18/1/11

La insurrección en Túnez y el futuro de la revolución árabe

Paul Klee / Jardín en Túnez

Alan Woods 

La salida precipitada del Presidente ha preparado el terreno para una maniobra por arriba, con la ansiosa mano de Washington moviendo los hilos entre bastidores.

El maravilloso movimiento revolucionario de los trabajadores y los jóvenes tunecinos es una inspiración y un ejemplo para el mundo entero. Por más de una semana Túnez ha estado viviendo una revolución de dimensiones épicas. El levantamiento de masas en Túnez ha desembocado en el derrocamiento del odiado dictador Zine al-Abidine Ben Ali después de 23 años en el poder.

El levantamiento cogió a casi todo el mundo por sorpresa, incluido el gobierno. El 6 de enero la revista The Economist dijo con confianza: "Es improbable que los problemas de Túnez terminen con el derrocamiento del presidente de 74 años de edad o, incluso, que sacudan su modelo de autocracia". La nación norteafricana era como un refugio de estabilidad y prosperidad relativas, aunque gobernada con mano de hierro. Para los inversores extranjeros, Túnez ha sido un lugar seguro para invertir y una fuente de mano de obra barata. Para los turistas era un lugar para tumbarse al sol y disfrutar de la vida.

Pero lo que parecía como un rayo de un cielo azul, en realidad, había estado preparándose durante décadas. Esto refleja en parte el empeoramiento de la situación económica, que tiene su impacto más grave en la gente de los estratos sociales más bajos. Pero también refleja otra cosa, menos visible pero más importante. La revolución no se puede explicar sólo por la pobreza, ya que las masas siempre la han sufrido. Se trata de un proceso dialéctico en el que un millar de pequeñas injusticias se van sumando hasta que la acumulación llega a un punto crítico en el que una explosión es inevitable. Cuando la sociedad llega a este punto, cualquier accidente puede provocar la explosión.

En este caso la auto-inmolación de un vendedor de frutas en la ciudad de Sidi Bouzid fue la chispa que provocó una conflagración general. Mohamed Bouazizi, el joven que se prendió fuego era, en realidad, un graduado universitario que, como tantos otros, fue incapaz de encontrar un trabajo adecuado. Trató de salir adelante vendiendo frutas y verduras, pero incluso eso fue imposible porque la policía lo detuvo por vender sin permiso. Desesperado, decidió poner fin a su vida en un gesto dramático. Murió unas semanas después. Este incidente provocó una oleada de manifestaciones y disturbios.

El aumento de los precios de alimentos y otros bienes básicos, el desempleo galopante y la falta de libertad causó que los disturbios se extendieran por todo el país. Además de la gente pobre que comenzó la agitación, miles de estudiantes y trabajadores salieron a las calles para demostrar su odio hacia el régimen. Un nuevo elemento en la ecuación es el surgimiento de una capa grande de jóvenes graduados que no tienen perspectivas de trabajo. En un periodo en que millones tienen acceso a la televisión e Internet y cuando la gente es consciente del estilo de vida lujoso de los ricos, la imposibilidad de escapar de la pobreza extrema y el desempleo se vuelve cada vez más insoportable. Ben Ali y el clan Trabelsi eran sinónimo de corrupción, enorme desigualdad, y represión política.

Una vez que el fuego se encendió no había forma de extinguirlo. Una ola de disturbios se ha extendido por todo el país, con continuas manifestaciones masivas contra el desempleo, la subida de los precios de los alimentos y la corrupción. Un gran número de licenciados en paro, la frustración por la falta de libertades, los excesos de la clase dominante y la ira por la brutalidad de la policía parece que se han unido para dar inicio a una imparable ola de indignación pública.

De la represión a la concesión

Los enfrentamientos se volvieron mucho más mortales el fin de semana del 8-9 de enero, y luego se extendió a la capital Túnez. Sacudido por la revuelta en las calles, el régimen trató de salvarse combinando represión y concesiones. Como siempre, el primer recurso fue el uso de balas, gases lacrimógenos y porras. La ferocidad de la represión policial sorprendió incluso a endurecidos periodistas occidentales. Es imposible decir cuántos perdieron la vida en estos enfrentamientos sangrientos, pero según las organizaciones de derechos humanos por lo menos 60 personas han muerto.

