23/1/11

Bruce Chatwin: El hombre de las máscaras


Luis Hernández

El escritor Carlos Fuentes me propuso, en el año 1990, ofrecerle cinco nombres de novelistas europeos de hoy. Acepté. Cuando concluí dijo: “No citó a Bruce Chatwin”. No lo conocía. Entonces añadió dos cosas: es el autor de una de las novelas más importantes del siglo XX, Colina negra, y, pobre, hace poco (enero, 1989) murió de sida. Corrí a una librería a buscar los libros de Chatwin. Siempre he creído que los momentos más intensos de disfrute con la literatura te los proporciona el azar.

Cuando conocí al escritor y editor italiano Roberto Calasso (amigo que fue de Cahtwin) le pregunté por qué insistían algunos en que murió de sida si él lo negó. “Murió de sida”, sentenció.

Vida y escritura. La biógrafa y amiga de Chatwin, Susannah Clapp afirmó que fue un viajero, un fabulador de fábulas y un especialista de lo extraordinario. Escritura. Pero la escritura siempre encierra el más de la escritura. Recuerdo: cuando el errabundo Bruce Chatwin leyó repetidas veces que era un escritor de libros de viajes compuso una de las novelas más sedentarias que se conocen, Colina negra, sobre los mellizos Lewis y Benjamin Jones. Cabe interpretar, pues. Susannah Clapp ratificó que Chatwin es atractivo por ser varias cosas contradictorias a la vez. ¿Por qué?, ¿por qué convirtió su deambular por el mundo en huida?, ¿cómo explicar la superposición de máscaras a sus máscaras?

Cito algunas de ellas: El abandono de Sotheby's en 1966. ¿Responde sólo a sus supuestos problemas visuales o a que precisaba dedicarse a su pasión, estudiar Arqueología en la Universidad de Edimburgo? Otra: el matrimonio con Elizabeth Chandler. Increíble, en cualquier caso. ¿Y? Un arreglo nada convencional, se ha escrito: dos en el punto de fusión, de apoyo y de equilibrio mutuo al que no escapan incluso después de muerto el escritor. Elizabeth siempre a su lado en los momentos peores de la enfermedad. Una tercera: vivir en pantalones cortos por el mundo, con una mochila de cuero al hombro, y entre la fastuosidad de la alta aristocracia inglesa. La última: el nomadismo que alguno pone en su lugar, por las suntuosas casas de algunos de sus amigos en las que se hospedó en buena parte del mundo.

¿Y? Un extraordinario documental de la BBC presenta a Bruce Chatwin tal como fue, desde su hermosura y esplendor físico hasta la depauperada situación final, un difunto viviente, un espectro; desde su matrimonio con Elizabeth hasta su homosexualidad. En público, tapar; en la intimidad no. Confesó a algún amigo que sólo había amado a dos hombres de verdad. Uno, el aristócrata Teddy Millington-Drake, luego también muerto de Sida. Aceptó que Elizabeth lo trasladara del sur de Francia (donde moría y murió) a la Lighthouse de Londres, centro especializado en enfermos de sida.

¿Por qué máscaras sobre máscaras? Chatwin se propuso probar que el mundo aterrador en el que vivimos hace superponer a nuestro yo su inevitable otro. Por eso salió a recorrer el planeta, para dejar en evidencia al sujeto convencional. En el viaje el yo es todo yo porque los desconocidos no pueden dar cuenta de la desproporción. Con esa paradoja atada al cuello, Chatwin quiso demostrar que aún quedan restos del Paraíso. Y por semejante arrojo se convenció de que en el Paraíso sólo existe la plenitud. En el Paraíso no es necesario superponer un convencional matrimonio a sus amantes hombres, ni una enfermedad tropical o un ataque al corazón al agónico y maléfico Sida que vivió. Bruce Chatwin.

Fuente: Diario de Avisos, Santa Cruz de Tenerife, Islas Canarias -http://www.diariodeavisos.com/2011/diariodeavisos/content/4341/