25/7/10

La metodología de Marx y de la escuela histórica I

Marc Chagall (Bielorrusia-Francia) El mundo de Chagall
Salvador López Arnal
La crítica de la ciencia de marchamo más material, más existencial, no había tenido casi nunca preeminencia en el ámbito de las ciencias sociales. Sí, en cambio, en las naturales. Había sido sobre todo la discusión epistemológica sobre el valor científico de la investigación social la que había adquirido hegemonía en los debates. Desde esta atalaya, las ciencias sociales habían estado permanentemente en “crisis de fundamentos”.
Había que ponerse en guardia contra una interpretación patética y trágica de lo que solía llamarse “crisis de fundamentos”. Crisis, en este caso, no era catástrofe gnoseológica. Al cabo de tantos años de filosofía de la ciencia, Sacristán sostenía que era una afirmación razonable, y veraz a un tiempo, sostener “que toda ciencia está siempre en crisis de fundamentos y que eso no tiene nada grave, es decir, que en ninguna ciencia hay nunca una certeza absoluta acerca de su fundamentación, que eso es una cosa distinta. Creo que sí que conté aquella metáfora de Otto Neurath acerca de cómo hay que entender una ciencia, como un barco que se va construyendo y reconstruyendo mientras navega”. La metáfora del gran filósofo vienés era mucho más realista y fructífera que la idea imposible de una fundamentación absoluta, sobre roca firme, segura e inamovible… y para la eternidad.

La metodología de Marx y de la escuela histórica II

Marc Chagall (Bielorrusia-Francia) El cumpleaños

Salvador López Arnal
Los historiadores anteriormente citados -Savigny, Von Haller, Carlyle-, recordaba Sacristán [1], habían sido importantes en el suministro de puntos de vista críticos sobre la entonces naciente sociedad industrial. Carlyle, un conservador de extrema derecha, había influido en J. Stuart Mill, un liberal radical, y también en Marx. Este sólo detalle permitía dar cuenta de la complejidad de motivaciones ideológicas y críticas en la tensa relación entre Ilustración y romanticismo en la primera mitad del XIX. Por una parte, comentaba Sacristán, “el optimismo, el progresismo, la confianza en la mejora de las condiciones de vida de la sociedad están del lado ilustrado, sin ninguna duda, y el pesimismo y la renuncia a mejorar y el deseo más bien de volver a la situación social prerrevolucionaria está, sin duda, del lado de la escuela histórica del derecho”. Sin embargo, los campos se cruzaban con facilidad: el optimismo progresista ilustrado había dado pie, en muchos casos, a la aceptación aproblemática y confiada del nuevo orden industrial, social, que entonces estaba naciendo, mientras que, por el contrario, en aparente paradoja, el pesimismo reaccionario de tradicionalistas e historicistas había redundado muchas veces en una crítica de esa misma sociedad industrial, de sus aristas menos sociales y humanistas.

La metodología de Marx y de la escuela histórica III

Marc Chagall (Bielorrusia-Francia) El bouquet verde y violeta

Salvador López Arnal
Sacristán proseguía su comentario sobre el socialismo de cátedra y su influencia política recordando que, como era sabido, los comienzos del denominado “Estado social”, los seguros sociales generalizados, el seguro médico asistencial, habían llegado a Europa en el Estado más conservador de la época, salvado el zarista, “de Prusia y de un gobierno particularmente conservador y derechista, el de Bismarck” [1]. Pues bien, comentaba el germanista traductor de Heine, “la teoría y posibilidad de un tipo de Estado así, que garantizara la asistencia médica y ciertos seguros de desempleo” y la transición protegida de un oficio a otro, Bismarck lo había decidido, aparte, admitía Sacristán, de por su extraordinaria astucia política –“al mismo tiempo que perseguía al partido socialista iba haciendo esta legislación social”- por lo que había aprendido de la escuela histórica. No afirmaba Sacristán que la escuela histórica tuviera un ala tan de derecha que resultara bismarckiana. No, en absoluto, siempre se habían mantenido “en la derecha socialdemócrata y en el socialismo de cátedra”, sino porque habían llegado a tener una tal influencia cultural que incluso un gobierno como el bismarckiano se había sensibilizado ante este tipo de problemática y había puesto en práctica una legislación protectora.

El divorcio entre ciencia y filosofía: ¿A quién beneficia?

Roberto Mamani Mamani (Bolivia) Luchando al viento

Sergio Barrios Escalante
"No hay infierno sino individualidad, no hay paraíso sino altruismo": Abi I-Khayr, poeta sufí
El objetivo central de este artículo es analizar las motivaciones subyacentes que se hayan detrás del impulso a la separación entre la ciencia y la filosofía. Este texto es además, un intento muy sucinto de abarcar las lógicas de tales propósitos y los fines que persigue tal subversión del sentido civilizacional.
Introducción
Toda ciencia desemboca en un lenguaje, pero no todo lenguaje es científico. Por ejemplo, la insólita afirmación de que la filosofía no sirve para nada, es en realidad una estupidez catedralicia, aún mayor cuando se sostiene lo mismo en relación a ella y a su hermana gemela, la ciencia.