Pero después de una semana se hizo evidente que estos métodos no estaban funcionando. Por el contrario, sólo sirvieron para echar más leña al fuego. Una vez que todo un pueblo se levanta y dice "no", ningún Estado, ejército o policía en el mundo lo puede detener.

Una vez que las masas comienzan a perder el miedo, un régimen dictatorial no puede salvarse sólo por la represión. Al principio, el Presidente negó que la policía hubiera reaccionado desproporcionadamente, diciendo que estaban protegiendo la propiedad pública contra un pequeño grupo de "terroristas". Esto no hizo nada para apaciguar a los manifestantes. Todas las universidades y las escuelas fueron cerradas en un intento por mantener a los jóvenes en casa y fuera de las calles. Esto también fracasó. Poco a poco, según su régimen se derrumbaba ante sus ojos, la realidad empezó a penetrar hasta en el torpe cráneo del presidente.

El 12 de enero, despidió a su Ministro del Interior y ordenó la liberación de todos los detenidos durante los disturbios. También creó un comité especial para "investigar la corrupción". Esto es como Satanás investigando a Belcebú. También se comprometió a hacer frente a la raíz del problema mediante la creación de 300.000 puestos de trabajo extras. Pero los disturbios continuaron y llegaron al centro de la capital el 13 de enero, a pesar de un toque de queda nocturno.

Ben Ali, a continuación, se comprometió a abordar el aumento de precios de los alimentos, permitir la libertad de la prensa e Internet, y "profundizar la democracia y revitalizar el pluralismo". También dijo que no modificaría la constitución para que le permitiera presentarse a las elecciones de nuevo en 2014. En un último acto de desesperación por salvarse a sí mismo, Ben Alí apareció en la televisión prometiendo que ya no se permitiría a la policía disparar contra los manifestantes y anunció una serie de reformas y concesiones. Es fácil conceder lo que ya no está en nuestro poder para preservar.

El Presidente sólo ordenó el cese de fuego cuando estaba claro que cualquier otra masacre de la policía provocaría un motín en el ejército, incluso en el nivel superior.

Las protestas llegaron a su punto culminante el viernes, cuando miles de personas se congregaron frente al Ministerio del Interior, un símbolo del régimen. Muchos subieron a su techo. La policía respondió con una lluvia de bombas lacrimógenas, pero fue en vano. Las masas en las calles habían adquirido un sentido de su poder y habían interpretado correctamente el discurso del Presidente como un signo de debilidad. Por todas partes se planteó la consigna: ¡Fuera Ben Ali! Ben Alí ya había prometido dimitir… en 2014. Pero este cálculo resultó ser un tanto optimista. La gente en las calles exigió –y obtuvo– su dimisión inmediata.

Con una prisa indecente, el ex presidente disolvió su gobierno y el parlamento del país, hizo las maletas y se dirigió al aeropuerto más cercano. El Sr. Ben Ali y su familia salieron de Túnez, y están buscando un lugar de asilo. Pero esto es más fácil decirlo que hacerlo. Los últimos informes dicen que terminó en Jeddah, en Arabia Saudita, donde recibirá una bienvenida más favorable de los miembros de la Casa de Saud, que debe estar empezando a preocuparse de que ellos pueden esperar un destino similar alguna vez en un futuro no muy lejano.

La salida precipitada del Presidente ha preparado el terreno para una maniobra por arriba, con la ansiosa mano de Washington moviendo los hilos entre bastidores. Como primer paso, en un discurso televisado en la tarde del viernes, el Primer Ministro Mohamed Ghannouchi anunció que asumiría el papel de presidente interino, y se ha declarado el estado de emergencia.

Los soldados ya han comenzado a descolgar de vallas publicitarias y de las paredes de edificios públicos en todo el país los retratos omnipresentes del Sr. Ben Ali. Los líderes esperan que mediante la eliminación de los signos externos de un gobierno autoritario, las masas estén satisfechas y regresen a casa. Esto posibilitaría que la misma gente que gobernó antes mantuviera todas las palancas del poder, permitiendo al mismo tiempo que el pueblo tuviera la ilusión de que algo ha cambiado.

