18/1/11

Tayikistán, la caldera a presión de Asia Central

Dusambé, capital de Tayikistán

Tayikistán (en tayiko: Тоҷикистон / تاجیکستان / Tojikiston), oficialmente República de Tayikistán (en tayiko: Ҷумҳурии Тоҷикистон, Jumhurii Tojikiston; ruso: Республика Таджикистан, Respublika Tadzhikistan; persa: جمهوری تاجیکستان Jomhuri-ye Tajikestan) es un país sin salida al mar ubicado en Asia central. Limita con Afganistán al sur, con China al este, con Kirguistán al norte y con Uzbekistán al oeste. Durante gran parte del siglo XX el país formó parte de la URSS, hasta que logró su independencia el 25 de diciembre de 1991. Su capital es Dusambé.

Tayikistán es uno de los cinco “tanes” o repúblicas del Asia Central ex soviética. No es de las más conocidas por el gran público, ni la más rica. No posee los recursos energéticos ni la extensión de un Kazajistán o un Turkmenistán. No cuenta con la fuerza de un Uzbekistán. La pequeña Tayikistán tiene un perfil similar al de Kirguistán, república que aparecía muy pocas veces en la prensa occidental hasta 2005, pero que desde entonces, y sobre todo en los últimos meses, ha ocupado incluso algunos titulares de portada. Pues bien: Tayikistán podría ser el siguiente caso de crisis aguda crónica en la zona. Y entonces ya serían tres, si contamos con Afganistán.

Lo más visible es el brote de insurgencia islámica que vive el país, y que es continuación de la guerra civil que sufrió ya entre 1992 y 1996, y que pasó ampliamente desapercibida en la prensa occidental, a pesar de sus entre 30 y 50.000 muertos. Ahora, las débiles fuerzas armadas de Tayikistán acaban de enfrentarse con fortuna desigual a un nuevo y virulento brote guerrillero, cuya identidad y filiación continúan en entredicho. Se barajan diversas posibilidades que incluyen la infiltración de talibanes desde el vecino Afganistán, reaparición de los antiguos combatientes islamistas locales, o incluso la actuación de un enigmático Movimiento Islámico de Uzbekistán.

Desde el poder, el autócrata Emomali Rajmon, ha aprovechado la coyuntura para atacar y suprimir cualquier viso de oposición, sea cual fuere su naturaleza. Y es que el régimen de Tayikistán, autócrata y con ambiciones dinásticas, se ha apoderado de todas las palancas económicas y políticas del país, y anda sumido en una profunda corrupción que pesa, y mucho, sobre los hombros la población. Por si fuera poco, el gobierno tayiko se ha embarcado en el faraónico proyecto de levantar la presa más grande del mundo, para solventar sus necesidades energéticas, descabalando de esa forma el equilibrio de recursos hídricos con su vecino Uzbekistán. Éste respondió con un bloqueo de sus fronteras terrestres, que al coincidir con unas fuertes inundaciones y con la interrupción de las comunicaciones entre Tayikistán y Rusia -por una supuesta epidemia de polio-, puso al país de rodillas. Sólo la intervención de Irán (Tayikistán es un país de cultura persa), amenazando a Uzbekistán con un placaje similar, consiguió paliar la situación, al menos de momento.

Pero los problemas con el poderoso vecino no terminan ahí. Uzbekistán, país de complicadas relaciones vecinales con Tayikistán, teme que su peligrosa oposición islamista se haga fuerte en un valle que comunica el norte de Afganistán con el de Fergana, en Uzbekistán. Precisamente, los enfrentamientos con los islamistas de hace unas semanas, tuvieron lugar en el valle de Rasht, en el sur del país. Y para mayor complicación, el régimen del autócrata Rajmon se apoya en un clan procedente de Kulyab, al Sureste de Tayikistán y vecino al valle de Rasht.

Mientras tanto, el juego de Washington y Moscú no queda claro. Resulta evidente que la situación ha generado gran alarma, tanto en el vecino Uzbekistán como en CENTCOM, el mando de EEUU encargado de, entre otros frentes, llevar a cabo la intervención militar en Afganistán. Los americanos temen el colapso del débil Estado tayiko y la extensión de la guerra por las repúblicas ex-soviéticas que constituyen la base logística para su campaña militar. Por otra parte, hay pistas de que, una vez más en el escenario de Asia Central, rusos y europeos están actuando de común acuerdo: Moscú mantiene una división mecanizada en Dusahnbe, la capital, y con ello garantiza esa estabilidad que los occidetnales aspiran a conservar, a toda costa. Si es necesario, Uzbekistán podría intervenir a favor del clan de Rajmon Emomali, cosa que ya hizo en el pasado. Y europeos y americanos se están acercando a Uzbekistán, cuando el deterioro del la salud del autócrata Islam Karímov abre nuevas interrogantes también en ese país. Moscú tiene ahora la sartén por el mango en buena parte del Asia Central, y no es de extrañar que le esté pasando a Bruselas facturas atrasadas al cobro. Por ejemplo, en relación a Kosovo, y la apertura de las puertas de la UE a Serbia. Mientras tanto, lo que no está tan claro es el grado de complicidad de Bruselas-Moscú con Washington.

Y fuera de este juego tan opaco, a un nivel superior y más concreto, el ganador por puntos está siendo la República Popular China, que se ha aprovechado del aislamiento internacional de Tayikistán para convertirlo virtualmente en un protectorado. China ha monopolizado los préstamos a la república centroasiática, superando su capacidad financiera para devolverlos. Además, capital chino ha penetrado las principales empresas estatales haciéndose con el control de la minería, transporte e infraestructuras. Empresarios de la superpotencia asiática recorren el país a la caza de empresas en quiebra, consiguiendo también el control de la producción de materiales de construcción y para el desarrollo de la industria, especialmente la metalúrgica. Gato blanco, o gato negro, Pekín se lo lleva de nuevo al agua.