Trotsky en Cisjordania

Foto: Destrucción de hogares palestinos en Cisjordania

Eugenio García Gascón

Leon Trotsky debe estar revolviéndose en su tumba si ha visto lo que está haciendo su biznieto, David Axelrod, que tiene 49 años, que emigró a Israel hace algunos años y que vive en una colonia judía de Cisjordania. Su domicilio está decorado con una gran foto aérea de Jerusalén en la que se ha suprimido el santuario musulmán del Domo de la Roca y se ha substituido por el Tercer Templo.
Su hijo de diez años se llama Baruj Meir, en honor de Baruj Goldstein, un colono que en 1994 mató a 29 palestinos en la Mezquita de Abraham en Hebrón, y de Meir Kahane, un rabino racista que fue diputado en la Kneset y que posteriormente fue asesinado por un palestino en 1990 en Estados Unidos.
Nacido en Moscú, el biznieto de Trotsky ha estado tres veces en la cárcel por atacar a palestinos e incendiar una mezquita. Su ideología es exactamente la opuesta de Trotsky puesto que el líder revolucionario despreciaba profundamente el nacionalismo y renunció a su identidad judía. “El sionismo es incapaz de resolver la cuestión judía”, dijo Trotsky. Su biznieto sostiene exactamente lo contrario y dice que “Trotsky no era inteligente… y no practicó la ideología que predicaba”.
La madre de David Axelrod abandonó Moscú y emigró con su hijo a Nueva York en 1979. El joven visitó Israel y quedó prendado. En los Estados Unidos se rodeó de judíos ultraortodoxos de Chabad y poco después emigró al asentamiento judío de Kiryat Arba, que está junto a Hebrón. Más tarde se estableció en la colonia de Kfar Tapuaj, donde vive con su mujer y sus seis hijos. La madre de Axelrod reside ahora en Jerusalén. Quiere estar cerca de su hijo, aunque ha rechazado la nacionalidad israelí porque no acepta la filiación religiosa que exige el Estado judío, es decir que también piensa de manera distinta a su hijo.
“Trotsky no quiso ser judío, y tenía derecho a no ser judío. Yo tengo el derecho a hacer lo que me plazca. Mi hijo tiene derecho a hacer lo que quiera. Si esto está bien o no es otra cuestión, pero yo no puedo hacer nada”, ha dicho la madre de Axelrod a la prensa local.

Oliver Stone y sus críticos

Es estupendo hacer un documental sobre cómo los grandes medios de comunicación tergiversan la realidad y que las propias críticas de estos medios te den la razón. De hecho, su respuesta al documental South of the border, de Oliver Stone, cuyo guión yo mismo escribí junto a Tariq Ali, corrobora las tesis del filme.
La primera tesis tiene que ver con el descuido –o desconocimiento– que caracteriza las informaciones sobre las relaciones entre Estados Unidos y América Latina, un problema al que los grandes medios contribuyen frecuentemente. En varias críticas hubo confusión a la hora de reconocer a los presidentes y a los países. Quizás el ejemplo más patético fue el de The Washington Post, donde se publicó una fotografía de Sacha Llorenti –ministro de Gobierno de Bolivia– identificándolo como Evo Morales. Llorenti es desconocido en Estados Unidos, pero aparece en la película traduciendo al presidente Morales. Alguien del Post debió de suponer que el tipo más blanco de los dos que hablaba en inglés debía ser el presidente.
La feroz crítica de Larry Rohter sobre la película acaparó la mayor parte de la primera página de la sección de arte de The New York Times, con un gran subtítulo que decía: “Surgen dudas sobre su veracidad”. Sin embargo, falló en encontrar errores fácticos en la película (a pesar de varios intentos desesperados). En una de esas incursiones, utilizó datos de las importaciones de petróleo entre los años 2004 y 2010 para tratar de refutar las declaraciones que un analista de la industria petrolera –que aparece en una escena de televisión en el filme– realizó en abril de 2002. El corte (de unos cinco segundos) no tendría relevancia para la película en ningún caso, pero, aun así, Rother se equivocó.

Reivindicación del pensamiento político del autor de El estado y la Revolución

Kasimir Malevich (Rusia) Krasnodar

Salvador López Arnal

En un libro muy aconsejable para cualquier lector de izquierda (El nuevo topo. Los caminos de la izquierda latinoamericana, El Viejo Topo, Mataró (Barcelona), 2010), Emir Sader describe con detalle las numerosas temáticas en que estaban inmersos jóvenes de su edad en los años sesenta, “a eso dedicamos, lo mejor que teníamos, con la disponibilidad y el desprendimiento del que solo los jóvenes seguidores de las ideas humanistas son capaces”. Hoy, en cambio, señala dolorosamente, cuando una parte de esa generación reniega de su propio pasado, pretende silenciar el momento probablemente más generoso de su vida, de su existencia, muchos continúan tercos intentando demostrar por el resto de sus vidas que ya no son lo que fueron, ni tan siquiera fueron lo que realmente fueron, pasando rápidamente del ex al anti, un trayecto, nos recuerda, que Deutscher caracterizó como el paso de hereje a renegado.