Esperar que esta gente introdujera reformas políticas significativas y elecciones libres y justas, sería el colmo de la estupidez. Mohamed Ghannouchi es uno de los líderes del antiguo régimen. Es el "hombre de Ben Ali". Él fue el arquitecto de las mismísimas políticas económicas que contribuyeron al caos actual. Ha estado en el centro del antiguo régimen desde el principio. No se puede esperar que defienda los intereses del pueblo. Al tiempo que ofrece bellos discursos sobre la democracia y el constitucionalismo, se basa en un estado de excepción, impuesto por el ejército y las fuerzas de seguridad.

Esta es una táctica dilatoria por parte del ejército y la elite del régimen para reprimir las protestas y restaurar su control del poder. La realidad detrás de la fachada "democrática" es el mantenimiento del decreto de estado de emergencia, que prohíbe reuniones de más de tres personas e impone un toque de queda nocturno. Las fuerzas de seguridad han sido autorizadas a abrir fuego contra cualquier persona que desafíe estas órdenes.

La hipocresía de los imperialistas

Todo esto ha hecho saltar la alarma en Washington, París y Londres. Los imperialistas se han sorprendido por los acontecimientos, que no previeron y que se han escapado de su control. Las revoluciones no respetan las fronteras, y mucho menos las fronteras artificiales establecidas por el imperialismo en el pasado que dividen el cuerpo vivo del Magreb.

África del Norte y Oriente Medio son fundamentales para los intereses económicos y estratégicos de los EE.UU. y la UE, especialmente Francia. Un analista de asuntos árabes de la BBC, Magdi Abdelhadi, fue citado diciendo: "La desaparición de Ben Ali podría sacudir todo el orden post-colonial en el norte de África y el resto del mundo árabe". Esto es muy cierto, y va al meollo de la cuestión.

Ahora que las masas han derrocado al viejo tirano con un levantamiento heroico, los gobiernos occidentales están apresurándose reclamando la democracia. El presidente Sarkozy dijo que estaba al lado de los ciudadanos de Túnez, antiguo protectorado de su país. Nicolás Sarkozy ha elevado el cinismo a una forma de arte. Si hubiera un Premio Nobel de la hipocresía, sin duda lo ganaría.

El 28 de abril 2008, declaró durante uno de sus viajes a Túnez: "Su país está inmerso en la promoción de los derechos humanos universales y las libertades fundamentales...". Unos meses más tarde, el director gerente del FMI Dominique Strauss-Kahn, dijo en la capital, Túnez, que el régimen de Ben Ali era "el mejor modelo para muchos países emergentes".

Estos hombres no pueden alegar ignorancia. Durante décadas, las organizaciones pro derechos humanos han denunciado innumerables violaciones en Túnez, pero esto no impidió que el presidente de Francia fuera el primer Jefe de Estado (y uno de los pocos) en felicitar a Ben Ali después de su amañada "reelección" en 2009. Ahora el mismo hombre puede decir, sin siquiera ruborizarse: "Sólo el diálogo puede aportar una solución democrática y duradera a la crisis actual".

Estas astutas palabras están concebidas como una trampa para los incautos. A las masas revolucionarias se les aconseja que dejen de luchar y, en su lugar, que entren en un diálogo amistoso. ¿Con quién? Un diálogo con la misma gente que les ha robado y oprimido desde hace décadas, los mismos verdugos cuyas manos están manchadas de rojo con la sangre del pueblo. ¿Quién es el hombre que ofrece este consejo de amigo? Es el hombre que apoyó a los verdugos hasta el momento mismo en que Ben Ali fue derrocado por las masas. A lo largo de la sublevación del pueblo de Túnez, Sarkozy estuvo silencioso, pero su gobierno estaba tratando de salvar a la dictadura.

El ejército disparó fuego real contra gente desarmada, pero el portavoz del gobierno francés, Francois Baroin, dijo que la condena de la represión "supondría interferencia". Como si la presencia permanente del ejército francés en muchos países africanos que no tienen nada que ver ni remotamente con democracia política no fuera una interferencia de primer orden.

