informado de lo que pasa por el mundo, señala en una entrevista en El Viejo Topo la tendencia principal de la época: el largo declive del imperio americano que durará décadas, producirá un desplazamiento de la geopolítica y traerá peligrosas convulsiones sociales y políticas. Noam Chomski por su parte ha dicho con acierto que las revoluciones en Túnez y Egipto manifiestan el ocaso de la influencia occidental en el mundo. Recientemente el multimillonario Jim Rogers se atrevía a pronosticar la desaparición del euro y el declive del dólar, recomendando invertir en la moneda china como valor seguro.

¿Qué está pasando en el mundo durante estos años de crisis y desde antes, desde principios del siglo XXI? Parece que estos años de comienzo del siglo XXI estamos asistiendo a una inflexión de la historia moderna, y empezamos a visualizar el final de la hegemonía de los EE.UU. y sus aliados europeos, englobados en la OTAN. Creo que la explicación de las convulsiones más recientes de la política mundial se puede resumir en pocas palabras: ‘occidente’ está perdiendo la guerra de civilizaciones. Esa aventura militar en la que la OTAN nos embarcó hace casi una década, es una causa perdida. Y ahora volverá a brillar una verdad importantísima: para ganar una guerra el vencedor no necesita sólo tener poderío militar, sino también ser el portador de una cultura racional, ofrecer la esperanza en un futuro mejor, atesorar la voluntad de vencer a pesar de las dificultades, y mostrar la confianza en uno mismo a través de la generosidad y la clemencia. Todo eso se ha perdido en las sociedades occidentales desarrolladas, podridas de hipocresía y cinismo; pero la humanidad guarda dentro de sí esas virtudes como la garantía más segura para su supervivencia. Y allí donde viaje esa razón, allí será concedida la victoria.

Es cierto que los EE.UU. tienen más de 700 bases militares repartidas por el mundo; es cierto que su gasto militar es la mitad del gasto militar de todo el planeta; es cierto que está financiado por el resto de los países –China, Arabia, Rusia, Brasil, etc.-, que compran su deuda a falta de algo mejor; es cierto que todavía se mantienen como países punteros en innovación tecnológica,… Pero no menos cierto es que son un gigante con los pies de barro.

Recuerdo un pragmático profesor de historia de mi Bachillerato, que nos contaba a los alumnos que una ofensiva militar se ganaba cuando el atacante tenía el doble de efectivos que el que se defiende. Pero hay muchos ejemplos históricos de que, por el contrario, la buena organización, la pericia táctica, la decisión estratégica, la tenacidad en perseguir los objetivos y la valentía serena, juegan un papel importante a la hora de decidir las guerras. A mí me gustan sobre todo algunas gestas que nos muestran cómo en las guerra no siempre vence el más fuerte, sino el que tiene razón. ¿Se ha meditado en profundidad sobre las victorias de Maratón y Salamina? Atenas y sus aliados griegos vencieron las guerras médicas contra el imperio más poderoso del momento, con unos efectivos militares mucho más reducidos que sus contrincantes. ¿Recuerdan mis lectores que los ‘pelados del mar’ holandeses derrotaron al imperio de Felipe II, en cuyos dominios no se ponía el sol? El secreto de esas victorias no es militar, sino cultural. Lo decisivo es que los atenienses del siglo V a.C. y los holandeses del siglo XVI encarnaban un nuevo modo de producción, frente a imperios retrógrados que solo podían subsistir por la fuerza y la represión.

Y ahora que estamos ante el XIII Centenario de la batalla de Guadalete (19 de Julio del 711), que abrió las puertas de Europa a los ejércitos bereberes, sirios y árabes, es un buen momento para recordar esta verdad militar. Pues también el Islam nos trajo a la península ibérica la cultura y la economía más avanzadas de la época, a través de una revolución cultural y agrícola que permitió establecer en Andalucía una brillante civilización durante cinco siglos. En esa batalla también las fuerzas invasoras musulmanas con Tarik a la cabeza, eran mucho menos numerosas que las tropas defensoras, quizás menos de la mitad, la tercera parte; pero una parte del ejército visigodo abandonó el campo de batalla, al ver su valor y convicción; además de que hubiera un pacto secreto con el invasor, firmado de antemano.

Pues bien, es posible que nos encontramos ante un momento decisivo de ese estilo: el momento inaugural de una nueva civilización. Lo que nos sorprende a los europeos y nos deja perplejos, es que la aurora del nuevo mundo no se está produciendo en nuestro continente –tan acostumbrados estamos a mirarnos el ombligo y considerarnos el centro del mundo-. Hoy en cambio, mientras que ‘occidente’ retrocede hacia los tiempos de la barbarie, espantado con el espectro de una crisis económica que muestra los límites del idolatrado liberalismo, las naciones del mundo se preparan a entrar tumultuosamente en una nueva era para la humanidad.

