7/1/11

Tesoros en la Ruta de la Seda: Minaretes en el desierto

Murallas de Jiva

La ciudad uzbeka de Jiva traslada al viajero a la magia de la Ruta de la Seda. Murallas de adobe, madrasas, palacios, cúpulas esmaltadas.

Paco Nadal

Existen pocos nombres con tanta capacidad de evocación como la Ruta de la Seda. Sin embargo, y que perdonen los mitómanos, la Ruta de la Seda no existe. Al menos no existe como la imaginan la mayoría de los mortales: una calzada concreta por la que largas caravanas de camellos iban y venían desde China a Constantinopla. La ruta no es un camino, sino una dirección. Una red de rutas comerciales marítimo-terrestres entre Oriente y Occidente a través de Asia Central. Y jamás una caravana la hizo en su totalidad. Los comerciantes llevaban sus mercancías de un oasis a otro y allí las vendían, para que nuevos comerciantes, nuevas reatas de dromedarios y caballos las llevaran hasta la siguiente ciudad, el siguiente mercado. Y así sucesivamente.

Una de esas estaciones obligadas para los caravaneros era Jiva, en Uzbekistán, un oasis perdido al norte del desierto de Karakum, en un ramal secundario de la Ruta de la Seda, que terminó por convertirse en capital de un pequeño imperio: el khanato de Jiva. No es fácil llegar hoy hasta este rincón de Uzbekistán fronterizo con Turkmenistán: hay que desviarse de la ruta principal en la que están las mayores ciudades el país (Bujara, Samarcanda, Tashkent) y subir unos 400 kilómetros hacia el noroeste en busca del valle del río Amu Daria.

Allí, rodeada de murallas de ladrillo y adobe y eclipsada por la fama de la cercana Samarcanda, se alza Jiva, una ciudad-museo única en el mundo que representa mucho mejor que aquélla la esencia de las ciudadelas-oasis de las llanuras de Asia Central: murallas, minaretes, madrasas, palacios de suntuosos patios, calles cercadas por altos muros de ladrillo, cúpulas vidriadas... Casi se pueden oír aún las pisadas de las caravanas de dromedarios que entraban por la puerta de Khuna Ark procedentes de Kirguiztán; o el bullicio del Dekhon Bazaar mientras se descargan polvorientos fardos de delicadas telas, especias de olores extraños y cofres de maderas nobles repletos de aceites y productos de cosmética.

La puerta principal

Aunque en realidad lo que ahora suena por las calles estrechas y frescas de Jiva son las pisadas de caravanas de turistas que en temporada alta llegan hasta esta ciudad convertida en uno de los destinos emergentes en la Ruta (o las rutas) de la Seda, sobre todo desde que en 1990 todo su centro histórico fue declarado patrimonio mundial por la Unesco. La ciudad tiene 2.500 años de historia muy bien llevada. Curiosamente, la mayor parte de la restauración de sus muchos monumentos y edificios históricos comenzó durante la época soviética: la puerta principal, la Ota Darvoza, fue reedificada con igual aspecto en 1970 tras su derribo 50 años antes para hacer hueco al creciente urbanismo.

Esa ingente intervención consiguió devolverle su esplendor. A veces hasta demasiado esplendor, porque hay zonas que exhalan cierto tufillo a cartón piedra mientras que el creciente turismo ha desplazado a la población del centro histórico para hacer hueco a nuevos negocios más prósperos: tiendas de souvenirs, hoteles, museos... Pero no hay que alarmarse, un montón de turistas en Uzbekistán es una cifra a años luz de un montón de turistas en otras ciudades famosas del globo como pueden ser Venecia o Praga. Y en cuanto te sales dos calles de ese cogollo monumental vuelve a aparecer en todo su esplendor la vida local: hay niños que juegan, perros y gatos, mercados y bazares, señoras que ríen, hombres que sestean a la sombra, ruidos, moscas, charcos de aguas sucias, calles sin asfaltar, ciber-cafés, restaurantes populares... y una gran amabilidad hacia el extranjero.

Arquitectura de Jiva: Columnas
La silueta de Jiva está espinada por esbeltos minaretes, alicatados de azulejos púrpuras y verdemares, azules turquesa y amarillos tornasolados que brillan al atardecer como caleidoscopios de barro, todos llenos de geometrías y relieves de textos sagrados. Los alminares uzbekos tienen algo de gaudiano: su forma de chimenea, más que de alminar, trae recuerdos de la Barcelona industrial del siglo XIX y del parque Güell.

El más famoso y el más alto es el Islom-Hoja Minaret: 57 metros de altura y 118 escalones abiertos a todo aquel que desee disfrutar desde arriba de la mejor vista aérea de esta ciudad-oasis y el desierto que la rodea. Sin embargo, el icono de Jiva no es un estilizado alminar, sino una construcción chaparra y troncocónica de coloridos azulejos, que ocupa un lugar prominente en pleno centro histórico. Es la base del minarete Kalta-Minor, la obra inconclusa del kan Mohammed Amin, quien en 1851 se empeñó en levantar en Jiva la torre más alta del mundo musulmán. De haberlo logrado hubiera sido un récord Guinness porque desde su lucernario se hubiera llegado a distinguir la lejana Bujara. Pero Amin se quedó sin dinero y sin trono; y lo que debía ser un gran alminar derivó en esta base truncada con apariencia de chimenea de central nuclear que -en esto sí acertó el kan- se ha convertido de todas formas en el lugar más fotografiado de la ciudad.

Mercado Central
Té verde en cuenco

Hay dos momentos mágicos en Jiva. Uno es sentarse a media tarde en alguno de los cafetines cercanos a Ota Darvoza o al Kalta-Minor y pedir un té verde. Aquí se sirve en cuencos, no en tazas, y poco azucarado. Y dejar pasar las horas disfrutando del espectáculo humano que desfila ante uno. Mujeres con trajes negros de aspecto aterciopelado que aderezan con alegres bordados en oro y almagres. Grupos de chicas casaderas con sus trajes de falda y sus risas pícaras. Ancianos de rostro severo con el sempiterno gorro uzbeko camino de la mezquita Juma o del mausoleo del filósofo, poeta y santo Pahlavon Mahmud.

El segundo momento mágico tiene lugar al atardecer desde lo alto del Kuhna Ark, el castillete que defiende la puerta oeste de la muralla. Desde aquí se ve el mar de terrazas de barro y cúpulas vidriadas que cubren la ciudad. Un manto de sabiduría arquitectónica que ha sabido proteger a sus habitantes del calor del desierto y de las incursiones de los enemigos desde hace dos siglos y medio. Entonces, sin ningún edificio moderno que interrumpa la escena y con el aire fresco que empieza a llegar ya del desierto, Jiva sí que podría ser la ciudad imaginada de los mil y un sueños orientales.