El Ministro de Agricultura, Bruno Lemaire, era muy abierto en su defensa del dictador tunecino. Ben Ali "es alguien que a menudo es juzgado mal", pero "ha hecho muchas cosas", dijo. No se sabe a qué "cosas" se refería, si eran buenas o malas. Lo que sí sabemos es que el Ministro de Asuntos Exteriores francés, Alliot-Marie, fue aún más lejos que su colega, ofreciendo a Ben Ali "los conocimientos prácticos de nuestras fuerzas de seguridad". Así, los "demócratas" en París ofrecieron ayuda a la dictadura para reprimir a su propio pueblo en un país que Francia había colonizado durante 73 años. Los viejos hábitos se resisten a morir.

Tres días después del tiroteo a las masas desarmadas, el Primer Ministro, François Fillon, dijo que estaba "preocupado" por el "uso desproporcionado de la violencia", colocando así a las víctimas y a los verdugos en el mismo nivel. Utilizando los trucos de siempre, hizo un llamado a todas las partes involucradas a actuar con moderación y elegir el camino del diálogo. Pero nadie ha explicado nunca cómo es posible "elegir el camino del diálogo" con la policía disparando a todo lo que se mueve.

Esta misma canción se está cantando por todos los lados. Es una canción de cuna tranquilizadora y, como todas las canciones de cuna, está diseñada para enviar a las masas de nuevo a dormir. Se les pide mantener la calma y "evitar la violencia". Todo lo que se requiere de las masas es que se vayan a casa en silencio, "mantengan la calma" y, sobre todo, "eviten la violencia". ¿No es extraño que siempre sean las masas a las que se les pide mantener la calma, permanecer tranquilas y "evitar la violencia", cuando son los ricos y poderosos quienes tienen el monopolio de la violencia, y lo usan para defender su poder y privilegios?

La revuelta se extiende

La erupción de descontento popular en Túnez y la vecina Argelia es una pesadilla para los líderes autoritarios en el norte de África y en el mundo árabe. Los regímenes corruptos y reaccionarios en el norte de África y Oriente Medio están temblando. Temen que el ejemplo dado por las masas en Túnez será seguido mañana por los trabajadores y campesinos de otras zonas donde existen los mismos problemas. Esa es la razón por la que en pocos días la revuelta se había expandido al país vecino de Argelia por el alza de los precios del azúcar, la leche y la harina, que resultó en la muerte de al menos cinco personas.

Al Jazeera informó que se oía a jóvenes gritando la consigna de "dadnos azúcar" y que manifestantes irrumpieron en los almacenes para robar sacos de harina en señal de protesta contra el precio de los alimentos, que había aumentado entre 20 y 30 por ciento en la primera semana de enero. En un intento de calmar a los manifestantes, el gobierno argelino ha impuesto recortes urgentes de los derechos de importación y los impuestos para ayudar a reducir el costo de los alimentos y afirma que ha "pasado la página" de los disturbios en todo el país.

Los disturbios en varias ciudades de Argelia sólo disminuyeron después de que el gobierno se comprometiera a hacer todo lo necesario para proteger a los ciudadanos del aumento del costo de la vida. Libia, Marruecos y Jordania también han anunciado planes para reducir los precios de los productos básicos. Pero la situación en Argelia sigue siendo muy inestable. Recordemos que durante todo el año de 2001, el sur de la región bereber de Argelia (Kabilia) fue el escenario de una insurrección generalizada. En Marruecos también, el régimen reaccionario del Rey Mohamed VI es muy inestable y tiene muchas similitudes con la situación en Túnez.

Justo antes de que Ben Ali fuera derrocado, el columnista Abdel al-Rashed escribió en el periódico Ash-Sharq al-Awsat: "Mucho de lo que impide la protesta y la desobediencia civil no es más que la barrera psicológica". El derrocamiento de Ben Ali, así como los esfuerzos en Argelia para apaciguar la ira sobre los aumentos de precios, habrán tenido el efecto de inhibir el temor que desde hace tiempo mantenía el descontento bajo control en toda la región. Las noticias por satélite y medios de comunicación sociales pueden dejar de lado las tácticas autocráticas y rápidamente pueden fusionar las frustraciones de los jóvenes de las regiones aisladas y desfavorecidas en un movimiento amplio.