Todos los momentos históricos tienen su importancia, desde luego, y cada cual considera unos u otros en dependencia de sus intereses. Pero obsérvese una constante del último siglo: las guerras promovidas por los capitalistas para salir de sus crisis, han acabado siempre con importantes avances de las organizaciones populares que apuntan hacia el nuevo modo de producción socialista: la Primera Guerra Mundial trajo la Revolución rusa y la fundación de la U.R.S.S.; la Segunda Guerra Mundial trajo la Revolución china y la fundación de la República Popular. ¿Es que la guerra de civilizaciones no nos va a traer nada parecido, justo ahora que la sociedad industrial está mostrando síntomas de decadencia insuperables?

Y no es que vaya a ser hoy ni mañana, pero ya se puede observar el giro que va tomando la historia. Muchas personas inteligentes lo están notando. ¡Cuántas vueltas da el mundo! Era todavía ayer cuando por un momento, en las últimas décadas del pasado siglo, algún ideólogo pudo decir que habíamos entrado en el ‘final de la historia’, para subrayar el dominio universal del imperio neoliberal. Bien pronto supimos que ese profundo análisis de la realidad histórica no era otra cosa que pura propaganda de un sistema en profunda decadencia. En aquel momento, lo que se nos venía encima era una ‘guerra de civilizaciones’. Y si al principio parecía que esa guerra iba a ser un paseo militar de los gloriosos ejércitos de la democracia liberal, hoy ya podemos ver la derrota en el horizonte de esta guerra criminal. Y la derrota de occidente, el liberalismo, el capitalismo salvaje, la supremacía de la raza blanca y la civilización cristiana, los ejércitos de la OTAN, etc.

Hagamos memoria. Hace 20 años, cuando el final de la URSS anunció al mundo la llegada de una nueva fase imperialista en 1989, nadie podía dudar de que el poderío militar de la OTAN estuviera capacitado para controlar eficientemente varios continentes y cientos de Estados, ‘para garantizar el funcionamiento del mercado’. La puesta a punto de la maquinaria bélica en la primera guerra del Golfo, demostró a todo el mundo que no había contestación posible: el hundimiento del ‘socialismo real’ dejaba a la OTAN el camino expedito para la dominación del mundo. Los ejércitos del norte podían campar sin miedo por los míseros países del mundo subdesarrollado, islámicos o africanos, o latinos, preparando sin prisas la estocada final a los rebeldes asiáticos.

En aquellos años todavía Samuel Huntington –el ideólogo asesor del ejército estadounidense- soñaba con domeñar China: la destrucción de la República Popular y la integración del gigantesco mercado asiático bajo el orden de las empresas transnacionales era cuestión de tiempo. Ya en esos años esta gran nación entraba en la órbita del liberalismo económico -aunque a lo peor habría que darle algún empujoncito militar en el momento adecuado, para acabar con el gobernante Partido Comunista-. Hoy se contempla a China como la próxima potencia hegemónica, se reconoce que su sistema sociopolítico ha sido capaz de aguantar bien la crisis económica, y se estudia el Partido Comunista Chino como un modelo de formación de cuadros.

El nombre que el ‘Pentágono’ dio a esa agresión de los países centrales del capitalismo en contra de los países periféricos, ‘guerra de civilizaciones’, era un eufemismo para nombrar el saqueo de los continentes por un sistema industrial cada vez más depredador e injusto, la cosmética del control policial del mundo por el gran gendarme americano. Los años 90 fueron una época de episodios escabrosos, como la guerra de Yugoslavia, donde los fascistas camparon por sus respetos, y los crímenes de los paramilitares colombianos contra la población indígena y campesina de su país. Continuó el genocidio palestino sin apelativos y comenzó la monstruosa agonía de Irak. Una época de grandes matanzas, como el genocidio en el Centro de África -cinco millones de muertos-.

Como no ha dejado de denunciar Chomski desde hace años, el final de la historia supuso el triunfo del cinismo político en las relaciones internacionales, basadas en la extorsión, el chantaje y la amenaza. El envilecimiento de las conciencias, entre el miedo y la comodidad. La perversión de una ciudadanía que reclama sus derechos para sojuzgar al vecino, y que está presta a llevar la contrarrevolución hasta sus últimas consecuencias. La consigna de la época: mientras los ejecutores sean nuestros aliados, las víctimas no deben preocuparnos. En África la situación es dolorosa y preocupante, por la cantidad de crímenes y violaciones de los derechos humanos, las hambrunas y el SIDA. Nada podía preocupar a los bienpensantes liberales. Mientras Mugabe, líder populista opuesto al imperialismo, era acusado de dictador, Kagame, tirano de Ruanda aliado de EE.UU., instigaba el genocidio en los Grandes Lagos del centro de África sin ser molestado; ha sido ya condenado por la ONU, pero sólo diez años después de haberse cometido los peores crímenes de los últimos tiempos. Kagame es un aliado, pues occidente lo necesita para extraer coltán y otras riquezas del Kivu.

