30/1/11

La reconciliación con el silencio: Rafael Humberto Ramos Giugni

Foto: Rafael Humberto Ramos Giugni

Julio R. Silva Sánchez  /  Especial para Gramscimanía

La primera vez que conversé con Rafael Humberto Ramos Giugni finalizaba la memorable década del sesenta. Allí estaba aquella tarde, acodado displicentemente en la barra del cafetín de la Facultad de Ingeniería, cuando le entregué la nota a través de la cual su hermano Ángel me presentaba. Mientras sorbía el tercer marroncito de la jornada,  me sugería con su proverbial sencillez que lo acompañase en la lectura de aquel hermoso libro: “El origen de la obra de arte”, desde donde Martín Heidegger nos preguntaba: “¿Qué es la proximidad, que falta pese a la reducción de las más largas distancias a separaciones mínimas?, ¿qué es, que resulta rechazada por el incesante apartar los alejamientos?, ¿qué es, que con su faltar ausenta la lejanía?” Lectura premonitoria, porque ese “apartar los alejamientos”, ese “ausentar la lejanía” parece ser un rasgo definitorio del quehacer poético y existencial de este singular bardo carabobeño, quien se ausentara de estos predios en travesía irreversible hace exactamente un año.

Música, amistad y poesía

Comenzaríamos entonces una amistad que se prolongaría en el tiempo, con largas conversaciones y lecturas de textos, matizadas por las sinfonías de Mahler, los cappricci y divertimentos de Paganini, las sonatas de Beethoven… toda esa hermosa música que el poeta personalmente seleccionaba en sus cubículos del Centro (después Dirección) Cultural de la Facultad de Ingeniería, oasis ineludible al cual acudíamos los estudiantes universitarios de entonces, un tanto cansados de la diatriba política y los insufribles discursos electoreros.

En aquellos textos de Ramos Giugni, leídos - con su acompasada voz de tenor - para un exiguo y expectante auditorio (algunas veces nos acompañaban Luis Azócar Granadillo, César Peña Vigas, Aldo Materán…), las palabras instauran la cotidianidad, estructuran el contrapeso de las pulsiones del poeta y conciertan su espacio de insólita significación: 
“De nuevo mi sombra vuelve a reunirse / aceptaré sus acusaciones / mezquindades que oigo pacientemente / y acribilla a golpes mi pesadumbre corrosiva. / En el iris languidece la tarde / y con ella se concreta la sentencia. / Espero que mi verdugo corra el velo se descubra / y enseñe su perfil de muerte / a mi ego altivo.”

Las imágenes: espectáculo del habla

En los versos de Rafael Humberto las imágenes, crujidoras de inconformidades y desafíos y, al mismo tiempo, expresadas con honda verdad de sentimiento, signos sangrantes de su tiempo y entorno, parecen estar en perenne ebullición: el poeta se recrea en la contemplación del horizonte interior ante el cual la mente, el corazón y el cuerpo, fatigados, miran en forma tan distinta: 
“Te contemplo detrás de tus armaduras doradas / me llevas de combate en combate de conquista en conquista / en el viento de la noche / a tu campo de espigas. / Entre bosques de lanzas / las flechas silban en torno a su torso / como si arrastrase un manto de invisibles pájaros / que se inmolan en el reflejo del bronce.”
           
En algunos textos fluye el tono amoroso como una gran flor roja y selvática en expresión temblorosa, como gemido en sedienta ascendencia: 
“Abrigas un pensamiento terrible / cuando así me invitas a afrentar en una balsa las olas difíciles / sobre las que apenas se sostienen hondas naves. / Así invalidas todas las virtudes del corazón / pues tu divinidad no permite que yo te alegre ni te tranquilice / que frote tu cuerpo dolorido con el jugo de las hierbas milagrosas.”

Son versos que reflejan un universo rico en colores, suma de fragancias, despliegue de sonidos extraños, todo deleite, todo gozo, complacencia de la siembra, de la carne, del cielo interior: 
“Regresan / mostrando orgullosos lo que habían adquirido en las tiendas / telas nuevas / copas de barro rojo fresco y brillantes / otros llevan envueltos en hojas / voces y gestos. / En algunos almacenes / el dueño con vestidos de flores doradas y sandalias púrpura / escucha silencioso a los peregrinos. / Esencias milagrosas / plumas de avestruz colmillos de Lucifer pedazos de ámbar / escapularios y un fetiche fracturado.”
           
Con Pepe Barroeta y otros amigos: memoria y despedida

Hace un poco más de dos años, con ocasión del merecido homenaje que le rindiéramos a ese otro gran poeta, adalid de la amistad y la bonhomía que es José Joaquín Burgos, conversaría por última vez con Rafael Humberto. Lo reencontré en plenitud creadora: efusivo como siempre, amable, sonriente  y generoso como fue toda su vida. Hablaríamos largamente sobre los amigos y cofrades que nos habían precedido en el viaje: Teófilo, Villarroel París, Eugenio… Pero sobre todo recordaríamos al gran monje rojo, al vate de la mirada encendida y del verbo florecido, al cómplice de tantas aventuras, deliberaciones y libaciones… porque Pepe Barroeta nos marcaría a fuego lento con su huella indeleble y sería, para siempre, el referente, el paradigma, el ejemplo… Entonces, como un adiós definitivo y noble, con un dejo melancólico y anticipado en su voz, Rafael Humberto anotaría: “Apuremos el paso, poeta… que Pepe está impaciente y quiere vernos nuevamente.”