La llama de la rebelión se está extendiendo a otros países árabes. El movimiento revolucionario en Túnez ha sido seguido muy de cerca en los canales regionales de televisión por satélite e Internet en todo el Oriente Medio, donde el alto desempleo, una población joven grande, una inflación disparada y una creciente brecha entre ricos y pobres están echando leña al fuego.

Argelia está justo al lado de Túnez, pero Ammán [Jordania] está a 2.500 Km. de Túnez. No obstante, la razón para el enojo de los manifestantes en Jordania era la misma, y también lo fueron las llamadas para que el líder dimitiera. Sintiendo temblar el suelo bajo sus pies, el rey Abdullah II ordenó una reducción de los precios y los impuestos sobre algunos alimentos y combustibles. El gobierno ya ha asignado £ 141 millones en el presupuesto de 2011 para subsidiar el pan, del cual dependen muchos pobres en un país de 7 millones de habitantes. El dinero también será utilizado para reducir el precio del combustible, así como para la creación de empleo, pero se trataba de un caso de demasiado poco y demasiado tarde.

Según un informe de Al Jazeera, los manifestantes fueron vistos llevando pancartas que decían "Jordania no es sólo para los ricos", "El pan es una línea roja", "Atención a nuestra hambre y furia". Más de 5.000 personas participaron en protestas en Jordania en un "día de ira" para protestar contra la escalada de precios de los alimentos y el desempleo en el mismo día en que, en otra parte del mundo árabe, el presidente de Túnez huyó del Estado norteafricano después de semanas de manifestaciones violentas.

Estudiantes de la Universidad de Jordania y seguidores del partido baasista también realizaron manifestaciones en Irbid, Karak, Salt y Maan, exigiendo que el Primer Ministro, Samir Rifai, renunciara. Los informes oficiales afirman que la policía logró contener a los manifestantes, formando círculos a su alrededor, y no hubo detenciones. Después de ver lo sucedido en Túnez, las autoridades jordanas se dieron cuenta de que los sangrientos enfrentamientos podrían volver las protestas en una insurrección.

De todos los países árabes, el más importante es Egipto, con su poderosa clase obrera. Las preocupaciones acerca de su futuro se expresan en un reciente artículo en el Daily Star, un diario libanés:

"Cualquiera que espere una revolución en toda la región haría bien en mirar a Egipto, que importa cerca de la mitad de los alimentos consumidos por sus 79 millones de habitantes y está luchando con una inflación de más del 10 por ciento. […] Con un aparato de seguridad masivo dispuesto a reprimir rápidamente grandes protestas en las calles y con el principal partido de oposición de la Hermandad Musulmana excluido de la política formal, el mayor desafío del Estado proviene de las huelgas de las fábricas en el cinturón industrial del Delta del Nilo. […] La campaña por el cambio político de Egipto basada en Internet, la voz más crítica del país, no ha logrado ir más allá de la charlatanería de la clase media y llegar a los pobres en la calle. […] Ha habido una división entre las luchas económicas y las luchas políticas en Egipto', dijo Laleh Khalili, un experto en Oriente Medio en la Universidad de Londres. 'Las huelgas han seguido, pero no han alcanzado el dominio público. […] Sin embargo, esto podría cambiar si el descontento creciente por la inflación de los precios de alimentos se introduce en el malestar general acerca del estancamiento político y económico y la falta de oportunidades y libertad".

El Fondo Monetario Internacional dijo que las tasas de desempleo actual ya son muy altas y que la región necesita crear cerca de 100 millones de nuevos empleos para el año 2020. Pero en una situación en la que los presupuestos están bajo gran presión por el creciente costo de los alimentos importados y el combustible, esto será imposible, sobre todo en aquellos países que carecen de grandes reservas de energía.

La necesidad de una perspectiva revolucionaria

Los expertos políticos burgueses se consuelan con la idea de que el ejemplo de Túnez no se extenderá para derrocar a los gobiernos autocráticos que van desde Rabat a Riad porque los movimientos de oposición son débiles y están desmoralizados. Pero no han captado la idea en absoluto.

