15/1/11

Años de vértigo


Philipp Blom analiza en 'Años de vértigo', una obra editada por Anagrama, los hallazgos que transformaron el concepto de progreso en los comienzos del siglo XX

Manuel Gregorio González 

En su anterior libro, Encyclopédie, Philipp Blom glosaba uno de los momentos de mayor trepidación ideológica de la historia moderna: la dificultosa elaboración de la Enciclopedia, compendio del saber universal, y el relato de aquel vasto y peligroso empeño, en la figura de sus protagonistas más inmediatos: Diderot, D'Alembert, Jean Jaques Rousseau y el Chevalier de Jaoucourt, solitario redactor de buena parte de sus artículos. Así, en Encyclopédie, subtitulada significativamente como El triunfo de la razón en tiempos irracionales, es la época quien se aparece ante el lector por la intermediación de sus personajes.

Quiere decirse, pues, que serán los infortunios de Diderot, la ingratitud de Rousseau, el orgullo de D'Alembert, la angulosa inteligencia de Voltaire, su mutua y difícil relación, quienes nos ofrezcan, indirectamente, el complejo panorama del XVIII europeo; y ello cuando se acercaban dos fenómenos de incalculable influencia sobre el siglo, la Revolución industrial y la Revolución francesa.


   Sin embargo, en Años de vértigo (Cultura y cambio en Occidente, 1900-1914), Blom adopta la estrategia contraria. Mediante la acumulación de nombres y procesos, esta obra parece reconstruir, incluso físicamente, la vertiginosa sucesión de hallazgos que dieron por concluido un mundo y se abrían con estrépito a un orbe desconocido.

No era sólo la invención del cinematógrafo, del automóvil, del dirigible; no era únicamente el descubrimiento de los rayos X y la cualidad radioactiva de algunos elementos de la tabla periódica; no fue, tampoco, el inesperado desmembramiento del imperio austro-húngaro o del imperio ruso. Era también, y principalmente, la emergencia de la mujer como actor social, el truculento drama escenificado en el psicoanálisis, la dilución del tiempo y el espacio que se opera en la teoría de la relatividad de Einstein. Eran los rascacielos, las fábricas, la prensa, las turbinas eléctricas, la telegrafía, los movimientos de masas y el horror ignorado de las colonias. Era, en última instancia, la evaporación de la materia, derivada de las especulaciones de Rutherford y Bohr, y cuyo resultado fue la inconcreción, la ruina, la conversión en fantasmagoría de cuanto antaño fue firme, conocido y sólido. Todos esos fenómenos, en íntima conexión, socavan indefectiblemente, en apenas tres lustros, un concepto de hombre y de progreso que se había ido forjando trabajosamente en los dos últimos siglos. 

Si, como nos cuenta Blom, al momento de publicarse, muchos de los oficios y manufacturas recogidas en la Enciclopedia eran ya pura arqueología, a consecuencia de la revolución industrial en marcha por aquellos días, en el periodo que va de 1900 a 1914 se hunden, no sólo el viejo sistema de poder vinculado a la tierra, sino conceptos, hasta entonces claros, como verdad, bondad, patriotismo, individualidad, etcétera, que la deriva de aquellos años fulminará en breve plazo. La literatura de Kafka, de Nietzsche, de Freud, de Karl Kraus; la pintura de Klimt, de Picasso, de Cézanne, de Matisse; la arquitectura de Loos y Walter Gropius, la música de Mahler y Stravisnki, la escandalosa y agitada vida de la actriz Sarah Bernhardt, no harán sino desplegar ante su siglo la trémula inquietud y el cambio radical que entonces se operaba. Cambio, volvemos a insistir, en todos los órdenes humanos: social, tecnológico, intelectual, sexual, político..., cuyas figuras más significativas, más reveladoras, quizá fueron aquellas que no supieron entender la profunda modifición a la que estaban asistiendo. En este sentido, personajes como Nicolás II de Rusia o el káiser Gillermo ejemplifican tanto la gravedad y el tamaño de los cambios, como las consecuencias derivadas de su incomprensión. El angustioso proceso de pauperización y revueltas que condujo a la Revolución de octubre de 1917 no es comprensible sin esa ceguera ante lo inevitable, abstraído en una visión providencialista y estática del mundo, que caracterizó al zar de todas las Rusias. De igual modo, sin el severo concepto de patriotismo decimonónico, y la clara conciencia de superioridad de la raza blanca, no se podrían explicar los titánicos esfuerzos, muy gravosos a veces para las arcas públicas, que las potencias coloniales invirtieron en someter a sus remotas y desdichadas colonias (el caso de Leopoldo II de Bélgica, recientemente novelado por Vargas Llosa, es, sobre terrorífico, clarificador de esta suerte de proselitismo de lo blanco). A todo lo cual hay que añadir la inmediatez del mundo, el brusco entrelazamiento (vapores, teléfonos, zeppelines), que convirtieron el planeta en una breve provincia desprovista, o casi, de misterio.

Este sucederse de viajes transatlánticos, experimentos químicos, desastres políticos y complejos freudianos, es lo que, de un modo sugestivo y riguroso, el joven historiador Philipp Blom (Hamburgo, 1970) ha recogido en sus Años de vértigo. Años cuya incesante novedad, cuyos vagos temores, se verían resumidos, con perfección inequívoca, en la vertiginosa carnicería de la Gran Guerra.