8/1/11

Las fábricas de la guerra

Joaquín Torres-García / Constructivo con campana
Eduardo Galeano

Buenos muchachos, buenos clientes

El Instituto Internacional de Estudios Estratégicos acaba de dar a conocer, en Londres, sus numeritos. Buenas noticias para la economía militar, que es como decir: buenas noticias para la economía. Después de siete años de declive tras el fin de la guerra fría, la venta de armamento aumentó en 1995 y en 1996. El crecimiento del mercado mundial de armas fue del 8 por ciento el año pasado, con una facturación total de cuarenta mil millones de dólares.

A la cabeza de la lista de los países compradores figura Arabia Saudita, con nueve mil millones invertidos en armas en 1996. Arabia Saudita figura también a la cabeza de la lista de los gobiernos que violan los derechos humanos, desde hace ya muchos años. En su informe último, dice Amnistía Internacional que en 1996 "continuaron recibiéndose informes sobre torturas y malos tratos a detenidos, y los tribunales impusieron penas de flagelación, de entre 120 y 200 latigazos, a por lo menos 27 personas. Entre ellos, 24 filipinos, a quienes, según informes, se condenó por comportamientos homosexuales. Al menos 69 personas recibieron sentencias de muerte y fueron ejecutadas". Y también: "El gobierno del rey Fahd bin Abdul Aziz mantuvo la prohibición de los partidos políticos y los sindicatos. Continuó ejerciéndose una estricta censura sobre la prensa".

Hace también muchos años que esta monarquía petrolera es el mejor cliente de la industria norteamericana de armamentos. El sano intercambio entre los dos países -petróleo por dólares, dólares por armamentos- permite a la dictadura saudí ahogar en sangre la protesta interna, y permite a Estados Unidos alimentar su economía de guerra, que es una de las bases de la prosperidad nacional.

Algún mal pensado podría llegar a creer que el rey Fahd paga esas millonadas por las armas y, de paso, compra impunidad. Por motivos que Dios sabrá, jamás vemos, escuchamos ni leemos ninguna denuncia sobre este régimen impresentable en los medios masivos de comunicación, que sin embargo suelen preocuparse por los derechos humanos en otros países árabes o no tan árabes.

Otro silencio nada inocente

Supongamos que existe, en algún lugar del mundo, un ciudadano que no ha perdido el sentido común. Ese ciudadano podría formular ciertas preguntas incómodas, de ésas que jamás encuentran respuesta en los medios que nos informan, y a veces nos explican, lo que pasa en este convulsionado planeta. En la Era de Paz, que es el nombre que dicen que tiene el período histórico abierto en 1946, han muerto en guerra no menos de 22 millones de personas. Nunca falta alguna guerra o guerrita para que se lleven a la boca los televidentes consumidores de noticias. Pero nunca jamás los informadores informan, ni los comentaristas comentan, nada que pueda responder a las preguntas del último representante del sentido común: en esa guerra, ¿quién vende las armas? ¿Quién está traficando con todo este dolor humano? ¿A quién da de ganar esta tragedia?

Es un silencio nada inocente. En plena globalización, cuando las gigantescas corporaciones multinacionales desarrollan actividades múltiples en múltiples lugares, lo que es bueno para una de las partes es también bueno para el todo. Lo que es bueno para la industria de armamentos es bueno para la humanidad, o por lo menos para la tele: la cadena norteamericana CBS pertenece a la empresa Westinghouse, que produce plantas nucleares, y la cadena NBC pertenece a la General Electric, que en gran medida vive de sus contratos con el Pentágono, a quien vende turbinas para reactores nucleares y motores de aviación.

Los datos del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos indican que cuatro países encabezan la venta de armas en el mundo: Estados Unidos, el Reino Unido, Francia y Rusia. Estos son, casualmente, los países que tienen derecho de veto en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (además de China). Traducido a la práctica, el derecho de veto significa poder de decisión. La Asamblea General de las Naciones Unidas, donde están los demás países, formula recomendaciones; pero quien decide es el Consejo de Seguridad. La Asamblea habla o calla, el Consejo hace o deshace. O sea: cuatro potencias, cuyas economías dependen en buena medida de las guerras del mundo, son las que tienen en sus manos el rumbo del máximo organismo internacional. Según su acta de fundación, la Organización de las Naciones Unidas se ocupa del mantenimiento de la paz, la defensa de los derechos humanos, la amistad entre las naciones y la cooperación internacional.

El resultado no parece sorprendente. Por cada dólar que las Naciones Unidas gastan en sus misiones de paz, el mundo invierte 2 mil dólares en gastos de guerra. Bien decía don Teodoro Roosevelt que "ningún triunfo pacífico es tan grandioso como el supremo triunfo de la guerra". En 1906 le dieron el Premio Nobel de la Paz.