El levantamiento de Túnez no fue organizado por la oposición, que también es débil y está desmoralizada. Fue un levantamiento espontáneo de las masas y fue imparable, precisamente porque no había ninguna organización reformista "responsable" que lo dirigiera hacia canales seguros. La debilidad o la ausencia de las organizaciones reformistas de masas no es un reflejo de la fuerza de los regímenes autocráticos, sino de su debilidad. Una vez que las masas comiencen a moverse, será como un coche que avanza cuesta abajo y sin frenos.

Como hemos señalado con relación a Irán, el carácter espontáneo del movimiento es al mismo tiempo su fuerza y su debilidad. En Túnez, las masas fueron lo suficientemente fuertes como para derrocar un régimen corrupto y podrido. Pero la pregunta es: ¿y ahora, qué?

"Nuestro gran problema es la falta de una perspectiva política", dijo Nizar Amami, uno de los dirigentes sindicales de la sección del PTT -UGTT, en una conversación con Mediapart el lunes al mediodía en Túnez. "No ha surgido ningún partido; el Partido Demócrata Progresista (PDP, el partido de la oposición legal) es muy débil. La UGTT ha ocupado el lugar de la oposición para lanzar consignas, acciones de solidaridad, etc., pero en cuanto al proyecto [político]… En fin, el régimen ha sido desestabilizado verdaderamente, y eso es algo realmente sin precedentes".

Podemos predecir con confianza que, en las próximas semanas y meses, un ejército de "amigos de la democracia" descenderá sobre Túnez: representantes de sindicatos "libres" con maletas llenas de dólares, hombres trajeados de los Estados Unidos y de la Unión Europea, ONGs por docenas, la Internacional "Socialista", la Fundación Friedrich Ebert, y otros frentes "respetables" de la CIA, todos ansiosos por proporcionar consejos y –para aquellos que estén dispuestos a seguirlos– considerables recursos materiales. El objetivo de esta gente puede resumirse en una palabra: la restauración del orden.

El orden puede restaurarse por diferentes medios. La contrarrevolución puede llevarse a cabo de una forma que oculte su ropaje dictatorial. Lo que Ben Ali no pudo conseguir con balas y porras, sus sucesores y sus valedores imperialistas esperan alcanzarlo a través de sonrisas y palabras amables, con la ayuda de dólares y euros. Sin embargo, el objetivo sigue siendo el mismo: sacar al pueblo de las calles, que el obrero vuelva a su torno, el campesino a su granja, y el estudiante a sus estudios. Lo que desean fervientemente es un rápido retorno a la normalidad: es decir, un rápido retorno a la vieja esclavitud bajo un nuevo nombre.

No puede depositarse absolutamente ninguna confianza en estos hipócritas "demócratas". Estos mismos gobiernos respaldaron el régimen dictatorial de Zine al-Abidine Ben Ali. Las grandes empresas occidentales hicieron jugosas ganancias allí y no tenían ninguna razón para quejarse por los bajos salarios, ya que esa era, en primer lugar, la base de sus ganancias. Estas damas y caballeros mantuvieron un silencio cortés durante décadas sobre el régimen podrido y represivo de Túnez porque ese mismo régimen estaba defendiendo sus ganancias. Ahora que ese régimen ha sido derrocado, encuentran de repente una voz para llamar a la "calma".

Los acontecimientos están moviéndose a la velocidad de la luz. Incluso mientras escribo estas líneas, Ghannouchi ya ha sido sustituido por el presidente del Parlamento, Fued Mebaza, que está intentando improvisar un Gobierno de unidad nacional para convocar nuevas elecciones en 60 días. Esto demuestra que el régimen es débil y está corroído por divisiones.

La idea de un "gobierno nacional" abarcaría a los diferentes partidos políticos legales, y tal vez a uno o dos más que los militares no consideren una amenaza para la estabilidad del país y sus relaciones con aliados importantes, como los Estados Unidos y la Unión Europea. Esta es otra trampa. La "oposición legal" es un conjunto de oportunistas débiles y cobardes, comprometidos durante años de connivencia –o de sumisión– con el régimen de Ben Ali. (...)