Después vino el 11S y pareció que no iba a ser tan fácil. Los saqueados se vengaban. ¿Se recuerda la hipócrita sorpresa del gobierno americano? Se preguntaban: ¿por qué nos odian? Entonces empezó la ‘guerra contra el terrorismo’ en Afganistán, como una fase más desarrollada de los planes estratégicos de dominación mundial. Nos prometieron una fácil campaña militar y la restauración de la democracia; lo que queda es un país destrozado por la intervención americana y sus aliados: todavía ese país no está controlado, ni quizás lo llegue ya a estar nunca. También las tropas de la alianza democrática invadieron Irak; la guerra duró pocas semanas, pero después de ocho años de posguerra todavía hay resistencia militar entre el pueblo irakí, y tal vez el territorio quede fraccionado. Mientras tanto ha habido un millón de muertos, pero mientras se pueda extraer el petróleo iraquí, lo demás importa poco.

Es de ese modo, poco a poco, sin prisa pero sin pausa como el fascismo ha ido penetrando cada vez más en las sociedades occidentales, sin resistencia, con una clase obrera derrotada y moralmente desahuciada, como complemento indispensable de una política exterior agresiva y criminal. Nada de eso constituye un problema para la dominación capitalista. El problema es que occidente está comenzando a perder la hegemonía en África en beneficio de China; que en América Latina progresan las corrientes socializantes, tomando aliento y apoyo en la República Cuba, que resiste cuando parecía que no podría aguantar más de un par de años tras la caída del socialismo real. Y en Asia la guerra se estanca en los países ocupados, mientras Irán resiste y Rusia se alía con los enemigos de occidente. Solo faltaban estas revoluciones en Túnez y Egipto para confirmar esa tendencia. En resumen, en el plano militar la OTAN está estancada desde hace unos años, mientras en el plano político los países capitalistas están en retroceso; ¿y en el plano económico? Como era de esperar –ya lo advirtió Marx hace siglo y medio-, entramos en una crisis económica que nos lleva a una profunda depresión.

La forma en que se ha resuelto la crisis económica conduce al suicidio moral de los Estados capitalistas desarrollados. No es la primera vez que eso sucede: en la primera mitad del siglo XX, otro suicidio moral de las sociedades europeas condujo a las Guerras Mundiales y al fascismo; entonces todavía se encontró en Europa y en América la fuerza suficiente para superar ese bache histórico. Pero ahora se repite el escenario de forma ampliada –como no podía ser menos dentro del modo de producción capitalista-, abarcando también a los EE.UU. y Rusia, ¿de dónde vendrán las fuerzas para salir del marasmo social en el que nos estamos metiendo? La respuesta es evidente: fuera de occidente hay mucha humanidad que quiere tener futuro en Asia, África, América y Oceanía.

Lo que está pasando en los países desarrollados no tiene ningún sentido. Seguramente tiene causas históricas, que responden a legalidades que se producen en el desarrollo de la humanidad y que Marx supo en parte descubrir -sólo en parte, evidentemente no en su totalidad-. Pero las decisiones que están tomando los gobernantes y políticos de los países desarrollados, rubricadas por la población que les vota, no van a ninguna parte, son el síntoma de la profunda decadencia histórica del modo de producción capitalista. Y quizás lo más sorprendente para muchos, sea que el socialismo no llega en estos países avanzados, sino que viene de la mano de culturas y civilizaciones que fueron periféricas hasta ayer mismo y que hace no mucho tiempo considerábamos subdesarrollados. Esa fue la gran intuición de Lenin, cuando escribió sobre el desarrollo capitalista en su fase imperialista: la evolución hacia el futuro comenzará por fuera de los países más desarrollados.

Las recientes revoluciones en Túnez y Egipto tendrán consecuencias en todo el mundo islámico y vienen a confirmar lo que ya se estaba viendo venir. Sin duda, todavía los peligros son muchos: el fascismo rampante en EE.UU. y Europa, las incertidumbres en los países musulmanes, la contrarrevolución en América Latina, la penetración capitalista en China, la inestabilidad en África, etc. Pero que los pueblos del mundo ganen la guerra de civilizaciones es ya sólo una cuestión de tiempo. Y eso será la antesala del socialismo.