Jean Salem no es un renegado. Probablemente sea un hereje, como debería serlo cualquier miembro de una tradición que tiene entre sus autores e inspiradores más centrales a un filósofo que siguiendo a Bacon apuntaba que era bueno dudar de todo pero no de todos. Salem es profesor de filosofía en la Universidad de la Sorbonne, ha estudiado también Letras y Arquitectura, es especialista en filosofía clásica y dirige el Centro de Historia de los Sistemas del pensamiento moderno.

Su Lenin y la revolución consta de una Introducción, de detallados comentarios a las seis tesis de Lenin sobre la revolución que este profesor de filosofía clásica considera básicas, la conclusión, el epílogo y unas 300 anotaciones. Al margen de una parte de las notas de la introducción, la mayor parte de ellas remiten a obras y artículos de Lenin, sin apenas referencias a comentaristas de su obra.

La revolución negra. La rebelión de los esclavos en Haití: 1791-1804

George Polycarpe [Haití] Selva de acrílico

Miguel Ángel Aguilar González
Tradicionalmente, desde cánones académicos, un texto para ser considerado “serio” debe estar plagado de citas y referencias, que ayudarán al lector, a corroborar y ampliar la veracidad de los argumentos y hechos afirmados. Sin embargo, en ocasiones esta ruta surte un efecto inverso y puede confundir al lector, en otras, sólo aporta al autor cierto grado de glamour, sobre todo si las citas y referencias son en idiomas distintos al que hablamos.
Este no es el caso del libro: La revolución negra. La rebelión de los esclavos en Haití: 1791-1804 (Ocean Sur, 2009) que ahora presentamos, tanto las referencias como la bibliografía podrían parecer escasas, sin embargo, esto no le resta rigor metodológico, ni valor como documento historiográfico y mucho menos como herramienta práctica, tanto para la docencia académica o profesional, como para la enseñanza en círculos de estudios, escuelas de cuadros y cátedras populares de organizaciones sociales. Reitero que es una característica fundamental que no debe perderse de vista, tanto al momento de leer el texto, como al valorarlo, a riesgo de confundir la forma con el fondo.

Para continuar, me gustaría traer a colación las palabras de la autora –María Isabel Grau- que aparecen tanto en la introducción del libro, como en la contracubierta:

El marxismo en América Latina

Casimir [Haití] Mujeres

En un notable ensayo, Roberto A. Ferrero analiza la enajenación y la nacionalización del socialismo latinoamericano; es decir, aborda las deformaciones eurocéntricas y los intentos tendientes a captar a la auténtica realidad continental.
Enajenación y nacionalización del socialismo latinoamericano (Córdoba, Alción Editora, 2010) es un voluminoso estudio integral y sistemático del papel desempeñado por marxistas y no marxistas en la construcción del socialismo en este continente; más precisamente, realiza la historia crítica de su elaboración en Europa y de su aplicación en América Latina diferenciando las distorsiones del eurocentrismo de aquellos esfuerzos destinados a lograr su adecuación a las propias condiciones sociales: enajenación en un caso, y nacionalización en el otro supuesto.
Sobre la base de esa distinción se organiza el libro en dos partes. La primera está dedicada a denunciar las variadas formas de enajenación en que se ha incurrido en nombre del marxismo. La segunda destaca los distintos intentos de captación de la singularidad iberoamericana a través de descartar las categorías inaplicables del marxismo, de mantener sus núcleos valiosos y de crear otras categorías. La búsqueda de un conocimiento real tiende a tornar eficaz la acción revolucionaria en pos de la emancipación y de la justicia. Como es propio de la concepción marxista, se procura el conocimiento efectivo para poder transformar la realidad.

El concepto de clases sociales de Marx

Francisco Amighetti (Costa Rica) El Mundo Felíz

Marisol Cabrera Sosa


El concepto de clases sociales de Marx está estructurado a partir del componente estrictamente económico como es la posesión o no de capital (1): “nos referimos a las personas en cuanto personificación de categorías económicas, como representantes de determinados intereses y relaciones de clase. Quien como yo concibe el desarrollo de la formación económica de la sociedad como un proceso histórico–natural, no puede hacer al individuo responsable de la existencia de relaciones de que él es socialmente criatura, aunque subjetivamente se considere muy por encima de ellas”. (Marx: 2001: 3). Esto supone la existencia de personas que integran las clases sociales como representantes de determinados intereses pero como parte de un proceso al que caracteriza como histórico y natural, que constriñe al sujeto a un sistema de relaciones que lo crean como sujeto genérico y como clase. Y es desde esta perspectiva que el análisis se transforma en genérico y deja de ser individual, la concepción de Marx, descarta las responsabilidades individuales y las remite a lo general, partícipes de relaciones e intereses de clases.